La espada en la palabra

Aguardando la última corona

Aunque hoy no sea el aniversario de la guerra o el natalicio de algún benemérito, cualquier día será propicio para rendirles un homenaje.
domingo, 20 de diciembre de 2020 · 00:00

Ignacio Vera de Rada
 Profesor universitario

 

“¿Acabará esto algún día?... Ya no se cava para encontrar agua, sino por cumplir un designio fatal, un propósito inescrutable. Los días de mis soldados se insumen en la vorágine de la concavidad luctuosa que les lleva ciegos, por delante de su esotérico crecimiento sordo, atornillándoles a la tierra” (El Pozo, A. Céspedes). Debe haber, pues, un punto en el que la vida se vuelve la trinchera, la trinchera, solamente la trinchera; entonces la guerra ya no existe como fin, no existen ni familia, ni amigos, ni amantes, existen solamente el hueco y los taludes; la obsesión que gira en torno a todo es cavar, cavar… seguir cavando, y vivir en la zanja de la incertidumbre hasta que resuene el último obús.

Hace seis días terminé de leer un libro de historia: La Primera Guerra Mundial: De Lieja a Versalles, del historiador Ricardo Artola. Al final del texto, hay un capítulo que reseña algunas de las anécdotas más curiosas –y paradójicamente menos contadas– de la Gran Guerra europea: la vida de posguerra de los mutilados, las lágrimas de emoción de los seres queridos, el uso de máscaras para la guerra química, la labor de las mujeres “municionistas” en las factorías, el partido de fútbol y el abrazo navideño celebrados entre bandos enemigos y, la más desgarradora de todas, la vida de la trinchera. Al leer las descripciones que hace Artola de la vida que se llevaba en esos canales de subsuelo, no pude sino evocar la tragedia boliviana del Chaco.

Probablemente sea la guerra más sangrienta de América (comparable a la de Secesión) y de seguro es la más cruenta de la historia boliviana.

En estos últimos días, algunos periódicos han publicado noticias referidas a los excombatientes que aún quedan con vida. Y el deber del escritor es recordarlos, honrarlos y acaso glorificarlos en vida, a través de la palabra. Por eso escribo estas líneas. Pues aunque hoy no sea el aniversario de la guerra o el natalicio de algún benemérito, cualquier día será propicio para rendir un homenaje a aquellos hombres que aún respiran en este turbulento país y en esta ingrata situación sanitaria de dimensiones globales.

¡Qué duro debió ser dar el último beso, la última caricia, el abrazo último! Tal vez sea más difícil dar un probable último beso, un incierto último abrazo, no saber si será el postrero, que saber a ciencia cierta que uno está yendo a encontrarse con la muerte… Podría decirse que esos hombres –chiquillos imberbes en aquel tiempo–, como hizo Ludwig van Beethoven para vencer toda contrariedad o miedo que la vida a veces puso en su rumbo, tomaron al destino del pescuezo, lo agarraron con todas sus fuerzas y pelearon con él para grabar sus nombres en las letras perpetuas de la memoria.

Poner bajo banderas a 200 mil almas, para un Estado pobre, no es poca cosa. Y el grito furioso que expulsaron de sus bocas todos ellos, una vez que saltaron de sus trincheras, bayonetas y granadas en mano, tampoco lo es. Es prueba de que la raza es fuerte, terca (para bien y para mal), de que aún sin vías de comunicación, con la maleza y los ríos en contra, la bota del soldado puede llegar a pisar los confines menos accesibles para defender su legado y su heredad.

¡Cómo me hubiera gustado tener algún abuelo o bisabuelo excombatiente, para explotarle historias y relatos!, y aunque sé que éstos no eran (no son) para ellos tema grato, sí hubiera pecado de impertinente para registrar toda referencia de aquel infierno verde, del que solo Dios se acordará para siempre, pues buena parte de la memoria de esos sucesos morirá solamente con la carne de sus héroes. 

Mi padre me cuenta que hasta hace unos 30 años había centenas, acaso miles de ellos caminando solemne y altivamente por las calles de La Paz; se los veía en el Prado o en la Plaza Murillo, ostentando sus condecoraciones relucientes en el pecho, viendo el vuelo de las palomas, conversando entre sí o con la mirada perdida hacia el sur, en el confín del Illimani…

Sé que los que aún nos quedan tienen mermadas sus fuerzas y su caminar lento. Pero creo que aún podrían subir los escalones marmóreos del Palacio Legislativo y ostentar una medalla, en un momento de última gloria suprema en vida. En vez de homenajes estultos y cumplidos y deferencias que casi día a día los políticos actuales hacen sin ton ni son, la Asamblea Legislativa Plurinacional debería conferir un último reconocimiento a esos héroes que, además de haber trascendido las barreras del espacio al haberse trasladado aquella vez hasta lugares tan inhóspitos, han desafiado y ganado al tiempo, al haberse hecho hombres longevos, fuertes y dignos, como para recibir un reconocimiento en el siglo XXI.

Aunque sacerdotes y teólogos difieran, creo que a veces Dios permite y aun promueve que la historia urda guerras, por uno u otro motivo. La nuestra tuvo un fin que estuvo más allá de la defensa del territorio, más allá de lo tangible y material…: la redención de un colectivo, la rendición de cuentas de una raza, como pensaba acertadamente Salamanca.

Si esta epopeya ya ha inspirado a músicos y narradores, sigue a la espera de una corona: la de los políticos de hoy y, al mismo tiempo, la de nuestras generaciones jóvenes. Puede que ya hayan recibido condecoraciones de oro y plata, pero ¿serán suficientes? ¿Cuánto vale la predisposición de un puñado de hombres para derramar su sangre en aras de un interés común? ¿Podrían todas las loas pagar el desprendimiento supremo de esos adalides de la libertad y el compromiso? 

Al hacerse un reconocimiento, los rostros y los nombres de los veteranos de la Guerra del Chaco estarían en las portadas de los diarios, y por consecuencia los bolivianos recordarían a quienes defendieron con sus pechos la integridad nacional. 

Porque el mayor reconocimiento para el artista, el científico o el soldado justo es la memoria por siempre. Porque solo una sociedad que sabe reconocer a sus hombres valerosos e inteligentes es digna de recibir bienaventuranzas.

Junio de 1935. La ciudad luce tranquila y soleada. Los ferrocarriles traen a los heridos y a los excombatientes. Algunos están ilesos. Otros han perdido para siempre una parte de su cuerpo. Han perdido alguna capacidad física. Algún miembro de su cuerpo ha quedado mutilado. Pero han ganado la gratitud eterna de un pueblo y la admiración de los hombres que saben ver en lo noble y lo heroico, el sentido de lo que debe ser la humanidad.

 

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