Diplomacia

Nuestras confusas relaciones con España

Tradicionalmente, el Reino ha tenido voz alta en el coro de la Unión Europea, y el virus de la sinrazón y la mala voluntad puede ser contagioso.
domingo, 15 de marzo de 2020 · 00:00

 Luis González Quintanilla Periodista

Como se sabe, a mediados del siglo XVI  tuvo lugar el Valladolid, España,  una trascendental polémica sobre el carácter de los naturales, o sea de los indios, en los territorios que  la corona había ocupado en América. El bueno de Bartolomé de las Casas era el defensor de nuestros ancestros, mientras que Ginés de Sepúlveda se pronunciaba  por consignarlos en la casilla de las   razas  inferiores.  Ninguno de los polemistas ganó con claridad el encuentro intelectual-metafísico. Se puede presumir que de aquellos polvos llegaron de la Madre Patria los lodos de la confusión. 

 Algunas, aunque pocas veces, conseguimos hacerles beber de su propia y opaca medicina. Una de ellas fue el invento de  los doctores de Charcas  del célebre recurso contra el despotismo realista español: “Se acata,  pero no se cumple”. 

Contemporáneamente, el laberinto se ha vuelto a abrir paso a consecuencia de nuestra democrática revolución de las pititas. Los españoles dijeron “a por ellos”  y se nos vinieron encima. Sólo les faltó llegar con el caballo, la cruz y la espada de acero.

 El expresidente Rodríguez Zapatero fue destacado capitán de esta ofensiva. Amigo de los socialistas del siglo XXI y también de nuestro tirano de bolsillo, comenzó la leyenda negra y liberticida contra Bolivia, como muchos  intelectuales  europeos que todavía  se creen en el mito del “buen salvaje”. O quizá con el generoso aporte de los autócratas a su cuenta corriente en banco andorrano. 

Lo que no admite desconcierto y queda clarísimo es la posición de los populistas radicales de Unidas Podemos. Desde el hoy vicepresidente Pablo Iglesias hasta los hombres más cercanos de su entorno hicieron piña para defender a nuestro pobrecito fugado expresidente. De ellos sí se sabe que sus asesorías políticas y jurídicas a la causa de las tiranías fueron pagadas con honorarios elevadísimos. Estos nostálgicos republicanos parece que no advirtieron que lo más cercano a la monarquía de los borbones, a los que odian, es el rey Evo, coronado por su amauta narcotraficante en el inicio del régimen. 

Enreda un poco el razonamiento saber que los archienemigos de los anteriores, los empresarios españoles –de clara tendencia ideológica derechista– se hayan puesto a la labor de denostar a la recuperada democracia boliviana. Un poco solamente, pues los principios de aquéllos son los intereses y los pingües negocios.

 El gran descubrimiento de América no fue el de los ñaupa años en las épocas de la reina de Castilla y su consorte de Aragón. En Bolivia no corrían las comisiones del 3% ni las del 10% como ahora en las comunidades de Cataluña y Madrid. Durante el régimen evista las comisiones  eran  más altas, pero los sobre precios ilimitados multiplicaban el negocio. 

El gobierno pasado los incorporó a la construcción trucha de carreteras, hospitales y en el sector de la energía; frase aparte merece el tren urbano de Cochabamba, en el cual la corrupción ya ha arrancado a Bolivia varias veces su costo, y, como en el caso de los teleféricos paceños, nos deja el presente griego de los millonarios déficits. 

Sobre llovido mojado: nuestros únicos defensores en España son casi impresentables. Chauvinistas, machistas y populistas (de derecha) que sólo piensan en cómo restablecer los días del franquismo y elevar plegarias ante el brazo incorrupto de Santa Teresa que, se sabe, estaba depositado encima de la mesa de noche del Caudillo. 

Frente a este panorama desolador, hay que agradecer la cautela y el bien hacer de nuestra ministra de Exteriores. Primero nombró como jefe de la misión en España al segundo hombre de la Cancillería, el embajador  Gualberto Rodríguez San Martín, experto diplomático, para una tarea que se realiza en un poso de restricciones. Y después trata de arreglar las cosas con su homóloga española, poniendo cordura y exigiendo normalidad a las relaciones hispano bolivianas.

Es que con España, además de tratar de desfacer los entuertos  de los grandes negociados de sus empresas, hay que procurar que el daño no caiga sobre la cabeza de los bolivianos de a pie, incluidos los votantes del Evo, cuyos verdaderos derechos humanos España está violando. 

La venganza de no normalizar las relaciones, contra toda norma internacional, perjudica a nuestros estudiantes, al no permitirles tramitar sus títulos, a los trabajadores inmigrantes que no pueden certificar sus trabajos, y a los residentes continuar con sus trámites normales.

Pero lo peor es que España tradicionalmente ha tenido voz alta en el coro de la Unión Europea, y el virus de la sinrazón y la mala voluntad puede ser contagioso. 

Debemos esperar el fracaso del nuevo coloniaje español que ha surgido bajo el corito un poco cínico e irónico de que “la izquierda y la derecha unidas, jamás serán vencidas”.
 

 

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