Contra viento y marea

El extraño socialismo de los demócratas

Tanto republicanos como demócratas tienen una visión casi clonada en cuanto a la economía, y es que ambos son resueltamente capitalistas.
domingo, 29 de noviembre de 2020 · 00:04

Augusto Vera Riveros  
Abogado

La tradición política de  Estados Unidos de América se resume en los principios doctrinales de dos partidos que se han repartido alternadamente desde hace más de 150 años la presidencia de la que hoy es la primera potencia económica, militar y tecnológica del mundo. 

Cierto es que, en ese contexto, forman parte del escenario político tres o cuatro partidos más, incluyendo el partido comunista, que la realidad sociopolítica y cultural en que se desenvuelven no ha permitido, y nada hace pensar que algún día permita, tener alguna trascendencia ideológico-partidista. De esa manera, la competencia más que sesquicentenaria se reduce a republicanos y demócratas. Ya el mundo sabe que de éstos últimos salió el electo presidente Joe Biden, de quien también ya todos conocen su dilatada carrera en la arena política.

Pero lo que no parece estar muy claro para muchos es que en el sistema político del país del norte las cosas no son como funcionan a partir del Río Bravo hacia el sur, en que la confrontación ideológica –por lo menos en teoría– parece inscribirse en un maniqueísmo irreconciliable. 

Y es que a pesar de que la carrera por la Presidencia en   Estados Unidos de América en ocasiones es tan trapacera entre los candidatos y muy semejante a las que se dan en estas latitudes en que la piedad por el rival es el último sentimiento que se manifestaría en los candidatos a cualquier nivel de poder, y que aun habiendo diferencias marcadas en los idearios doctrinales de ambas organizaciones políticas que hacen al ejercicio del gobierno, en lo  fundamental, tanto republicanos como demócratas tienen una visión casi clonada en cuanto a la economía, y es que ambos son resueltamente capitalistas. 

A tiempo de ejecutar sus políticas económicas y aún sociales, cada uno, a su turno, imprime tibias matizaciones, una vez alcanzada la Casa Blanca. 

Aunque técnicamente el Partido Demócrata es de tendencia izquierdista, en los hechos ningún presidente de esa afiliación promovió o ejecutó desde el salón oval como programa de gobierno un estado controlador de la economía, que es el eje doctrinal insustituible del socialismo, tampoco vio con malos ojos el libre comercio para no hablar de la distribución de la riqueza respecto a lo que, para ellos tanto como para los  republicanos, no existen mayores diferencias.

Las visiones respecto a política exterior son prudentemente dispares, pero en su posición frente a la intervención del estado en la economía, salud y educación, los demócratas tienen una postura tan moderada, que se funde con las corrientes más progresistas de los republicanos.

Existen diferencias, aunque no de fondo, en sus visiones respecto al aborto, al matrimonio homosexual y los temas raciales que a la población anglosajona parece interesarle más que a otros grupos étnicos de la Unión. 

En cambio, la brecha se amplía en temas como el tributario o el concerniente al área militar en cuanto a presupuestos; en éstos últimos, demócratas y republicanos parecen irreconciliables.  Pero en lo fundamental, las teorías marxistas o engelsianas, están muy lejos de ser las preferidas entre los estadounidenses. 

Que periódicamente en las calles de Nueva York o de Los Ángeles se aglomeren con algunos cientos de personas reivindicando derechos civiles, raciales o migratorios por algunas horas, dista mucho, incluso de que la población, diversa como en ninguna otra parte de la tierra, pudiera tener tendencias socialistas. 

Sería inimaginable ser testigo de que un presidente norteamericano, ni siquiera un Demócrata y mucho menos Joe Biden, dirigiera su política económica hacia la nacionalización de empresas multinacionales que en su país las hay por doquier. ¿Alguien se imagina la tierra del sueño americano sin sus gigantes corporaciones privadas de la comunicación, de la industria automotriz, de la cadena de supermercados Walmart o el mastodonte empresarial Exxon Mobil?

En consecuencia, Joe Biden es un liberal al más puro estilo yanqui, esto es muy distante del liberalismo europeo, porque si así fuera, estaríamos hablando de un conservador. Una de las estrategias en la millonaria campaña republicana (aunque curiosamente más modesta que la de su contrincante) fue fallidamente introducir en la memoria colectiva que el ahora electo presidente es un socialista. Nada más falso, porque  Estados Unidos no se decantarían por un presidente de esa tendencia. 

Y aunque no se puede negar que en un partido tan grande como el Demócrata hay líderes con inclinación socialista como Bernie Sanders, en la escala ideológica que ellos aplican, las tendencias social-liberales consideradas de izquierda, en Latinoamérica equivalen al centro y aún al centro-derecha en temas especialmente económicos, por todo lo que, si quien ha quedado en el camino en la competencia primaria del Partido Demócrata hubiese hipotéticamente ganado el derecho a postularse a la presidencia y la hubiera ganado, no significa ni tímidamente que  Estados Unidos hubiera entrado a fortalecer el sistema socialista del mundo. 

Así, los gobiernos tercermundistas alineados a China, Rusia o Irán, se inflaman inútilmente las palmas de las manos con sus efusivos aplausos por la victoria de Biden, porque con su eventual oponente no hay grandes diferencias. De hecho, y no porque pública y expresamente lo haya declarado el electo presidente, Joe Biden no solo no es un militante del socialismo, sino que se sitúa entre lo más moderado de su partido al extremo de haber sido duramente criticado al interior de su casa política por su abierta defensa del fracking, que ningún exponente del socialismo siquiera lo mencionaría. 

Por tanto, su comportamiento, tanto en lo interno como en las relaciones internacionales, estará determinado por políticas de Estado antes que por ilusorias afinidades ideológicas con regímenes de la obsoleta izquierda. El 20 de enero próximo será el inicio de un acrisolamiento del hombre más poderoso del planeta respecto a su verdadera militancia.

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