Filosofía política

El Príncipe, de Nicolás Maquiavelo, (¿Evo?)

“Nada granjea más estimación a un príncipe que las grandes empresas y las acciones geniales y maravillosas”.
domingo, 9 de febrero de 2020 · 00:00

Wilfredo Villegas Educador y periodista

El Príncipe, de Nicolás Maquiavelo,  publicado póstumamente en 1531, es un tratado de doctrina política, obra de  ese autor italiano: escritor, diplomático y filósofo del  Renacimiento. El libro, por demás encantador, hace una alegoría sobre el león y el zorro para determinar la manera de conducir los problemas del Estado, procediendo con sigilo y con fuerza al mismo tiempo, el león no tiene conocimiento de cómo evitar una trampa, pero el zorro sí sabe cómo defenderse de los lobos, de la misma manera un príncipe debe poder evitar caer en las trampas, como hace el zorro, pero también debe saber infundir temor, como el león.

De las virtudes en el poder,  dice este pensador, que es bueno tenerlas, pero es mejor aparentarlas. No toda virtud es buena para ejercer el poder y la mayor parte del pueblo solo juzga por lo que ve y las consecuencias; de allí nace su célebre frase “el fin justifica los medios”.

También escribió que solo había dos maneras de gobernar un principado, dependiendo de la situación política y éstas eran: mantener el poder absoluto o hacer una administración en conjunto   con los barones de la nobleza del lugar, aseguraba que la primera opción era la mas viable, ya que con la segunda perdería autoridad y tendría rebeliones internas. 

Con respecto a los Estados que antes de ser conquistados tenían sus propias leyes; tenía tres opciones: destruirlos, unirse a ellos o mantener las leyes, pero debía obligarlos a pagar tributo y colocar en el poder un grupo de personas que fueran leales al príncipe.

No obstante, es un libro que a pesar de haberse escrito hace muchos siglos atrás aún sigue vigente y  de interés para aquellas personas que están interesadas en la política, ya que establece cómo se puede llegar al poder, cómo mantenerse y cómo tratar a los soldados para que sean leales, usando ética, moralidad, inteligencia y también todo lo contario, sin ética ni moral, sino mas bien aprendiendo a usar el engaño, la mentira y la traición para llegar al poder.

Así pues, la importancia de este tratado radica en que deja al descubierto las verdades prácticas del poder y muestra la forma en que frecuentemente el ejercicio del poder contradice u obvia los preceptos morales. De allí que, en lugar de dedicarse a hacer juicios sobre la moral o la religión, se enfoque más en cuestiones de estrategia política.

Situándonos en un gobernante muy cercano a nosotros como lo fue Evo Morales Ayma, expresidente del Estado Plurinacional de Bolivia, refugiado ahora en Argentina, podemos ver cómo emulaba a la perfección algunas de las características de lo que creemos es un príncipe ideal. 

Siendo fiel a la mitad del principio en el que  Maquiavelo nos dice que “el príncipe debe hacer uso del hombre y de la bestia: astuto como un zorro para evadir las trampas y fuerte como león para espantar a los lobos.” (Cap. XXIII), él hacía uso a la perfección de una actitud digna de un zorro al usar, astutamente, una plataforma política ya establecida que simplemente necesitaba para lograr acceder al poder.

Lastimosamente, su débil y maleable carácter, o más bien, esa débil firmeza a la hora de defender una posición (salió huyendo de Bolivia), hacen de él una persona poco confiable, manipulable, que más que empatía con su pueblo generó al final de su periodo antipatía, una apatía fundamentada en la hipocresía y el cinismo de un dirigente falso y deshonesto. 

Pero entonces, ¿cómo es posible que, siendo leal a ese principio de príncipe ideal, no resultó tan buen gobernante como pudo haber sido? Simple: cuando no se habla con la verdad y se pretende esconder ésta en redes de mentiras, la sociedad que es la electora de un líder político y la base de un estado o nación, se siente engañada, indignada, vulnerada y sobre todo, usada; y es entonces cuando pensando como unidad, un país reclama legítimamente lo que por derecho merece y le pertenece: una sociedad justa, equitativa; un gobernante que trabaje por y para el pueblo, su pueblo.

Siguiendo la doctrina maquiavelista, Evo Morales  hacía gala de su astucia con la que hábilmente ensalzaba y ponía en boca de todos los logros obtenidos dentro de su mandato. En esa línea, Maquiavelo afirmaba: “Nada granjea más estimación a un príncipe que las grandes empresas y las acciones geniales y maravillosas”, (Cap. XXI). 

Parece ser un príncipe muy afín al ideal Evo Morales Ayma, ¿no? Pero su indecisión, acompañada de un poco disimulado favoritismo por su órgano político (MAS) y un descarado oportunismo, hacen que para mí no sea más que un individuo egoísta, que de cambio no proponía nada, violando una de las características más importantes que un príncipe debería poseer: tener criterio de decisión; o se es lo uno o se es lo otro, nunca dos cosas.

En conclusión, un mundo en el que  la necesidad de tener buenos gobernantes impera cada vez más, la idea de tomar como base para ser un buen gobernante los principios de Nicolás Maquiavelo me resulta decepcionante, pues no todas esas características son acertadas a la hora de dirigir una nación, y mucho menos en un mundo actual en el que nos regimos bajo contextos completamente distintos. 

Además, como seres capaces de razonar, por decisión propia, podríamos establecer qué es conveniente y qué no lo es. Ser firme, inteligente a la hora de escoger, tener la fortaleza de un león y la astucia de un zorro, respetar los bienes de los gobernados, mantener felices a los ciudadanos y evitar ser odiados son excelentes fundamentos y, por qué no, los mejores que Maquiavelo pudo haber propuesto a lo largo de todo su tratado político. 

Ahora, en complemento de lo que debería ser un príncipe ideal, es indispensable que a diferencia de ser temido como lo expresa él, un príncipe sea amado, pero respetado, compasivo y amigo del pueblo, piadoso en cuanto sea posible y que, a toda costa, evite la guerra, el conflicto.

Me quedo con esta gran frase del autor italiano: “Para ser realmente grande hay que estar con la gente, no por encima de ella”.

 

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