Poder y demagogia

Del político “politicien” y “politicastro”

“El político recurre a los politiciens: Los pícaros son necesarios… cerca de los ministros, aun de los ministros mejor intencionados”.
viernes, 19 de junio de 2020 · 00:00

Gastón Ledezma Rojas 
Abogado

La pandemia del coronavirus que desde hace ya casi medio año azota a varios países del mundo con las penosas consecuencias compartidas entre millares de víctimas, en           nuestro caso, el boliviano, se recibió como trágico plus a los 14 años de ignorancia y rusticidad en la administración de varios niveles de la actividad nacional. Concretamente, entre otros, el rubro de salud pública ha sido uno de los más francamente preteridos, cuya falencia hospitalaria y sus emergencias se lamenta hoy.

Esta es una clara demostración de la ineptitud de quienes, sin la previsión responsable, tan sólo por preferencia política, asumieron tamaña responsabilidad médica. 

Solo la dictadura funda su autoridad en la voluntad omnímoda de quien ostenta el sumo poder estatal, como el caso del “evismo” que, unido al culto a su “personalidad”, no reconocía ninguna posibilidad de alternancia en el poder.

Esa forma de gobierno ignora a la comunidad y recurre a la demagogia para sostenerse en el manejo de la hacienda pública. Así logra transformar a las masas estudiadas por el insigne Ortega y Gasset en las aguas avinagradas por el odio y rencor, tornándolas en actoras de la audacia y temeridad en las funciones del Estado.

Es ya un axioma que en Bolivia no hay memoria. Si con sincero patriotismo recordamos pasajes de nuestra historia, no podrá restarse valor a la afirmación arguediana y de otros historiadores, que somos, un pueblo veleidoso y cambiante; que tanto proclama su adhesión a ciertas políticas, como tan pronto las condena y censura, como aquél pasaje histórico del caso: Estando Belzu hablando desde el balcón de Palacio e ingresando abruptamente  Melgarejo a Palacio, salió éste al balcón a proclamar de viva voz  “Belzu ha muerto, ¿quién vive ahora? y la misma turba enardecida responde “viva Melgarejo!”. 

Aún están calientes las cenizas de tantas víctimas de la demagogia azuzadora del pasado gobierno despótico, y corrupto por antonomasia y, además, por donde sean vistas, quebradas muchas de sus instituciones, causando, entre otras la debacle del órgano judicial con el ministerio público, la hacienda pública, el servicio exterior, y tantas otras y con éstas la ausencia de seguridad jurídica del pueblo procurando de inmediato a procurar restaurar la libertad aherrojada, el orden, respeto y esa seguridad vulnerados.

 

El “politicien” o “politicastro”

“Todo hombre es falible. Lo que falta es ser sincero, no mentir a los demás y no mentirse a sí mismo” decía el ya nombrado gran autor francés Luis Barthou en su celebrada obra El Político, como factor de cualificación para explicar  que “la política está en todas partes, se mezcla en todo, todo lo invade y lo domina y junto a los que la honran, están los que la explotan”, agregaba aquel académico.

Continuando con las acertadas reflexiones de Barthou; éste decía que había que diferenciar político del “politicien” que, en su traducción del francés al español es el “politicastro”, significando la ordinariez o práctica torpe e improvisada del ejercicio de lo que verdaderamente representa la deformación de la política; esto es, despreciando y desterrando su calidad de arte, virtud, ciencia, derecho 

En otros términos, el “politicien” y el político son personas distintas, como son distintas la política y la intriga. El mismo Barthou, dice que en tanto el “politicien” engaña, el político puede engañarse; éste hace política mientras el “politicien” se alimenta de la intriga. La intriga en pariente muy cercano de la demagogia y el vehículo más apropiado para el desquiciamiento social.

Entre otras características de las diferencias en las conductas ausentes de sinceridad y las propias de la honestidad política, haciendo un cotejo en la valoración del “politicien o “politicastro” y del político, se tiene que el “politicien” jamás se parece al político; lo mismo que un cómico de pueblo es diferente a un artista de capital. Y agrega una interesante demostración de casos, entre otros, de las conductas y actitudes del “politicien o politicastro” en franco cotejo a las del político, como estos entre otros.

El “politicien” que distribuye prebendas, a espías y traidores, arrogándose influencias que no las tiene, mientras el político cuida bien de guardar su prestigio, etcétera.

“El político, dice este autor, tiene, desgraciadamente, que recurrir a los politiciens: Los pícaros son necesarios… cerca de los ministros, aun de los ministros mejor intencionados”.

No puede negarse el gran parecido del “politicien” francés de entonces, con el politicastro criollo de nuestro tiempo y, peor aún, con los que han integrado las ultimas categorías de “legisladores” del MAS, que ignoran las elementales nociones de los alcances que tienen su alta función, siendo así, en obsequio a la verdad, que un partido que se dice “popular” bien pudo contar con, ciertamente, “representantes” nacionales de nota y mucho más allá de la mediana formación, que sí los hay.

Luis Barthou con franca causticidad dice en su obra que “la reputación del político corre peligros más serios que los riesgos de la venalidad”. Textualmente, expresa que esa reputación “es el escollo más terrible que un mar lleno de tempestades”.

Prosigue  Barthou: “pero afirmo con decisión: de estos peligros, la gran mayoría se libran. Si existen intermediarios sin conciencia, necesitados concupiscentes, agentes retribuidos y hasta audaces bribones, la honradez es la regla general. Todas las profesiones tienen sus parásitos; pero ¿se las juzga por las excepciones?... tan escuela de corrupción es la democracia como la monarquía. …¿No hay conciencias sucias, modeladas con cieno y basura, movidas por el interés más sórdido?...

Por todo lo expresado y mucho más del ilustre académico francés Luis Barthou, pensamos que los nuestros deben obtener enseñanzas mínimas, de cómo debe ser el político –o patriota– y no como el “politicien” al que se acercan bastantes de los nuestros, muy lamentablemente. Debe ser por supuesto, por los menos debidamente alfabetizado, honrado en el mejor sentido de la palabra, medianamente instruido; así es dejar de ser un “politicastro”.

Primero… las elecciones 

Muy escasa esperanza tendremos que abrigar si no existe propósito firme de orientar  conductas éticas desde ahora, como precedente para un sensato señalamiento de fecha de las futuras elecciones. Resulta por demás extraño que -sin el menor escrúpulo y responsabilidad patriótica-, se haya señalado una fecha de elecciones  más próxima de lo que el buen sentido hubiese previsto.

 En  efecto, no vaya a resultar temerario, imprudente y hasta audaz tal señalamiento. El país –no en forma aislada–, confronta con otras naciones, una penosa pandemia, (léase calamidad pública, desastre, tragedia). Las elecciones, en las actuales circunstancias, no son el acto de solemne patriotismo para designar los principales órganos del Estado donde deben debatirse con ética e idoneidad los asuntos de su competencia y, de modo alguno, una fecha de zozobra, temor y cuidados que privarán a muchos electores concurrir, bajo el amenazante contagio y restricciones que impiden  la concurrencia masiva.

 

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