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Integridad periodística (IV): Chávez / Molina

Si Chávez ofrece la plataforma comunicativa de su ingenio, Molina ofrece la justificación intelectual que el poder necesita para legitimarse.
domingo, 9 de febrero de 2020 · 00:00

Bernardo Prieto  Ensayista

¿Qué fue lo pasó en los últimos días de la presidencia de Evo Morales? Para Fernando Molina esta no fue más que una acción “contrarrevolucionaria” encabezada por una clase media blancoide (¿?) motivada, no tanto por ideales democráticos, sino por una suerte de revancha y rebelión contra el desplazamiento socio-económico producido por el “proceso de cambio”. Es decir, fue una lucha étnica que podría interpretarse –al menos eso sugiere Fernando Molina en el artículo firmado con Pablo Stefanoni– como un derrocamiento que linda con un golpe de Estado.

Esta interpretación ignora la evidente heterogeneidad del movimiento político que propició la “gesta de las pititas” y reduce toda la complejidad de este suceso histórico a una simple “lucha de clases étnica”. Y es que para Fernando Molina el péndulo de la revolución/contrarrevolución sigue marcando fielmente el curso de la historia boliviana –esa “Francia de Latinoamérica”, como escribió Zavaleta Mercado– presa de sus múltiples insurrecciones. 

No obstante, más allá de revivir ansiosamente las vulgaridades más evidentes del NR, esta interpretación tiene, quizás, su anticipación más significativa en el famoso artículo “Sociología del mesismo”, donde Fernando Molina describe con agudeza el “núcleo duro” del proyecto de Carlos Mesa. 

Y es que creer en el mestizaje es una especie de “Aufheben” hegeliano –el cual disipa “la formación social abigarrada” de Bolivia– es tan torpe como la maniquea suposición que reduce nuestra vida política a una lucha étnica de larga data.  Pues, si a través de esta interpretación sociológica Fernando Molina desea revelar las formas de racismo en Bolivia, habría que preguntar: ¿en qué sociedad no ha existido el racismo y en qué sociedad el racismo no es un problema constante? ¿Bolivia es una excepción que puede explicarse a través de la “lucha étnica”? ¿Acaso esta simplificación teórica no es nada más que una reinterpretación –con su correspondiente matiz étnico– de la oposición de nación/antinación de Carlos Montenegro? Y, finalmente, ¿no es esta interpretación muestra de una mediocre formación sociológica y filosófica amparada claramenteen el entusiasmo periodístico de Molina –es decir, en esa manía de publicar y escribir sobre todo de manera muchas veces superficial–? 

Lo interesantes del asunto es que la interpretación de Fernando Molina no dista mucho de interpretación del fenómeno del MAS que alguna vez defendió Walter Chávez, el conocido comunicólogo y estratega político –y enemigo público de Fernando Molina–.  

Fernando Molina es, sin embargo, más parecido a Walter Chávez de lo que a primera vista, se podría presumir. Pues si Chávez se adhiere al bando de la pura estrategia, de la magia doxológica, y de la comunicación efectiva, Molina –dentro de sus propias revoluciones y contrarevoluciones intelectuales por demás conocidas y comentadas– se mantiene fiel, de manera sensata podríamos creer, a la búsqueda de la verdad. Lo problemático, tal vez, es que esta búsqueda de la verdad –en los casos de Molina y de Chávez– se encuentra peligrosamente cercana al poder y sus múltiples caras y laberintos.

Si Chávez ofrece la plataforma comunicativa de su ingenio, Molina, de manera más recatada, tímida y –usando uno de sus célebres términos–  plena de “blanquitud”, ofrece precisamente la justificación intelectual que el poder necesita para legitimarse. 

Ambos, no obstante, tienen un olfato político y una agudeza que nunca les ha permitido caer en compromisos fanáticos y apasionados, pues bien saben, que la naturaleza del poder es contingente, y que, por esto mismo, deben posicionarse en una línea media que les permita vivir dando saltos. Para así, por un lado, poder convertirse quizás en mercenarios de la comunicación verdaderamente inteligentes o bien, por otro lado, en alguna clase de intelectual que presume ser constantemente incomprendida y rechazada por sus ideas: un recurso muy cercano al victimismo militante que no comprende verdaderamente la relación profundamente personal y socio-afectiva del trabajo intelectual. 

Pues, volviendo a la famosa “Sociología del mesismo”, ¿no es acaso Molina el sujeto perfecto que describe su “sociología”?, ¿no es el típico intelectual blancoide que, de alguna manera u otra, siempre estuvo –por sus vínculos de clase, educación y privilegio– alrededor del poder? ¿no fue él, editor, funcionario público, periodista y parte paradigmática de esta intelligentsia la cual describe y a la vez desprecia? ¿Acaso su famosa “sociología” no es nada más que –dentro de todas sus agudezas– un retrato psicológico cargado de culpa? 

Y es que el trotskismo juvenil de Molina –ese rechazo visceral a las instituciones burguesas y a la burguesía– no ha hecho más que trasformase (mutatis mutandi) en una forma radical de historicismo étnico, inconformismo intelectual y, quizás, de desprecio personal (es decir, de desprecio por su medio natural: la “zona sur”; por sus colegas: todos los intelectuales con los que polemiza, trabaja y escribe; y propiamente por los vínculos sociales y familiares que lo constituyen). 

De la misma manera, habría que recordar que Chávez, en el famoso artículo para el Juguete Rabioso, “El clan Molina”, no hacía nada más que proyectar precisamente sus varias fantasías sobre el poder comunicacional y los procesos del poder, para –tiempo después– encarnar él mismo eso que denunció y despreció. 

Estos dos personajes parecen representar perfectamente la suerte del “intelectual orgánico” en Bolivia. Sin embargo, precisamente, nos abren la posibilidad de entender de mejor manera la integridad periodística, la cual no solo es la de búsqueda de la verdad signada en el pensamiento puro, o en la columna de opinión, sino, sobre todo, en la relación entre vida y pensamiento –entre naturaleza e historia–. 

La “gesta de las pititas” nos ha enseñado que la mejor política comunicacional es la verdad; y que, contra el inconformismo intelectual, el cuidado de la comunidad, que el asombro, el amor, y el compromiso son la formas más “radicales” de vida y pensamiento.


 

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