Chile

Tres enemigos en el discurso oficial

Identificando al “enemigo”, primero se culpó a los gobiernos anteriores, luego al estigma de “Venezuela”, a la agresión externa y finalmente se habló de “violencia”.
domingo, 15 de marzo de 2020 · 00:00

Gabriel Gaspar Cientista político

En el discurso político un lugar importante lo ocupa la identificación de un enemigo.  Un obstáculo a vencer o del cual a lo menos diferenciarse.  Todo ello unido a una  promesa de superación. 

A modo de ejemplo, en sus últimos años de gobierno, Evo Morales usó (y abusó) hasta el cansancio de la imagen de Chile como el causante de todos los males de Bolivia. Por su parte, el presidente Uribe achacó al “narco terrorismo” la explicación de los problemas de Colombia. 

 El uso reiterado de un mensaje, por la vía de los medios, de las redes sociales, del pronunciamiento de los principales funcionarios, busca crear un sentido común que se transforme en adhesión al emisor del discurso.

Chile no está exento de este proceso.  Durante la presente administració lo que llama la atención, es la mudanza continua que ha tenido. Veamos.

En sus primeros momentos, la muletilla de todo el discurso oficial era el que los males de Chile se debían “al gobierno anterior”, del cual trataba de diferenciarse la recién asumida administración Piñera II.  En sus primeros momentos mal no le fue, dado que en sus primeros 100 días su aprobación subió a un 56% superando su votación.  

En esos días, el Gobierno se anotó dos puntos poderosos:  resolvió la crisis en Carabineros que se arrastraba desde la llamada Operación Huracán, lo que pocos recabaron en esos momentos es que el llamado a retiro afectó a una gran cantidad de generales, no necesariamente involucrados.  El otro tema fue un ordenamiento administrativo en materia de inmigración que mostró una reacción oficial ante el sostenido flujo de extranjeros que acudían al país. 

El obstáculo a superar, el causante de los males, era “el gobierno anterior” y la gestión del nuevo gobierno permitiría acceder a los “tiempos mejores”, principal promesa de su campaña.  Como todo empujón inicial tuvo su peak y empezó su curva descendente. Pero ante ello, el enemigo a superar que se instaló en el discurso oficial,  fue el estigma de “Venezuela”.  Recordemos cómo el piñerismo machacó durante su campaña la imagen de “Chilezuela”.  De este modo, la crisis venezolana se instaló en el cotidiano del discurso gubernamental.  

No todo era tema de discurso, porque las decenas de miles de migrantes procedentes de dicho país se transformaban en voceros que en gran parte reproducían el discurso oficial.  Rol importante jugaba el canciller de entonces, Roberto Ampuero, que intentaba cubrir su inexperiencia en política exterior con su destreza en anticomunismo.  Así, Chile se fue transformando en el ariete anti chavista hasta llegar al desastre de Cúcuta.  

La elección de Venezuela como tema de política interna no se explicaba sólo por razones ideológicas, también el gobierno buscaba instalar un tema que provocase divisiones al interior de la oposición dado que la DC y sectores de la ex Concertación chocaban en este punto con sectores del Frente Amplio y el PC.  Además, azuzar el tema venezolano le permitía a la derecha asumir una postura de defensa de la democracia y de los DDHH, rompiendo el estigma que en este punto le creó la dictadura.

Como es de suponer, y como por lo demás los hechos han demostrado, la crisis venezolana solo puede ser resuelta a partir de su propio proceso, mas allá de la instrumentalización que se haga de ella.  Pero en su agitación, a mas de algún asesor de la Moneda, lo convenció de que era el mejor camino para mostrar “el liderazgo internacional” del mandatario, liderazgo que aparte de la prensa local, no tiene mayor eco fuera de nuestras fronteras.

Los esfuerzos del discurso anti chavista no se quedaron en Cúcuta, no perdió ocasión en reiterarse en el mensaje al Congreso del 1 de junio e incluso en la comparecencia a la Asamblea General de la ONU en septiembre pasado, es decir, pocas semanas antes del 18O. 

Y vino el estallido social, y ahí estamos.  ¿Que dijo el discurso oficial?  Que la culpa no era mía.  La culpa sería de una agresión externa,  que todo se debería a enemigos muy poderosos, lo que ha sido desmentido por el Ministerio Público.  En una aciaga frase, refutada por los militares, el propio primer mandatario llegó a afirmar que Chile estaba en guerra.  En ausencia de datos concretos, se fraguó el aciago incidente del big data, del cual nadie quiso asumir su paternidad.

Descartada la agresión externa, el discurso se morigera, se habla de “violencia”.  Y con ese vocablo se intenta englobar el malestar social con los hechos de vandalismo que se han generado.  La inadecuada lectura de lo que sucede en la sociedad persiste a casi cinco meses de iniciada la crisis, por ende, sin diagnóstico adecuado no es posible construir una solución realista.  

Se suma a ello la deficiente conducción civil de las instituciones uniformadas.  Las FFAA en especial, han enviado todas las señales posibles para indicar que los problemas políticos y sociales deben tener respuestas políticas, y que las FFAA no están diseñadas ni entrenadas ni equipadas para tareas policiales.

Así, en dos años, el “enemigo” que hegemoniza el discurso oficial ha transitado desde “el gobierno anterior”,  pasando por “Venezuela” hasta instalarse hoy en “la violencia”.  ¿Terminará acá esta mutación?.  

No son pocos los que advierten que hoy en día, el coronavirus se transforme en una nueva amenaza que nuble las pantallas y los matinales, como antaño sucediera con el cometa Haley en tiempos de Dinaco.  Ante el peligro, no faltarán los que sugieran la mayor de las desmovilizaciones y las autoridades disfrutaran de verdaderas cadenas nacionales.

 

 

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