Epidemias, un gran igualador

Los temores del coronavirus

Una peste nos iguala o, lo que es peor, recrea las desigualdades de nuevas maneras, ingeniosa y pérfida. La fila se ha engrosado y el tercer mundo se va agigantando.
domingo, 22 de marzo de 2020 · 00:00

Diego Ayo Politólogo

Muchas cosas cambian y muchas irán cambiando bajo la amenaza del coronavirus. Me sorprendía constatar que las colas en los vuelos internacionales ya no se forman con europeos y estadounidenses desplegados cómodamente en una línea mientras los latinoamericanos formamos otra línea con miles de nuestros paisanos alineados a nuestro lado con cierto obvio resquemor. Vemos que los españoles y los italianos que tenían preferencia en esa espera, deben esperar. 

¿Es esto cierto? Claro, no es fruto de una insana envidia que me nace de repente. No, es la constatación que hace el economista BrankoMilanovic en su ensayo Epidemias, un gran igualador. ¿Consuelo? Por supuesto que no, mera comprobación de un cambio que sitúa a los ciudadanos del primer mundo en el patio trasero de quienes paseamos frecuentemente por esos senderos. 

Una peste nos iguala o, lo que es peor, recrea las desigualdades de nuevas maneras, ingeniosa y pérfida. Nos es que nosotros pasemos hoy como Pedro por su casa en los aeropuertos de aquel continente. Claro que no, sólo que ahora tenemos visitas. La fila se ha engrosado y el tercer mundo se va agigantando con solaz convicción.

También veía con temor el desempeño de la China. Este gigantesco país fue la cuna de este virus, sí señor, ahí nació esta pavorosa enfermedad, empeñada en destruirnos con su silencio preñado de mortuoria efectividad. Avanzaba calladito pero sabedor de su poder asesino. Ya veíamos las estadísticas al principio del mal y nos consolábamos torpemente con la indecente veracidad de que su poder criminal estaba debidamente recluido. Nada de quén asustarnos. 

No fue así. Salió y sale sin prisa alguna para instalarse en donde le venga en gana. Y es aquí donde me detengo: China lo está logrando, zafándose de esta pandemia. No es algo inmediato y deberá pasar por diversos corredores, algunos de la muerte y otros, sobre todo, de violencia contra la población “enferma”. 

He ahí la cuestión que amerita la reflexión: ¿es mejor la lenta salida democrática de países empeñados en llevar adelante seminarios de concertación para afrontar esta enfermedad o el silenciamiento de las víctimas buscando su cura inmediata y echando a los cadáveres al río sin pérdida de tiempo alguna? Europa frente a China. Democracia frente al autoritarismo asiático. 

¿Cuál es mejor? No tengo dudas que aún con el riesgo que conlleva mantener la defensa democrática, ese es el camino. Ese debe ser el camino. Pero aún consciente de su férrea defensa, cabe advertir que el mundo se bifurca como nunca antes, olvidando el componente político y optando por dar una solución inmediata al problema. Ergo, bienvenida China, bienvenido tu régimen autoritario. 

Asimismo, me alarma la declaración vibrante de Macron, el presidente de Francia quien alerta sobre el inminente riesgo de esta nueva amenaza que pasa de ser una enfermedad curable a ser una guerra no declarada. 

Sí, aquellos que han fijado toda su atención en el armamento que compra el vecino, restándole algunos puntos de su riqueza nacional, convencidos de que en cualquier momento los aviones militares volarán presurosos, listos a soltar sus bombas y/o los submarinos atacarán silenciosa pero brutalmente, no tienen razón. 

Esta suerte de “tercera guerra mundial” adquiere otra dimensión. Casi surrealista. Parece mentira abrir el periódico y adentrarse en este mundo. ¿Dónde está la cámara?, parece ser la pregunta reiterativa ante el fragor del nuevo enemigo.

 El enemigo perfecto: no avisa que va a atacar, se mete en las viviendas propias si le da la gana, se instala en los cuerpos por más de diez días sin decir nada de nada y, para colmo, no tiene rostro. 

Si hubiese sido creado adrede como un armamento militar, sólo podría despertar un genuino celo. Pero no, sólo se filtró, declarando la guerra sin hacerlo. Convocando a un combate sin bombas ni metralletas, pero con la certeza de que algunos perecerán.

Hay más, por supuesto que sí. Me asombró y llenó de tristeza observar los funerales en Italia, ya sin el júbilo de antaño al despedir a un ser querido. Las lágrimas se cancelaron y la gente prefirió quedarse en casa. Si algo nos distingue como seres humanos es esta devoción ante la muerte. 

Escuchar las palabras de los allegados agradeciendo la presencia de quien se marcha, recordando su huella y, claro, llorando. Hoy no, la prisa por enterrar a las nuevas víctimas, casi privadas, siquiera, de un registro personal –¡qué importa quienes son, solo importa que puedan contagiarnos!– asusta. Nos deshumaniza. Nuestros antepasados de toda procedencia demostraban siempre su humanidad, despidiendo a los suyos en remarcables ceremonias.

 Hoy, la ceremonia se convierte en un hecho tortuoso, enfermizamente largo y, lo que es peor, con la certeza de poder contagiarte en el evento y ser el siguiente en el ataúd.

Ya no somos ni seremos quienes solíamos ser. La humanidad ya no es ni será la misma. ¿No dijeron lo propio aquellos humanos que vivieron la Fiebre Española o el Ébola? Sí, y efectivamente el mundo no volvió a ser jamás el mismo.

 Ya decían que gracias a la Peste se generó el capitalismo. ¿Qué podrá generar esta estela de temor que hoy nos asola? Algo promisorio, no puede ser de otra manera, aunque en el camino deban (¿debamos?) quedar atrapados muchos de quienes hoy estamos acá…

 

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