Cultivos y agroexportación

Radiografía de la agricultura boliviana

Cuando se trata de rendimientos, diversificación o valor de producción, Bolivia ocupa el último lugar en relación a los países vecinos.
viernes, 19 de junio de 2020 · 00:00

 Gonzalo Colque
Director ejecutivo Fundación TIERRA

 

Tradicionalmente, la agricultura boliviana ha sido retratada en forma de pequeños campos de cultivos, coloridos y manejados por campesinos indígenas. Con el tiempo, esta imagen fue sustituida por extensas planicies de monocultivos, trabajadas con maquinarias agrícolas, siempre fumigadas y, al fondo, enormes silos de granos. Esta nueva imagen ha sido y sigue publicitada como la modernidad deseable. Sin embargo, algo huele mal por debajo de esta apariencia. Los indicios crecen y nos hablan de que, tanto la agricultura a gran escala, como lo que queda de la tradicional, están sumergidas por igual en una crisis estructural.

Mientras la crisis del andino persiste desde los años 80, la agricultura cruceña presenta un agotamiento más bien reciente y debido a una cuestión de productividad en declive y pérdida de competitividad. La agroexportación depende de un único cultivo, la soya, y a la vez, crece la importación y el contrabando de alimentos. Estamos encaminándonos hacia algo insólito para un país megadiverso como Bolivia: una agricultura colapsada e importador neto de alimentos.

Hemos llegado a esta situación delicada por varias razones, pero fundamentalmente debido al papel utilitario que jugamos dentro del sistema agroalimentario global. La soya es utilitaria para abaratar la producción de carne de pollo en Perú o Colombia. Es un trabajo sucio y contaminante que no desean muchos países. Además, está hecha a la medida del agronegocio global que lucra vendiendo semillas transgénicas y agrotóxicos. 

Bolivia se convirtió es un simple proveedor de materia prima agrícola y, a la vez, un mercado de consumo. La papa peruana y otros productos se abren paso porque los productores altoandinos perdieron competitividad. Por su lado, los consumidores bolivianos hemos adquirido un apetito imparable por los alimentos ultraprocesados.

 En la importación de estos alimentos rebosantes de grasa, azúcares y conservantes químicos, gastamos más de la mitad de los dólares que genera la agroexportación.

Para ampliar la mirada, tomemos algunos indicadores clave sobre los cinco países vecinos, además de Ecuador. En cuanto a la superficie cosechada, Brasil y Argentina son gigantes sencillamente incomparables con el resto. El año 2018, Brasil estaba por encima de 78 millones de hectáreas, mientras que en Bolivia no superaba cuatro millones. Argentina bordeó 36 millones. 

Ignorando estas brechas, los agropecuarios cruceños se arriman a los vecinos gigantes. Sin embargo, Paraguay sabe y sufre las consecuencias de este tipo de relaciones desiguales de poder: los “brasiparaguayos” controlan el agronegocio y las tierras.

En los países andinos, la superficie cosechada es baja. Chile posee tan solo 1,2 millones de hectáreas, pero compensa con rendimientos y rentabilidad altos. A diferencia de Bolivia, no optaron por la ampliación de la frontera agrícola para monocultivos, sino que consolidaron un modelo agroexportador diversificado y capitalizado. Ecuador destina el 80% de la tierra a la producción de siete variedades de cultivos. Perú consolida una agricultura de base ancha: 13 cultivos ocupan ocho de cada diez hectáreas cosechadas. 

Chile prioriza la producción de trigo para el mercado interno, siendo autosuficiente en un 70%, y después la industria vinícola de exportación. La regla que siguen es, a menor extensión de tierras agrícolas, mayor diversificación agrícola.

Veamos los rendimientos agrícolas. Al respecto, la historia no cambia para Bolivia. Se ubica en el último lugar desde hace varios años. Por cada hectárea, cosechamos menos soya, papa, trigo, arroz o casi cualquier otro cultivo que tengamos en mente. Chile, Brasil y Perú están por encima de 10 toneladas por hectárea, seguidos por Argentina y Paraguay. Incluso Ecuador se ubica por encima de Bolivia. 

Un problema irresuelto que afecta es la escala irracional de las unidades agrícolas. En un extremo, el minifundio es un obstáculo estructural para la agricultura andina. Las tierras más productivas fueron fraccionadas y la parcelación presionó a la migración forzada. El resultado: tierras degradadas y gestionadas pobremente. 

En el otro extremo está el agro a gran escala del oriente. Ahí, la intensificación no le interesa a nadie dado que sigue siendo más rentable habilitar nuevas tierras a costa del bosque. Se cosecha poco y se lo hace incurriendo en altos costos ambientales. El intento más consistente para reestructurar la agricultura dual está en la Ley INRA de 1996, pero la misma fracasó y quedó abandonada durante el segundo mandato de Evo Morales.    

Por último, veamos el valor de la producción agrícola por cada hectárea de tierra bajo producción. En este análisis, lo que sorprende es que Chile es el líder y no los productores de transgénicos (Argentina y Brasil). En 2016, el último año con datos disponibles, el agro chileno generó más de 13 mil dólares americanos por hectárea, Perú 5,6 mil dólares y Ecuador 4,1 mil dólares. Bolivia ocupa el penúltimo lugar, y transitoriamente, porque según las tendencias estadísticas, está expuesto al riesgo inminente de quedar rebasado por Paraguay.  

Como hemos visto, los países con escasas tierras agrícolas compensaron sus limitaciones con el alto valor de producción, mientras que los dos gigantes tomaron ventaja del acceso privilegiado a extensas tierras cultivables. Bolivia está, más bien, en una posición incómoda, con un patrón de desarrollo ambivalente, si no a la deriva. No logró adoptar un perfil integrado entre la agricultura andina y la cruceña. Al contrario, son dos mundos que tan solo coexisten, sin eslabonamientos. Mientras que los grandes agropecuarios siguen encandilados por el modelo soyero, los pequeños cada vez dependen de alimentos e ingresos que no provienen del agro. Todo esto es una bomba de tiempo contra la seguridad alimentaria de los bolivianos.

La conclusión inevitable es que la agricultura boliviana ha caído en una crisis severa, donde los transgénicos no son más que una aspirina, un analgésico pasajero pretendido por algunos gremios agropecuarios que actúan en defensa de intereses particulares. Los agentes de cambio están, por supuesto, entre los propios productores del oriente y occidente. Pero, dado que el sistema agroalimentario es un asunto de todos, son decisivas tanto la participación ciudadana, como la reconducción de la agricultura por medio de una nueva política de Estado.

 

 

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