El caso del gobierno del MAS

La bancarrota de la política marítima boliviana

Anteriores gobiernos en la era democrática han caído en el mismo error de pensar que una negociación franca y de buena fe con Chile sería el modo de obtener una salida soberana al mar.
domingo, 22 de marzo de 2020 · 00:00

Carlos Guevara Rodríguez Columnista

¿Cuál es la política marítima boliviana? Simplemente no la hay. Patéticos pedidos en foros internacionales por parte del gobierno del MAS, después del fallo adverso de La Haya, de reiniciar un diálogo con Chile, no es una estrategia digna del nombre. ¿Alguien cree que Chile, con ese o cualquier otro gobierno, acceda al pedido de la implementación “integral” del fallo para negociar con Bolivia nuevamente? ¿Qué apelar al fallo de La Haya, invocando la sugerencia? ¿Buenos deseos de esta Corte de seguir conversando cause tan siquiera alguna presión internacional a Chile a favor de Bolivia?

Para poder comprender cómo hemos llegado a tan penosa situación hay que remontarnos a la razón por la cual se dio la demanda ante La Haya. En este tema el accionar del gobierno de Evo Morales no fue más que la repetición del accionar de anteriores gobiernos, con la única diferencia de que lo que estaba en juego para Bolivia, a raíz de involucrar a La Haya, era mucho mayor.

Anteriores gobiernos en la era democrática han caído en el mismo error de pensar que una negociación franca y de buena fe con Chile sería el modo de obtener una salida soberana al mar, o al menos avanzar significativamente en ese sentido; en otras palabras, hacerlo “por las buenas”. Estas iniciativas, si bien han logrado el principio de negociaciones al respecto, nunca han llegado ni cerca de obtener lo que Bolivia quiere.

Además, estos fracasos luego han derivado en reacciones hostiles hacia Chile, pero solamente como resultado de la impotencia y frustración, sin que encajen en una estrategia efectiva elaborada previamente, y que tampoco han resultado en acercar a Bolivia a su objetivo.

Sólo como ejemplo podemos señalar el caso del gobierno de Jaime Paz Zamora. Después del fracaso de lograr avanzar hacia una salida soberana al mar a través de un acercamiento con Chile, ese gobierno optó por tomar medidas hostiles hacia Chile, como comprar misiles anti aéreos de la China y tratar de suplantar Arica por el puerto peruano de Ilo.

El gobierno del MAS cayó en el mismo error y su reacción fue la misma. Buscó un acercamiento con el gobierno de Bachelet, fruto del cual se llegó a concretar los famosos 13 puntos, cuyo principal logro consistía en que entre ellos estaba el tema del mar. Pero eso fue la suma total de su logro. 

El gobierno de Bachelet le dio largas al asunto y con el transcurso del tiempo fue sucedido por el primer gobierno de Piñera. Éste no tenía la misma posibilidad de alargar el tema que tenía Bachelet, simplemente porque recién había comenzado su gestión de gobierno. Ante la creciente evidencia de que la negociación no avanzaba sobre el tema marítimo el gobierno de Bolivia decidió romper con las negociaciones y acudir a La Haya.

La decisión inicial de acercamiento a Chile que tomó Evo Morales no fue parte de una estrategia coherente y de largo alcance. Tampoco lo fue la decisión de recurrir a La Haya; simplemente fue el fruto de la impotencia y despecho ante el fracaso de las negociaciones con Chile y como tal, más una reacción, digamos, hormonal.

 La diferencia con gobiernos anteriores fue que recurrir a La Haya era una medida altamente riesgosa, con consecuencias potencialmente más perjudiciales que en otras ocasiones para el objetivo boliviano de lograr una salida soberana al mar. Claramente, se ve que esto no fue debidamente sopesado o tomado en cuenta por el gobierno del MAS.

Otra hubiera sido la historia si recurrir a La Haya hubiera sido parte de una estrategia integral donde La Haya hubiera sido solamente una pieza de la misma, o, dado el riesgo de hacerlo, ni siquiera se hubiera recurrido a esa instancia.

Pero enfocando el análisis solamente al tema específico de la demanda ante La Haya, el relativo éxito o relativo fracaso de esa iniciativa dependía en gran medida de la administración de las expectativas; en esto el gobierno del MAS fracasó espectacularmente. Necesariamente se tenía que prever las consecuencias tanto de un dictamen favorable como la de un dictamen adverso; en realidad, se tenía que preparar con mucho más cuidado las consecuencias de lo segundo que de lo primero.

Naturalmente, en general es más fácil administrar la victoria que la derrota, pero aún en el     caso de una victoria se puede explotar sus consecuencias para obtener el máximo rendimientode la misma, o no hacerlo y disminuir grandemente sus réditos.

No vale la pena ahondar mucho en las consecuencias de una victoria que no se dio, excepto señalar que nuevamente las señales que daba el gobierno del MAS demostraban la improvisación en su iniciativa de recurrir a La Haya. El gobierno daba todas las señales de pensar, o de querer hacer pensar a la gente, que un resultado favorable iba a dar lugar a un retorno al mar. Nada más equivocado. 

Chile nunca hubiera cedido soberanía solamente a raíz de un dictamen de La Haya favorable a Bolivia donde se obligaba a Chile a negociar con Bolivia una salida soberana al mar; después de todo, la obligación era sólo a negociar, no a ceder soberanía. 

La cuestión, en caso de un fallo favorable, no era cómo negociar para obtener una salida soberana al mar, más bien era cómo mejor presionar a Chile ante la comunidad internacional, cómo mejor añadir al peso de los reclamos bolivianos, ante la eventual negativa chilena de acceder a darle a Bolivia lo que demandaba.

Pero el verdadero problema potencial, que en efecto se concretó, residía en cómo afrontar un fallo adverso de la Corte, dado que era, por lo que se ve, mucho más probable. Evidentemente, el gobierno del MAS no se preparó para un fallo adverso. 

Es cierto que el proceso de La Haya a través del primer fallo tuvo un componente favorable a Bolivia, que, sin embargo, fue desperdiciado en gran medida por el mal manejo del gobierno del MAS. Para comprender este componente hay que comprender la estrategia chilena de desprestigiar, y de quitar todo contenido valido, a la demanda boliviana de una salida soberana al mar, al punto de ridiculizarla.

Chile, cuando no ve ninguna ventaja en contemplar seriamente ceder a Bolivia una salida soberana al mar, se escuda en el tratado de 1904: el tratado saldó para siempre las fronteras entre las dos naciones, y, por tanto, no existe nada pendiente ni nada que resolver respecto de la demanda de Bolivia de una salida soberana al mar.

Chile empujaba esa narrativa a nivel internacional al extremo de ridiculizar la posición de Bolivia, logrando que, por ejemplo, artículos de prensa de prestigiosos diarios hagan notar, con tono de burla o condescendencia, como un detalle gracioso de un país retrasado y folclórico como Bolivia, que Bolivia es el único país que tiene una marina sin tener costa.

La Haya terminó con esa ficción. Al denegar la petición chilena de que la Corte se declare incompetente en la demanda presentada por Bolivia, La Haya acabó con la narrativa chilena de que no hay nada pendiente entre los dos países. 

Lo que el fallo final adverso a Bolivia significa es que, en términos jurídicos, pero sólo en términos jurídicos, la demanda de Bolivia, de obligar a Chile a negociar una salida soberana al mar, no tiene fundamento suficiente.

Naturalmente que la narrativa chilena no se ajustaba a la realidad, en el hecho sí había algo pendiente entre los dos países. De otro modo no se puede explicar las tratativas por más de un siglo entre Bolivia y Chile para intentar resolver este tema.

Lo que pasaba es que Chile, según su conveniencia, o admitía iniciativas para ver si negociaba una solución que satisfaga las demandas bolivianas de acceso soberano al mar, o cerraba las puertas totalmente a una solución de esas características apelando al tratado de 1904.

La demanda ante La Haya logró que ya no sea posible para Chile volver a la narrativa de que todo está saldado entre los dos países a raíz del tratado de 1904. Ese era el resultado que se debió resaltar en el caso de que en última instancia el fallo de La Haya, como en efecto ocurrió, le sea adverso a Bolivia. 

Lamentablemente, esa consecuencia positiva para Bolivia fue enterrada por la combinación de falsas expectativas triunfalistas fomentadas por el gobierno del MAS y el fallo adverso en segunda instancia en La Haya.

Todo lo cual nos trajo al triste momento que vivimos durante el gobierno del MAS después del fallo adverso de La Haya: pedir que se cumpla el dictamen de La Haya, en la parte que declara que las partes deben acudir al diálogo para resolver sus diferencias, aseverando, además, que porque el fallo de La Haya incluye esa sugerencia después de todo el fallo no fue una derrota. 

Esa aseveración es algo así como pretender que una sentencia de muerte, conmutada sólo a cadena perpetua, no es en realidad una derrota porque se evita morir de inmediato. 

El dictamen de La Haya en esa parte no significa nada: después de todo las partes podrían haber dialogado antes del juicio, durante el juicio, o podrían hacerlo después o en cualquier tiempo sin ninguna necesidad de acudir a La Haya.

Cabe preguntar por qué el gobierno del MAS pasó de señalar, correctamente, aunque no con la debida insistencia, que la demanda ante La Haya anuló la insidiosa narrativa chilena de que no hay nada pendiente entre Bolivia y Chile, a pedir que se cumpla en su “integridad” el dictamen de La Haya el cual señala que no existe impedimento para que las dos partes sigan dialogando sobre sus diferencias.

Otros ya han señalado lo que es obvio: el gobierno del MAS en tiempos electorales no quería pagar ninguna factura por el fracaso de su aventura hayense. Evidentemente, parecería que declarar que el dictamen de La Haya, “en su integridad”, menciona, o hace alusión, a que se pueda seguir negociando, era más fácil de vender electoralmente que la derrota de la narrativa chilena de que no hay nada pendiente entre Bolivia y Chile a raíz de la denegación de la petición chilena de que la Corte se declare incompetente de juzgar la demanda boliviana. 

Puede ser que esa haya sido la razón para el cambio del discurso del gobierno del MAS frente a la derrota en última instancia en La Haya, pero ello demostró cinismo, oportunismo o autoengaño, o las tres cosas a la vez. 

Cinismo y oportunismo porque lo más probable es que el mismo Evo Morales estaba consciente de la derrota y sólo adoptó ese discurso que sabía falso porque creía que era lo que más le convenía en términos electorales. 

La otra posibilidad, el autoengaño, posiblemente es peor por eso de que “es peor que un crimen, es un error”. Si Evo Morales realmente pensaba que el resultado del juicio en La Haya fue un éxito por haber éste señalado que no se prohíbe seguir dialogando, entonces sería la prueba más contundente de que el país en manos del MAS, en este tema, estaba totalmente a la deriva. 

Que haya elementos de las tres motivaciones para adoptar esa posición no sólo no la mejoran, más bien pintan de cuerpo entero a Morales y a su gobierno.
 

 

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