Feminismo

De las reivindicaciones sociales a la guerra de géneros

Con la aparición de El segundo sexo, la reflexión acerca de la mujer ingresa en la profundidad filosófica desde el cuerpo y englobando la corporeidad y la sexualidad femenina.
domingo, 8 de marzo de 2020 · 00:00

J. Nelson Antezana R. Bibliotecólogo

El año 2019 se han cumplido siete décadas de la publicación de El segundo sexo. En la Europa que  resurgía de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial,  la editorial Gallimard publicaba la obra de Simone de Beauvoir que estaba destinada a convertirse en un parte aguas de todo lo conseguido por las mujeres hasta ese momento y lo que vendría en la segunda mitad del siglo XX, hasta lo que vivimos hoy en día.

Sin necesidad de mencionar antecedentes que se pierden en la noche de los tiempos, puede situarse el origen del feminismo como tal  entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX, periodo en el cual la lucha de las mujeres se centró en obtener derechos muy concretos inherentes  a su condición de persona tan racional y con las mismas potencialidades que el hombre.

Así, la mujer va logrando gradualmente el derecho al sufragio, el derecho al trabajo,  no sólo manual y fabril en el que ya era explotada desde la revolución industrial, sino también el derecho al trabajo administrativo e intelectual.  Conquista también el derecho a la educación primaria completa y su acceso a las universidades.

 La aprobación paulatina del divorcio en los países de occidente significó también la conquista de un derecho esencial  para la mujer: la posibilidad de ser  feliz sin estar condenada a un matrimonio desdichado por toda su existencia.

Muchas de estas conquistas se produjeron de hecho durante las dos  guerras mundiales, y sobre todo en el periodo de entre guerras. Las conflagraciones  significaron para las mujeres asumir roles y tareas dejadas por los hombres que mataban y morían  en los campos de batalla.

No sólo en las guerras mundiales, sino también en todos los lugares del orbe donde hubo confrontaciones bélicas en la primera mitad del siglo XX (Bolivia y Paraguay, durante la Guerra del Chaco; España, durante la Guerra Civil, para mencionar tan solo dos ejemplos).

Con la aparición de El segundo sexo, la reflexión acerca de la mujer ingresa  en la profundidad filosófica, pero es una reflexión filosófica hecha desde el cuerpo englobando la corporeidad y la sexualidad femenina que se analiza a sí misma y trasciende más allá de ella. Libro que provocó profundas polémicas y que marcó el camino a recorrer para toda una generación de pensadoras de la segunda mitad del siglo XX, obra indispensable para comprender nuestro tiempo.

En la década de los años 60 se dieron dos  hechos más que anticiparon lo que vendría en los años posteriores. Con el avance y el perfeccionamiento de la penicilina, todas las enfermedades de transmisión sexual conocidas hasta ese entonces fueron casi totalmente erradicadas. A esto se sumó el descubrimiento o invención de los anticonceptivos.

 Estos hechos impulsaron la liberación sexual de la mujer, que pudo disfrutar de su sexualidad sin que esté ligada necesaria, fatal e inevitablemente a la maternidad. Con todo esto y el feminismo de connotaciones políticas que se dio en los años 70, quedó servido el panorama de lo que hoy estamos viviendo.

Los antiguos antiguos romanos decían “los extremos se tocan”.  En algún momento entre finales del siglo XX  el feminismo pasó a convertirse en una “ideología de género”  de posiciones extremas,  desconectándose de la realidad y perdiendo el sentido común. Estos dos elementos  están conduciendo al feminismo a que se convierta en un dogma o en una religión maniquea compuesta por las mujeres victimizadas y los hombres como viles depredadores.

Esta visión sesgada está llevando a extremos absurdos, que no son más que poses amplificadas hasta la histeria colectiva por las redes sociales como el lenguaje inclusivo, la penalización del acoso callejero para castigar  los piropos; o el movimiento #Metoo que, sin justificar el comportamiento de Harvey Weisntein,  es un acto de hipocresía y doble moral que está provocando la destrucción de carreras como las de Kevin Spacey y, recientemente, la de Plácido Domingo.

Sin embargo, las feministas no dicen nada acerca de la manipulación  que los adultos ejercen sobre una chiquilla como Greta Thunberg, que  con ínfulas mesiánicas y gesticulaciones afectadas, lo único que hace es quitarle seriedad a la cuestión del medio ambiente. 

Mientras se producen discusiones bizantinas acerca de si la palabra culo tendría que tener género femenino,  realidades muy duras y profundas injusticias siguen teniendo rostro de mujer, como su  situación en el mundo musulmán, la desigualdad salarial entre mujeres y hombres con la misma capacidad profesional y con responsabilidades similares y, sobre todo,  la violencia de género como lo más lacerante para la mujer.

A este respecto la visión también debe cambiar, pues ésta se centra en la víctima y no en el victimario. Según lo que afirman los psicólogos y psiquiatras,  el hombre que ejerce la violencia de género es, en esencia, un enfermo neurótico incapacitado para una relación de pareja sana y respetuosa, que además, reproduce comportamientos que él mismo sufrió en su niñez como víctima o testigo de la violencia intrafamiliar ejercida por un padre maltratador en contra de la madre.

Aunque existen aún muchos temas pendientes, es innegable que en poco más de un siglo la situación de la mujer en el mundo se ha transformado radicalmente. Sin embargo lo que falta por hacer es una tarea de toda la sociedad que engloba a hombres y mujeres, sin caer en extremos peligrosos ni posiciones simplistas de enguerrillamiento.

 Pues de lo contrario  se llegará a una guerra de géneros que superará todas las distopías imaginadas hasta hoy.

 

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