Estallido social

Los latidos de Chile

Desde hace varios años, el país lidera el ranking de las naciones más desiguales entre las principales economías del mundo y revela la mayor brecha entre ricos y pobres.
domingo, 1 de marzo de 2020 · 00:00

Odette Magnet Periodista

Todo slogan tiene un elemento distorsionador, pero el que vi hace unos días en la avenida Providencia, en Santiago, me pareció casi cruel. “Chile, un solo país”, rezaba la propaganda oficial. También falso, porque el 18 de octubre pasado el país se desnudó y dejó en evidencia que desde hace mucho tiempo varios países habitan un mismo territorio. Quizás siempre fue así.

A estas alturas casi nadie duda de que Chile cambió, despertó, dijo ¡basta!, o se le agotó la paciencia, al menos. En lo que no hay consenso, claro, es si el cambio será para mejor o peor. Con el corazón herido, a medida que transcurrían los meses. Los latidos de Chile sufrían de cierta arritmia: la esperanza se fundía con el temor, la euforia con el pesimismo. 

Los factores que condujeron a la crisis nacional (profunda y prolongada, como todas las crisis) son varios y complejos. El llamado estallido social fue el reventón de la burbuja. Un alud de lodo y basura que rodó montaña abajo y cuyo estruendo sacudió al país hasta sus cimientos, dejando a los chilenos con los ojos llenos de insomnio.

Poco a poco, sin embargo, los sentimientos afloraban, las ideas se articulaban. En diciembre una encuesta de Plaza Pública Cadem revelaba que un 74% de los consultados pensaban que Chile será un mejor país cuando lograra superar la crisis.

En el caso nuestro, es ampliamente conocido y reconocido el tema de la inequidad y la concentración económica que pesan sobre una sociedad fragmentada, clasista y racista, temerosa del conflicto. Desde hace varios años, el país lidera el ranking de las naciones más desiguales entre las principales economías del mundo y revela la mayor brecha entre ricos y pobres. Según un  estudio de riqueza global elaborado por The Boston Consulting Group, la riqueza privada en Chile creció un 10% en 2017 y llegó a 538 mil millones de dólares. 

El informe también mencionaba que en el país 161 personas poseían el más alto patrimonio, que ascendía a 103 mil millones de dólares, es decir, aproximadamente el 20% del total de la riqueza nacional. La obsesión de la derecha (y no solo de la derecha) de insistir –durante décadas– en que estábamos al borde de convertirnos en un país desarrollado, que “funciona y hace las cosas bien”, se ha estrellado (al fin) contra una realidad dolorosa, que no permite segundas lecturas.  

Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), de la cual Chile es integrante, en nuestro país se necesitan seis generaciones para que aquellas personas de bajos ingresos asciendan en la escala social. Es decir, para que los descendientes de una familia de la parte inferior de la escala de ingresos (el 10% más bajo) suba hasta un nivel medio de ingresos.

La inequidad se extiende como una larga sombra de norte a sur, fea como la pobreza. El modelo neoliberal solo profundizó esa brecha vergonzosa. Los ricos guardaron la mugre bajo sus gruesas alfombras y los pobres se tragaron la bronca, la ira, el rencor porque mañana será otro día. 

La corrupción reventaba cada cierto tiempo como una ola enorme y maloliente. Sin voz, sin derechos, con la dignidad pisoteada, la gran mayoría de los chilenos pisaban sobre el suelo resbaladizo de la sospecha, el abuso y la desconfianza. Nacía otro eslogan, contundente pero silencioso: cada uno se rasca con sus propias uñas.

El individualismo imperante, la sensación de estar indefensos, sin futuro, ha tenido réplicas. Chile es el segundo país de la OCDE que más ha aumentado su tasa de suicidios durante los últimos 15 años. Una de cada cuatro personas declara padecer algún tipo de enfermedad mental y el presupuesto en salud destinado a esta área es solo de un 2,1%, muy por debajo de las recomendaciones entregadas por la Organización Mundial de la Salud. Un escenario sombrío que la crisis social ha dejado al descubierto, entre tantas otras cosas. 

El alud cambió percepciones. Un estudio de la Fundación Imagen de Chile reveló que, previo al estallido social, 36% de los encuestados aseguraban sentirse orgullosos de su país. Posteriormente, la cifra bajó a 30%.

La Moneda también sufriría el impacto. El Estudio Nacional de Opinión Pública del Centro de Estudios Públicos del jueves 16 de enero de 2020 reveló que solamente un 6% de los encuestados aprueban la manera en que el presidente Sebastián Piñera está conduciendo el gobierno. El rechazo a su gestión alcanzó el 82%. Estos porcentajes son inéditos desde el retorno a la democracia en 1990.

Las investigaciones realizadas por organizaciones como Amnistía Internacional, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Human RightsWatch y la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, han determinado la ocurrencia de graves violaciones a los derechos humanos durante el estallido, cometidas por funcionarios del Estado. 

El Gobierno, en tanto, ha reconocido la existencia de algunos casos puntuales de exceso policial pero ha negado que estos hayan sido sistemáticos. Y, en respuesta a las manifestaciones, Piñera ha anunciado una serie de medidas, en la denominada Nueva Agenda Social, relacionadas a las pensiones, la salud, los salarios y la administración pública. Sin embargo, los improvisados anuncios no logran despejar la sensación de que todo es muy poco y llega muy tarde.

La desconfianza contra las instituciones es generalizada y no es reciente. Apenas un 7% confía en las empresas, un 6% en el Ministerio Público, un 5% en el Gobierno, un 3%  en el Congreso y un 2%  en los partidos políticos, cualquiera sea el signo.

De acuerdo a diversas encuestas, los ciudadanos identifican a las pensiones como el principal problema a resolver y el 94,4% indica que Chile necesita una reforma previsional.

Las movilizaciones –en su mayoría pacíficas– han dejado en claro el alto interés por participar del plebiscito del 26 abril de 2020 en que los chilenos deberán decidir si aprueban la redacción de una nueva Constitución o se quedan con la que rige desde 1980 con Pinochet. En general se anticipa el triunfo de la opción “apruebo”. 

La apuesta es alta pero Chile ya emprendió el viaje. Y es sin regreso.

 

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