Unión Europea

Las connotaciones del Brexit

No se sabe a ciencia cierta las razones que motivaron a dos sucesivos gobiernos ingleses a empeñarse en abandonar la Unión Europea.
domingo, 09 de febrero de 2020 · 00:00

Alberto Solares Gaite Profesor universitario en Integración

El 31 de enero pasado, después de un proceso de negociaciones de más de tres años llenos de incertidumbre, se concretó el retiro voluntario del Reino Unido (Inglaterra, Irlanda y Escocia) del proceso europeo de integración, instrumentado actualmente por la Unión Europea. 

Esta desvinculación se podría entender como un acto normal del ejercicio soberano de un Estado en su actuar internacional.  No obstante, la separación después de 47 años de membresía, tiene connotaciones importantes que no se pueden ignorar, algunas inmediatas y otras que se irán generando gradualmente.

En todo caso se ha previsto un periodo de 11 meses para ajustes y para evitar oleajes mayores. Y es que la salida de un proceso de tal magnitud no es cosa sencilla, en ambos sentidos, cuando se considera que la Unión Europea constituye el mayor ensamble o integración de estructuras económicas, políticas, sociales, institucionales, jurídicas, culturales y muchas más, dentro de un proceso complejo y multidimensional que se da en un grupo importante de Estados.  

La decisión del Brexit, si bien fue adoptada mediante un referéndum, al parecer no fue suficientemente informada o asimilada por muchos sectores de población que la impugnaron hasta el final, pidiendo revertir la medida o un nuevo referéndum. 

Ello es comprensible cuando se piensa qué en materia de relación, coordinación y todo tipo de intercambios, el proceso europeo representa, pese a los muchos y graves problemas que ha tenido que superar, el caso más exitoso de integración desde la post guerra y que, indiscutiblemente tuvo una relación directamente proporcional con la reconstrucción económica, posterior desarrollo y presencia internacional de Europa desde la segunda mitad del Siglo XX.

 En 1973 el proceso se vio reforzado por el ingreso del Reino Unido y de sus países asociados en la EFTA, posibilitando el mayor bloque de países que ya, en el presente siglo (2007), llegan a constituir la Europa de los 27.

Por supuesto que esta magnitud inédita para un bloque de países occidentales  enfrentó dificultades de todo orden, desde su estructuración, guerras comerciales durante el proceso de liberación del comercio recíproco, pero dificultades previsibles en este tipo de esquemas.

 Las más graves se presentaron cuando se alteró la relativa simetría en el nivel desarrollo, al  incorporar un grupo importante de países de Europa Oriental, que por el derrumbe de la Unión Soviética, en los años 90, fueron admitidos solidariamente, pese al sistema de planificación central en el que se hallaban disciplinados. 

Es cierto que quizá esta ampliación fue un factor de desaceleración del proceso, pero lo que importó más en el momento fue la tradicional solidaridad europea. 

En todo caso, en la perspectiva, es más importante resaltar los verdaderos hitos alcanzados por el proceso, pudiendo anotarse quizá entre los más notables el rápido alcance simultáneo (12 años) de un área de libre comercio y de una unión aduanera; su también rápida evolución a un mercado común y su paso a la actual unión económica y monetaria, que son los mayores grados o niveles de evolución de la integración económica. 

Paralela y gradualmente, se crearon nuevas categorías y conceptos en lo institucional y jurídico, bajo nuevos conceptos de supranacionalidad que construyó el paradigma de lo comunitario; todo lo cual convierte a la integración europea en un nuevo y dinámico fenómeno que ha revolucionado las mismas bases de las relaciones internacionales, bajo nuevos conceptos de institucionalidad y normas comunitarias o supranacionales, superando los sofismas de la soberanía absoluta de los Estados.

Una vez agotado el proceso de integración económica, está en la conciencia de los pueblos de Europa que el proceso debe evolucionar hacia la dimensión política, hay avances significativos como la ciudadanía europea, la libre circulación de todos los factores y personas, la unificación de las legislaciones y una sola Constitución, así como la creación de una identidad cultural común. 

Es por ello, para muchos, inconcebible la porfía por abandonar el proceso, este sentimiento se agudizará seguramente cuando se empiecen a sentir los problemas en diversos aspectos, servicios e intercambios que formaban parte de la cotidianidad de la población (viajes, visas, seguros, operaciones financieras, estudios, aranceles, precios e infinidad de alteraciones en aspectos que eran considerados como derechos de ciudadanía).

No se sabe a ciencia cierta las razones que motivaron a dos sucesivos gobiernos ingleses a empeñarse en el Brexit. A nuestro juicio, deben haber primado resabios del secular orgullo de la “pérfida Albión” al perder su plena capacidad de gobierno propio y especialmente la fuerte influencia alemana; así como el progresivo aumento de las potestades del virtual gobierno comunitario desde Bruselas frente a las prerrogativas nacionales.

 Ya un primer precedente, fue la no participación del Reino Unido en el sistema euro y en el espacio Senghen. También pudo influir la pérdida de protagonismo nacional en el ámbito europeo y mundial, su vocación a conformar una hegemonía transatlántica con Estados Unidos bajo una inspiración anglosajona, cuyas negociaciones al parecer se hallan en curso y, en general, la añoranza de su calidad de potencia mundial. 

Las dudas subsisten, quizá se irán despejando en un futuro cercano.

 

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