Matasuegra

Los tapones de Ulises

Hay gente (quizá la mayoría) que se enceguece ante el menor brillo de poder y deja de ser el buen amigo para convertirse en un déspota.
viernes, 12 de junio de 2020 · 00:00

Willy Camacho
 Escritor

Chojcho con audio de rock p’ssahdo es un cuento de Adolfo Cárdenas, publicado en 1992. El relato es protagonizado por el cabo Severo, chofer de una patrulla 110, y el teniente Villalobos. Ambos acuden a una fiesta en el polifuncional de El Alto, donde se comete un crimen y los policías tienen que iniciar la investigación. Bueno, en medio de la trama, el humor destaca, y sirve como una válvula de escape frente a la tensión que hay entre el cabo y el teniente. Hay una sumisión del primero, que respeta y tolera los abusos y discriminación de su superior, quien tiene mayor rango porque proviene de una familia clase media y no es indígena como el cabo. Sin embargo, cuando Severo descubre que el teniente es el asesino, se aprovecha de la situación para chantajearlo y obtener algunos beneficios.

Una de tantas lecturas posibles del cuento de Cárdenas tiene que ver con el ejercicio y la perversión del poder. El teniente ejerce el poder real (su grado superior) y simbólico (lo racial en la Bolivia de los 90) contra Severo; lo humilla constantemente, lo abusa, lo menosprecia, le resta dignidad. Pero, cuando Severo tiene la sartén por el mango, no duda en abusar de ese poder coyuntural y devolver los golpes, además de sacar provecho de la situación. Es decir, la imagen del indígena sojuzgado, oprimido, se desvanece apenas este tiene una mínima chance de ejercer poder sobre otro.

Acabo de terminar la edición del último libro de Hugo José Suárez (que se publicará en un par de meses). En este, Suárez dice: “Es tiempo de repensar el inmenso poder del poder y su capacidad de destrozar los más nobles proyectos. Es tiempo de preguntarse en qué hemos fallado, por qué cuando la izquierda llega al gobierno se parece tanto a la derecha”.

Quizá no es un problema de ideología, tal vez nada tiene que ver ser diestro o zurdo. Me animo a pensar que es un problema de calidad humana, que hay gente (quizá la mayoría) que se enceguece ante el menor brillo de poder y deja de ser el buen amigo, cordial vecino, pariente amoroso, para convertirse en un déspota en mayor o menor grado cuando tiene la oportunidad de ejercer poder.

Y no hablo de un poder inmenso. Recuerdo que en las movilizaciones de octubre pasado, en algunos puntos de bloqueo se comenzó a exigir a los peatones que muestren su carnet e incluso que desbloqueen su celular para verificar su filiación política. Claro, al líder del punto de bloqueo se le subió a la cabeza ese mínimo poder alcanzado durante una coyuntura específica, o sea, un poder efímero. Y no olvidemos que en el otro bando igual se verificaron abusos cuando bloqueadores en el aeropuerto de El Alto registraban las maletas de los viajeros y “decomisaban” lo que les daba la gana. También un poder mínimo y coyuntural pervirtió a las personas.

Son solo un par de ejemplos de lo que ocurre cotidianamente, y ni qué decir si el poder corresponde a un rango de autoridad. Una persona equilibrada puede creerse semideidad cuando llega a ocupar un puesto en el gabinete, y como tal, podría considerar que tiene la potestad de decidir sobre la vida y fortuna de los simples mortales.

Algo así ocurrió con Evo Morales, quien pasó de ser un humilde y carismático líder social a ser un presidente soberbio y alejado de la realidad. Y quien ya está corrompido por el poder, no puede concebir otro modo de vida; el poder, en ese sentido, es un vicio, quizá el peor de todos, pues no hay grupo de apoyo que ayude a superarlo.

Evo creyó que su voluntad y sus “derecho político” era superior a la voluntad de la mayoría del pueblo boliviano expresada en las urnas el 21F y en la elecciones de octubre. Estuvo dispuesto a demoler la democracia mediante un fraude, antes que dejar el palacio. Todo lo que había criticado de los gobernantes neoliberales, Evo lo hizo aumentado y corregido. En pocas palabras, ocurrió lo del cuento de Cárdenas: el humilde, cuando asume una posición de poder, en vez de hacer justicia, comete venganza, y cae en los mismos vicios que el antiguo opresor. Claro que no todos son iguales, no se puede generalizar; ni Mandela en Sudáfrica ni Mujica en Uruguay se valieron del poder para cobrar revancha y eternizarse en la presidencia. Es que la calidad humana de Morales dista mucho de la de estos grandes líderes.

Y ahora Evo, desplazado, con síndrome de abstinencia, suelta declaraciones sin meditar, urgido de atención mediática, pues es lo único que queda tras perder el poder prácticamente absoluto con el que quiso conducir el país. 

Según él, “se ve como si estuvieran sembrando coronavirus en el trópico”. Antes creía que el coronavirus era un invento de la derecha, luego, que China había ganado la tercera guerra mundial con esta pandemia, y ahora cree que el gobierno está atacando a los cocaleros con el contagio. Lo peor es que sus adláteres (o cómplices) del Chapare van a seguirle la corriente y continuarán confundiendo a la población y, por consiguiente, atentando contra la salud de sus bases. 

Porque no hay duda de que si el virus se está propagando en el trópico cochabambino, es por la irresponsabilidad de los dirigentes y del jefazo.

Pero, como dije, el poder afecta a gente de todas las edades, clases y colores. Se ha difundido un video en el que se ve cómo Fernando López, ministro de Defensa, le advierte a un ciudadano: “Yo soy una persona que escucha, pero no permite que le falten el respeto y peor a un uniformado; él reacciona (militar) y usted desaparece en diez segundos, ¿sabe o no?”. Poco después, el ministro reconoció el exceso y ofreció disculpas, mismas que quedan cortas en este caso, pues es inadmisible que una autoridad vierta una amenaza de muerte contra cualquier ciudadano, por más que esto sea una frase desafortunada al calor de una situación determinada. Recordemos cuánto nos indignó una amenaza similar vertida por Gustavo Torrico durante los conflictos de octubre.

Muchos ven una actitud fascista en López. Personalmente, no me parece; veo una detestable pose autoritaria, un abuso de la posición de poder coyuntural que detenta, pero lejos todavía de la clara tendencia al fascismo, o cuando menos al totalitarismo violento, que fue un sello de la última gestión del MAS en el gobierno. Sin embargo, precisamente por esa lección aprendida, no podemos permitir que estas actitudes cundan y prosperen, pues fuimos tolerantes con Morales y compañía y ya ven en que derivó todo.

No se trata de izquierda o derecha, de indígenas o mestizos, el poder corrompe por igual, o cuando menos seduce, desvía del camino. Quién fuera Ulises para evitar el canto de las sirenas…

 

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