Pandemia

Mística, corrupción y coronavirus

Cuando en este momento los muertos se cuentan por decenas, todavía seguimos discutiendo qué tipo de respiradores necesitamos.
sábado, 30 de mayo de 2020 · 00:00

Fernando Rocabado Quevedo
Médico salubrista  y epidemiólogo

Quedamos todos sorprendidos y  anonadados, frente a lo vivido en los últimos días en nuestro país a raíz de las denuncias públicas sobre la compra de 170 respiradores y su entrega frustrada, cuando se difundieron como reguero de pólvora en las redes sociales y en la prensa. 

Todo comenzó con la confirmación de que los tales respiradores no eran aptos para las tareas que se esperaban desarrollar dentro de lo planificado para la atención hospitalaria a los enfermos de Covid-19. 

En esta tarea, lo más importante e irremplazable, indicador de nuestra capacidad de oferta y de potencial de servicios de emergencia, es contar con salas UTI completas, lo que incluye respiradores de terapia intensiva, complejos, modernos y automatizados.

 Por lo mismo se constituyen en indicadores cuantitativos y de calidad de estos servicios. Sin UTI, este nivel de atención, que es el más alto, queda trunco y sin sentido.

En abril nosotros habíamos calculado que, por cada 700 enfermos nuevos cada día, necesitábamos de 35 camas UTI completas libres cada día, con sus respiradores incluidos, número que puede ser satisfecho si contáramos con 500 camas UTI. 

En ese momento los enfermos se contaban por decenas, pero ahora  los enfermos nuevos ya se cuentan por centenas (el 25 de mayo se informó de 397 nuevos casos) y todavía seguimos discutiendo qué tipo de respiradores necesitamos. 

Como el número de pacientes irá en aumento exponencial, pensábamos que podríamos necesitar otras 500 camas más y un poco más de tiempo para responder a la avalancha de pacientes que se vienen irrefrenablemente; o sea, un total de 1.000 camas, darían como para aguantar unos 1.400 pacientes nuevos cada día.

En vez de eso, que era lo lógico e ideal de alcanzar, aparece el 14 de mayo la Presidenta, acompañada de su Ministro de Salud, haciendo entrega de unos equipos no pensados, ni aptos para los fines propuestos, lo que provoca la reacción de los especialistas en terapia intensiva, que hacen notar que esos aparatos no eran los adecuados para UTI, que eran muy simples y solo servían para atender emergencias por unas horas. 

Esas opiniones desataron la duda, que es la madre de toda investigación, y el tema inundó rápidamente las redes sociales.

Frente a los primeros pronunciamientos, el ministro del ramo, Marcelo Navajas, tuvo que admitir que los respiradores eran para emergencias y no aptos para unidades de terapia intensiva. Lo demás es conocido. 

Defensores a ultranza, principalmente entre los que soportan la candidatura de la presidenta Añez, la mayor parte tratando de justificar la compra con textos copiados de fabricantes o redactados por comerciantes. 

O con las frases consabidas  como: “todo critican”, “no se contentan con nada”, “por lo menos hicieron el intento de comprar”, etcétera, frases que nos muestran cómo de fácil es convencer a nuestro público cuando de equipos o máquinas se trata, más o menos como cuando se hacen obras de cemento; dejan sin fundamento cualquier opinión o crítica.

El sinnúmero de pruebas acompañando a las denuncias han terminado, en primera instancia, con la detención de cuatro funcionarios y la del propio Ministro de Salud, precedidas por la firme declaración de la Presidenta de castigar a todos los culpables. Como todo lo que pasa en Bolivia, las cosas se dan de tal manera y tan sorprendentemente, que nos dejan sin la oportunidad de la sorpresa.

Y uno se pregunta: ¿cómo puede ser que, frente a este desafío nacional y la tensión de toda la sociedad para salir de un problema único en su género, irrepetible por sus características y sacrificio, haya gente que piense en negociados, compre equipamiento pagando tres veces más  su precio; vacíe los escasos fondos con los que se cuenta para enfrentar la pandemia; y, lo más grave, retrasen de manera asombrosa las actividades para enfrentar la epidemia, en un país pobre y sin recursos económicos?

Frente a este fiasco nacional solo quedan reacciones de pesimismo existencial, o de autocrítica positiva, que sirvan para insuflarnos de voluntad de cambio frente a la decadencia moral que estamos viviendo. 

La corrupción no había sido patrimonio del MAS, los sectores más pudientes y cercanos a grupos de poder económico parecen más angurrientos, y lo hacen con mayor desfachatez y sin remordimientos. 

Los pesimistas piden desde la pena de muerte hasta los castigos más severos; los otros, además, pretenden que se provoque una profunda revolución moral en el seno de la sociedad boliviana, hoy dividida en cuanto a su composición social y su enfoque de país y desarrollo. 

Hemos llegado al fondo de un hoyo del cual saldremos únicamente con una gran entereza, con sentido de patria y un gran liderazgo, mismo que, en el momento, parece ausente.

¿Qué le depara el futuro próximo al actual Gobierno, que comienza a hacer aguas por todo lado? ¿Podrá salir del atolladero con sus esmirriadas fuerzas y sus escasos militantes, sin mística y sin sentido de patria? 

Ya no hay mucho más en qué pensar. Las próximas tareas, los próximos pasos son de vital importancia, tanto para el Gobierno como para el país en su conjunto. 

No interesa una candidata que no puede ser una buena presidenta. Primero debe demostrar que puede ser buena presidenta, y para eso debe abandonar sus pretensiones  de prórroga, o su candidatura.

Debe salir de su aislamiento y soledad, convocando a las fuerzas políticas y sociales de este país en sus diferentes estratos y niveles, en cada departamento y municipio, para enfrentar de manera conjunta e inmediata al principal y más acuciante enemigo: la epidemia del coronavirus, que avanza de manera sostenida, sin darnos más tiempo para equivocaciones y menos para soportar abominables corruptelas. Es una cuestión de vida y de salvación nacional.

 

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