Reflexión

El peligro singularista

El ser humano es mucho más que una singularidad. No se pueden esconder las rupturas geográficas y las interacciones transfronterizas.
domingo, 1 de marzo de 2020 · 00:00

Carlos Decker-Molina Periodista boliviano radicado en Suecia

 

“El otro es constitutivo de la formación de un yo estable”, Byung-Chul Han – La expulsión de lo distinto. 

La singularidad es peligrosa. El judío Shylok se defendía de esta forma en el Mercader de Venecia, de Shakespeare: “¿Es que no tenemos ojos como ustedes? ¿Es que carecemos de manos, órganos, proporciones, sentidos afectos, pasiones? ¿Es que no estamos nutridos por los mismos alimentos, heridos por las mismas armas, acaso no somos sujetos de las mismas enfermedades, curados por los mismos medios, calentados y enfriados por el mismo verano y por el mismo invierno?”. 

Shylok utilizó su condición de judío para pedir misericordia al Dux de Venecia, pero él no tenía piedad para cobrar cualquier deuda. La obra fue publicada en 1660 a pesar de que fue escrita en 1597, aún así parece ser una defensa actual de la singularidad. Jean Paul Sastre, en Retrato de un antisemita, escribió: “El judío es un hombre, a quien los otros hombres ven como judío”. Cámbiese la palabra judío por inmigrante, negro, indígena, llegaremos al mismo resultado: mi singularidad es más importante que la tuya mientras me sirva de escudo. O lanza. 

La identidad es un asunto complicado, sobre todo hoy, cuando somos migrantes-nómadas de este mundo. ¿No somos acaso la diáspora de nuestros antepasados? Millones de personas que conforman las minorías étnicas o de clase social, que vivieron en la periferia de la periferia, comenzaron un largo y penoso viaje en barcos clandestinos o trenes fronterizos hacia muros vigilados por el odio o puertos denegados por el nacionalismo.

Cuando se habla de identidad o de clase social hay una tendencia a la reducción fácil. La sociedad del post industrialismo está caracterizada por su fragmentación. Las viejas clases de la sociedad industrial se han desdibujado y han dado paso a otros actores que no son ni lo uno ni lo otro. La propensión para dividir a la sociedad mundial en civilizaciones o en credos religiosos produce un enfoque singularista de la identidad humana. 

Si aceptamos sin criticar o cuestionar ese enfoque singularista, estaremos aceptando ser miembros de un grupo definido por fanáticos políticos o  religiosos. Y todo fanatismo da como resultado guerras santas y genocidios étnicos. En Latinoamérica, los gobiernos patriotistas y nacionalistas de izquierda y de derecha desde la década de los 60 utilizaron esta singularidad para sus propios fines: conseguir el poder y mantenerlo.  

El nacimiento en un determinado lugar corresponde a una identidad nacional, pero, ¿será una seña de identidad permanente? Soy boliviano, pero es una definición poco clara. Después de 30 años en Suecia, soy también un poco sueco y algo más, por mis lecturas y mis viajes, por mis largas permanencias en otros países. Poco a poco se fue formando una especie argamasa multicultural que empobreció mi bolivianidad, pero enriqueció mi ser y me concedió la posibilidad de comprender mejor mi rededor y hasta mi propio país. Soy el poema de Konstantino Kavafis: Ítaca.

El discurso de Samuel Huntington con su choque de civilizaciones es reductor. No hay civilización musulmana, así como no hay civilización occidental o por lo menos no son conglomerados uniformes .Los musulmanes tienen sectas o grandes agrupaciones como la chiita y sunita. Hay también musulmanes laicos como algunos turcos profesan ser. 

De la misma forma, la civilización occidental está compuesta por conocimiento árabe (los números), chino (la imprenta), indio (la filosofía), y, sobre todo, hebreo (la religión católica y cristiana nació en Asia, pero para muchos de estos grupos religiosos su Dios es caucásico). Si civilización occidental es modernismo, Japón o Corea de Sur deberían ser parte de lo que se denomina occidente. 

Además, hay una falta de comprensión hacia el otro, ya sea un indígena llegado a la ciudad o el indígena urbano del suburbio o un inmigrante que escapó hacia Europa. El choque de civilizaciones de Huntington supone el choque de singularismos igual que el llamado diálogo entre civilizaciones. Pero no se puede reducir a seres humanos polifacéticos a una dimensión singular y única. El ser humano es mucho más que una singularidad.No se pueden esconder las rupturas geográficas, las interacciones transfronterizas que durante siglos han enriquecido al ser humano. Esas interacciones transfronterizas son el arte, la literatura, la ciencia, las matemáticas, el deporte, el comercio, la política, el periodismo, y el amor.

No deberíamos dejarnos obnubilar con la singularidad de la identidad ya sea nacional o civilizatoria porque nos empequeñece y convierte al mundo en un lugar peligroso. La alternativa a la singularidad, que lleva en su seno la semilla de la disgregación frente a los otros, no consiste en afirmar que todos somos iguales (porque no lo somos). El desafío para lograr una cierta armonía reside en aceptar la pluralidad de nuestras identidades.

En El extranjero, de Albert Camus se describe la otredad como extranjería. El hombre es un extraño entre los otros y también un extraño para sí mismo. Hay un umbral lingüístico que separa a los hombres en celdas idiomáticas y culturales. 

Como consecuencia se engrandece el tú, ese tú que “preserva aún la proximidad de la lejanía”, lo contrario de la hipercomunicación cibernética que destruye al mismo tiempo el tú y la cercanía, y al hacerlo desprecia la otredad o la extranjería porque se considera un obstáculo para el modelo neoliberal. El otro debiera ser un interlocutor, el otro es como el silencio que toda lengua necesita para ser lengua (o la música para ser música).

En la práctica, el encuentro con el otro produce disensos, sobre todo, en el campo político, que es un reflejo del disenso económico (una especie de espejo distorsionado). Frente a ese panorama hay una tendencia al maniqueísmo. Esa construcción se refleja en el discurso mediático que es igualmente en blanco y en negro sin los matices propios de lo real.

 

¿El papel del periodismo? 

El periodismo debe ante todo documentar, comprobar, limpiar todas las asperezas vulgares y sensacionalistas, para luego presentar un material con un sentido equilibrador. No hacerlo es poner el periodismo al servicio de los que están por el pro y de los que están en contra. Así nuestra profesión se convierte muy rápidamente en un instrumento de las guerras que castigan la otredad con la muerte o el exilio o el triunfalismo absurdo.

Un ejemplo histórico reciente es la guerra y posterior desaparición de Yugoslavia. El periodismo en ese país desaparecido, con un par de excepciones muy tardías, se convirtió en el arma más importante de la guerra. La Federación Yugoslava estaba construida en base a dos conceptos centrales: La identidad ideológica: El socialismo/comunismo y la Yugoslavia de los ciudadanos. Se reemplazó la identidad nacional por la federativa/totalizadora a través del uso del autoritarismo, lo que produjo un juego oculto de hegemonías.

La caída de los paradigmas ideológicos enterró la identidad ideológica y abrió la puerta a la Yugoslavia de las etnicidades donde una de ellas intentó ser la hegemónica: la serbia. El resto fue la exacerbación de las identidades étnicas y religiosas y el feroz olvido del entrecruzamiento cultural, religioso del ciudadano yugoslavo. Las iglesias de las tres religiones, los políticos y la prensa convertida en instrumento de guerra mataron la verdad y la otredad. Se eliminó la democracia antes que nazca.

El problema en América Latina es la falta de igualdad ciudadana que es la unidad de medida de la democracia. Mientras más igualdad ciudadana, más confianza en las instituciones y mejor democracia. La falta de igualdad ciudadana es el caldo de cultivo para la exacerbación de los contrarios y la eliminación de la otredad. En esas condiciones la democracia tiende a degenerarse, pasa a convertirse en la expresión de un poder hegemónico temporal que ahonda la ruptura social en lugar de enmendarla. Cuando el poder hegemónico se apropia de la democracia ésta deja de ser la gran equilibradora del conflicto y se transforma en causa y efecto del desequilibrio, y el poder hegemónico sigue hablando de democracia cuando ésta ya ha perdido su esencia moderadora.  

El ejercicio del poder en esta etapa tiende a la polarización de actores. Los medios de comunicación se convierten en portavoces del discurso oficial o en opositores a ese discurso. El poder hegemónico intenta, casi siempre, uniformar la información y, si queda alguna expresión negativa se convierte en “oposición”. 

La fragmentación social a la que hemos arribado en la actualidad luego de la muerte de la ideología y en pleno ejercicio de la revolución digital que no solo atinge al campo económico sino al cultural, reprime los espacios libres de silencio en los que se medita. La inmediatez elimina la reflexión y la filosofía que son tan importantes para un verdadero periodismo moderno.

Hoy las sociedades nos presentan grandes fisuras: ya no existen aquellas sociedades industriales donde las clases estaban tan bien diseñadas y establecidas, las que podían concertar y pergeñar juntas el futuro de un país. O simplemente se enfrentaban en la lucha salarial y por mejores condiciones de vida. La historia nos ha demostrado lo que no debemos ser, es decir, el periodismo no puede ser una fábrica del consentimiento. No podemos exacerbar la identidad singularista. Debemos entablar el diálogo con la otredad, que es, y siempre será, el verdadero bastión de la democracia.

 

 

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