De símbolos y consignas

Si en estos últimos 14 años de tropelías las Fuerzas Armadas no dijeron ni “mu”, fue porque gozaron de prebendas y ventajas que compraron su silencio y conciencia.
domingo, 23 de febrero de 2020 · 00:00

J. Nelson Antezana R. Bibliotecólogo

Al ser hijo de un militar que además fue héroe de la Guerra del Chaco, no pude menos que complacerme al saber que había vuelto a los cuarteles la tradicional consigna del ejército “subordinación y constancia”, suprimiendo el “patria o muerte, venceremos” de la época masista.

Cuando esa expresión fue impuesta a las Fuerzas Armadas, pensé que era inadmisible y hasta humillante que el Ejército que venció a  la Guerrilla en 1967, fuera obligado a adoptar la consigna del Che Guevara, quien comandó una fuerza extranjera que invadió el país, cuando, además, éste estaba siendo gobernado por un presidente elegido en las urnas y en el que funcionaban todos los poderes del Estado, a pesar de ser un gobierno militar.

A lo largo de nuestra historia, las Fuerzas Armadas han sido victimarias unas veces y, en otros momentos, víctimas del poder político civil. Hay que recordar que   la Revolución de 1952 cerró el Colegio Militar y luego lo reabrió con la idea de formar el “ejército de la Revolución Nacional”.

Sin embargo, todo es relativo en el mundo que nos ha tocado vivir, tanto así que los versos de Ramón de Campoamor ya deberían tener categoría de ley universal,  tanto como la ley de la gravedad. “Y es que en el mundo traidor, nada hay verdad ni mentira: todo es según el color, del cristal con que se mira”. Toda consigna depende de quién la dice.

La frase del Che Guevara en boca de él mismo se refería a la patria socialista. Mientras que dicha por las Fuerzas Armadas de nuestro país, lógicamente se refiere a la Patria nuestra que es Bolivia, por la que supuestamente estamos dispuestos a dar nuestra vida, que, además, es también lo que cantamos con otras palabras cada vez que entonamos el Himno Nacional.

Hoy  impera en el mundo un excesivo relativismo y una actitud acomodaticia en individuos e instituciones. Más allá de las consignas, si en estos últimos  catorce años de tropelías las Fuerzas Armadas no dijeron ni “mu”,  fue porque gozaron de prebendas y ventajas que compraron su silencio y conciencia. 

No fue sino hasta que vieron la gravedad de la situación que, además, podía volcarse en contra de ellos mismos, cuando los militares dieron un paso al costado, negándose a reprimir a la población y sugiriendo la renuncia de Evo Morales.

Esto, en cierta forma los reivindicó  ante la sociedad demostrando dos cosas: que nuestros militares no han llegado al nivel de inercia que parece dominar a los uniformados venezolanos, o que el grado de involucramiento en las arbitrariedades de quien ahora goza de un asilo itinerante, no era tan profundo. 

Aunque también algunos presumen todo lo contrario. En todo caso, es evidente que la Fuerzas Armadas tomaron una actitud demasiado acomodaticia con respecto al anterior régimen.

Apliquemos ahora los versos del poeta asturiano a la cuestión de los símbolos. El hombre es  un ser que vive de símbolos, nuestra vida diaria está llena de ellos, desde que nos persignamos al salir de casa o entrar al trabajo, hasta los últimos rituales antes de ir a dormir. Pero los símbolos no son más que objetos reales o ideales a los que nosotros les damos sentido y contenido, pero que en sí mismos no tienen ningún valor.

Es probable que la wiphala haya estado presente en la cultura aymara-quechua desde tiempos inmemoriales, pero tengo mis dudas acerca de que haya sido una bandera, pues no creo que los pueblos andinos hayan poseído el concepto o idea de “bandera” o “pabellón”, tal como los europeos concebían este objeto. 

Esto no tiene nada que ver con la superioridad o inferioridad de los pueblos de este continente con respecto a los del otro lado del Atlántico, sino que simplemente se trataba de cosas que unos tenían y otros no, como la rueda por ejemplo.

Sea como fuere, no fue sino hasta los años 80 del siglo pasado que los movimientos indigenistas e indianistas empezaron a reivindicar este objeto como propio de su cultura y con igual valor que la tricolor republicana.

Recuerdo nítidamente que quienes impulsaron el uso y la historia de la wiphala (cierta o ficticia) fueron dos políticos tan cercanos en el tiempo como Carlos Palenque Avilés y, en especial, quien fuera alcalde de La Paz, el señor Julio Mantilla. 

De ahí en adelante todo el mundo se convenció de que la bandera cuadrada y multicolor representaba a los pueblos indígenas y no pararon hasta su reconocimiento como símbolo patrio en la Constitución de 2009.

El pasado 10 de noviembre en medio de la efervescencia y casi incredulidad que motivó la renuncia de Evo Morales, alguien tuvo el despropósito de arriar la wiphala que se hallaba en el Congreso y unas desatinadas manos, pues fue sólo eso lo que se vio en las imágenes de televisión, arrancaron la insignia de unos uniformes policiales. Bastó eso para que se desencadene una serie de movilizaciones y su correspondiente represión que generó violencia y dolor a los bolivianos.

Creo que debemos ser lo suficientemente sensatos como para no rasgarnos las vestiduras por los “símbolos” que si bien están ligados a nuestras más profundas convicciones, convencimientos y pulsiones, no nos deben hacer perder la perspectiva de que son meras representaciones que obedecen a nuestra necesidad, muy humana, de ver colores diversos y encendidos como nuestras emociones; tocar formas, sentir y palpar con nuestras manos. 

Pero estos objetos en sí  mismos son delicuescentes, evanescentes como pompas de jabón. A lo largo de la historia del mundo se ha matado y se ha muerto en innumerables ocasiones por los símbolos, baste pensar en la esvástica o la hoz y el martillo. Creo que es hora de poner los símbolos en su verdadera dimensión.

Los únicos que se dieron cuenta de qué iba la cosa realmente, fueron los comerciantes que durante un mes se dedicaron al boyante negocio  de vender banderas de acuerdo a la ocasión, primero la tricolor nacional para los clase medieros y medio jailones, luego wiphalas para los que reivindicaban el valor de ésta y por último, banderas blancas para los que pedían la paz. Fueron los más inteligentes, avispados y prácticos.
 

 

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