Matasuegra

Un nuevo comienzo

El pueblo fue pragmático, votó por la estabilidad que solo una fuerza política ofrecía. El MAS ganó porque supo compactar sus fuerzas.
domingo, 8 de noviembre de 2020 · 00:00

Willy Camacho
Escritor

Hoy asume la presidencia Luis Arce Catacora, que ganó las elecciones con un irrefutable 55,1% de la votación. Sin embargo, siguen las protestas y demandas de auditoría electoral por un supuesto fraude. En Santa Cruz están los más aguerridos y decididos a desconocer los resultados de las elecciones, porque, paradójicamente, estarían defendiendo la democracia y el respeto al voto. 

Aquí surge la pregunta: ¿qué voto quieren defender? ¿Es que acaso piensan que Camacho ganó las elecciones? Creo que hay un alto grado de irresponsabilidad en los dirigentes, pues en vez de asumir la derrota con hidalguía, impulsan teorías conspiratorias, quizá en un afán de blanquear sus conciencias, pues no hay que olvidar que llegamos a esta situación precisamente por la miopía, en primer lugar, del candidato de Creemos, en segundo lugar, por la miopía de algunos cívicos que, quién sabe por qué, creyeron que Camacho podía ganar, y alentaron una candidatura que solo benefició al binomio masista.

El MAS ganó porque hizo una gran campaña, porque sus candidatos se alejaron de Evo Morales (en apariencia al menos) y por el factor miedo. Muchos votantes pensaron en la situación de inestabilidad que habría si el MAS no ganaba; recordemos que hubo amenazas de tomar el poder en las calles, cosa que no se habría concretado, pero la amenaza surtió efecto. 

Luego de tantos meses de cuarentena, con una economía golpeada, no se podría haber soportado un conflicto social como el del año pasado. Es decir que el miedo a un escenario inestable fue importante para los que en las encuestas figuraban como indecisos.

Es más, no solo un conflicto temporal, de 3 o 5 semanas post elecciones, generaba temor, sino toda una gestión de gobierno signada por paros, bloqueos y demás estrategias desestabilizadoras, tal como en pocos meses experimentó el gobierno de la presidenta Añez. Si hubiera ganado Carlos Mesa, toda la población boliviana habría sufrido el desencanto masista.

Claro que todo habría sido diferente si, desde un principio, tanto Añez como Camacho no hubiesen pateado el tablero y boicoteado la lucha del pueblo que no está de acuerdo con el MAS. Si hubiera habido un solo candidato, los votantes habrían concebido la posibilidad de un gobierno fuerte, capaz de frenar los embates masistas, pero tal como se dieron las cosas, si Mesa o Camacho ganaban las elecciones, su gobierno habría enfrentado una oposición tenaz, no solo albiazul.

Vale decir que el pueblo fue pragmático, votó por la estabilidad que solo una fuerza política ofrecía. El MAS ganó porque supo compactar sus fuerzas –muy mermadas luego del fraude del año pasado–, y pese a las divergencias internas, proyectó unidad entorno a su binomio. Del otro lado, la cosa era muy distinta: Creemos no se cansó de fustigar a Mesa, y éste se mantuvo muy distante del pleito y del diálogo, de modo que el imaginario colectivo percibió que era imposible que ambas agrupaciones pudiesen llegar a acuerdos para sumar fuerzas y enfrentar al verdadero adversario.

Antes de las elecciones, en este mismo espacio, me preguntaba: ¿a qué juega Creemos? Y hasta ahora no hallo la respuesta. Me resisto a creer que la falta de seso sea la única posibilidad de justificar una candidatura que jamás tuvo opción de ganar a nivel nacional. Tiene que haber un pensamiento de fondo, algo más que una simple reivindicación regional (voto por Camacho porque es camba…). Y no es que esto último carezca de legitimidad, pero si Camacho quería proyectar el liderazgo de Santa Cruz en la esfera política, era el momento de que él pensara no solo en su región, sino en el país.

 Lo mismo sus electores. Santa Cruz tuvo la oportunidad de marcar el pulso de la política nacional, pero se quedó en la rabieta regional.

Y lo peor que nos podría pasar ahora es que los radicales opositores se encaprichen en demandas absurdas, como la anulación de elecciones. El MAS ganó con contundencia y hay que vivir con ello. Así funciona la democracia.

Eso sí, no solo hay que saber perder, sino también saber ganar. No hay peor cosa que un mal ganador. Ojalá que Luis Arce y David Choquehuanca no hagan una lectura equivocada de los resultados electorales y que actúen como prometieron en campaña, sin revanchismo y trabajando por la reconciliación.

En tal sentido, no es una buena señal que hayan avalado la resolución legislativa que deja sin efecto el requisito de los dos tercios para tomar decisiones que, según los legisladores salientes, se relacionan con asuntos meramente administrativos. 

Quizá es el último gesto de abuso de poder de un MAS que está de salida. Ojalá. La fiscalización opositora y ciudadana en general debe apuntar a esos hechos y no a perseguir fantasmas. La democracia implica vigilancia permanente, autocrítica y respeto al disenso, entre otras cosas.

Por encima de cualquier diferencia debe estar el bien común. Creo que el MAS, durante las gestiones de Evo Morales, perdió el rumbo. Apostó por el partido, la toma del poder, y no por el bienestar de la población. 

El poder se convirtió en el norte, la meta que justificaba cualquier medio, incluso una narrativa racista y polarizadora que ha costado muchas vidas y que a punto estuvo de llevarnos a un enfrentamiento fratricida. No debemos tropezar con la misma piedra.

Desde una posición absolutamente democrática, solo queda felicitar al binomio ganador y desear que le vaya bien, pues si es así, también el país verá días mejores. Toca reactivar la economía y encarar el rebrote pronosticado de la pandemia. No son tareas fáciles, y menos aún si el autoritarismo genera rechazo y convulsión. El diálogo y el consenso son el camino que se debería seguir, de ambos lados.

 

 

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