La espada en la palabra

¿Nación o plurinación?

Al ser Bolivia un conglomerado histórico azaroso, indefectiblemente se tuvo que tener un colectivo con poca gobernabilidad.
domingo, 6 de diciembre de 2020 · 00:00

Ignacio Vera de Rada 
Profesor universitario

Es, sin duda, una cuestión importante y complicada hasta lo sumo, y puede ser abordada desde la sociología o la ciencia política. Algunos intelectuales bolivianos –muchos de éstos inconsciente o indirectamente– han ido mascullando posibles respuestas a esta gran pregunta, como por ejemplo Fernando Mayorga en sus ensayos sobre democracia, populismo y ciudadanía, o Carlos Mesa en su libro La sirena y el charango, o Álvaro García Linera en su folleto Identidad boliviana, por mencionar solamente a tres. Si uno quiere darse las de erudito, la discusión puede ser bizantina y, por tanto, interminable. 

O peor: puede ser obscura y esotérica, a la manera acostumbrada por Zavaleta Mercado y tantos otros. Pero creo que lo más importante de la respuesta que puede darse a esta pregunta debe girar en torno a la funcionalidad que pueden otorgar estas dos formas de sociedad y el consecuente efecto que su concepto puede generar en el comportamiento de los ciudadanos.

Sobre este asunto, lo primero que se me viene a la mente es la pregunta de la causalidad de lo que hoy es Bolivia, y tristemente, mal que nos pese a todos, creo que nuestro país es fruto de una casualidad azarosa del destino. Este aserto tiene sentido cuando nos comparamos con otras sociedades o naciones que son fruto tangible de vínculos cohesionadores como la lengua, o la etnia, o la religión. Tales vínculos (en algunos casos milenarios) dan como resultado naciones (en el verdadero sentido de la palabra; definición del DRAE: “Conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común”). Reflexionar sobre esto es incómodo, sobre todo para quienes piensan que Bolivia es el resultado de un destino histórico, de una fatalidad señalada, o para quienes buscan a como dé lugar motivos históricos que justifiquen que los más de 11 millones de habitantes que hoy somos Bolivia, tengamos que coexistir dentro de los límites de la otrora Real Audiencia de Charcas.

A veces filosofar y razonar duele, sobre todo cuando se lo hace a martillazos, como Nietzsche, es decir, poniendo en tela de juicio dogmas o afirmaciones venidos de muy antes. Pero lo cierto es que no solamente podemos, sino que debemos poner en tela de juicio las sentencias más sagradas legadas por nuestros historiadores, estadistas y escritores, que tienen por verdad invencible que Bolivia tuvo desde siempre una razón de ser determinada por los dioses y el hado.

Al ser Bolivia un conglomerado histórico (físico y espiritual) azaroso, indefectiblemente se tuvo que tener un colectivo con poca gobernabilidad. La crónica colonial es ilustrativa en este sentido, pues deja ver una sociedad complejísima, y con instituciones que ni funcionaban bien ni estaban pensadas para el medio social. Más allá de los discursos políticos y proselitistas, más allá de lo que nos gustaría seguir creyendo como patrioteros, lo que se debe buscar es la funcionalidad en el engranaje contractual sociedad-Estado-gobierno. Así, la pregunta para saber lo que es y lo que requiere Bolivia es: ¿nación o plurinación? Yo diría que ni lo primero ni lo segundo.

La nación –y todo lo que entraña esta palabra en cuanto a discurso político– no ha podido resolver las contradicciones sociales, políticas y económicas bolivianas desde que se promovió como bandera política y proyecto de Estado desde fines de los años 20 del siglo pasado y, con mucha más fuerza, después de la Guerra del Chaco. La Revolución de 1952 quiso fabricar un espectro social a la fuerza, un experimento que –luego lo comprobamos– poco tenía que ver con la realidad social y cultural del país. Entonces, el paraguas del mestizaje (entendido éste como eje identitario común fruto de la herencia tiahuanacota) abortó en una ficción negadora de la diversidad, y que finalmente desembocó en la llegada del MAS al poder. El MAS, con una clase social empoderada y sin duda históricamente relegada, esgrimió, tal como el MNR con su discurso de la nación, la bandera de la plurinacionalidad, con su respectivo proyecto histórico de estado.

Pero si en la retórica la plurinacionalidad es más agradable que el concepto de nación –por lo menos para los progresistas o para quienes reivindican lo nativo–, la práctica de la misma no ha demostrado una eficacia mayor. Tengo serias dudas de la posibilidad de una coexistencia funcional de varias naciones dentro de una nación “paraguas”. 

La propuesta de García Linera expuesta en su Identidad boliviana, basada en un arco identitario boliviano común pero con la posibilidad de varios ejes transversales propios de cada cultura, me parece un sinsentido práctico. De igual forma, las ideas de Mesa en su Sirena y el charango se me antojan algo simplistas, sobre todo en un mundo social tan complejo e imbricado como es el boliviano. Creo que si bien la idea del mestizaje es la síntesis de las diferencias en un proyecto social común, aquélla termina dejando de lado la realidad y hasta negando ciertos valores que son muy profundos de las culturas o etnias celosas y puristas.

La nación, por otra parte, es un concepto arcaico para este mundo del siglo XXI, pues conlleva elementos teóricos de defensa de los recursos naturales, de chovinismo patriotero y otras características propias de una economía primitiva y una sociedad cerrada. Además, el concepto de nación socava la integración regional y multilateral, fenómeno político que es indispensable en el mundo de hoy. Los países europeos que vieron cierto renacimiento nacionalista han visto encarnado su discurso en organizaciones políticas de corte populista que obstaculizaron los procesos de integración y cooperación internacional.

Ahora bien: ¿cuál es el futuro posible de la democracia intercultural? ¿Tiene la plurinacionalidad algo más que ofrecer a Bolivia, más allá de la retórica que ha impreso en la normativa vigente? No lo creo, por el hecho de que el derecho consuetudinario de los pueblos aborígenes y la democracia comunitaria, por una parte, y sus concepciones arcaicas y verticalistas sobre la política, por otra, no han podido armonizar con el orden del derecho ordinario occidental ni con el modelo democrático liberal que, hasta ahora –como pensaba Churchill–, es el menos malo de todos. Por tanto, creo que lo más racional es pensar en una sociedad despojada de la retórica política de nación o plurinación; se debe mirar al futuro con pragmatismo, promoviendo los ideales liberales y democráticos que son fruto de Locke, Voltaire, Montesquieu y Rousseau. La subsunción de todos en la cultura de la democracia y el Estado de derecho es la única fórmula para hallar un proyecto de sociedad boliviana común, prescindiendo de viejas y anquilosadas premisas políticas nacionalistas o populistas.

Además de todo lo apuntado, el lector debe saber que las palabras nación, plurinación, pueblo, destino común, soberanía, destino nacional y demás lindezas por el estilo, son altamente maleables y acomodables, y pueden usarse según el gusto del gobierno de turno; son palabras que siempre han generado distorsiones y que, por tanto, no nos han dejado ver con frialdad lo que en verdad somos como sociedad.

 

 

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