Meritocracia

Una ingeniería política nueva

Debemos mirar nuevamente hacia los conceptos del gobierno de los mejores, de los virtuosos, de los sabios; conceptos de la antigua Grecia.
viernes, 19 de junio de 2020 · 00:00

Ignacio Vera de Rada 
Profesor universitario

Sería una de las cosas más deseables el que, tras haber pasado por un fenómeno sociopolítico tan singular como el de octubre-noviembre y por una emergencia sanitaria (que aún se vive), académicos y políticos trabajen en soluciones para la institución de un nuevo orden nacional.

En ese sentido, la primera cuestión que me viene a la cabeza es de índole más profunda que cualquiera de gestión pública o programa de gobierno: ¿Quiénes deben gobernar y por cuánto tiempo? El asunto sobrepasa cualquier propuesta programática de los partidos, ya que entraña un tópico de los más profundos que hay en cuanto a ciencia política se refiere. La pregunta no solo atañe a Bolivia, sino a casi todos los países de Latinoamérica, víctimas de una ética social y política común.

La decadencia del “socialismo del siglo XXI” y la pandemia del coronavirus plantean número de preguntas tanto al cientista social como al político (en el sentido aristotélico del sustantivo); las preguntas podrían resumirse en la siguiente demanda: el diseño de una nueva ingeniería política, que plantee respuestas a largo plazo.

Lo que quiero decir es que las reformas tendrán que constituir un nuevo armazón estatal, cimiento sobre el cual, luego, podrán plantearse programas de gobierno y políticas públicas de largo aliento.

Estoy seguro de que Latinoamérica soporta la conducta y la moral políticas más degeneradas de las del ya de por sí polémico y turbulento mundo. 

En este entendido, Karl Popper se preguntó cómo podíamos organizar nuestras instituciones de modo que a los gobernantes malos o incompetentes les fuera difícil ocasionar daños demasiado grandes. Ciertamente, éste es un problema aún irresuelto. 

En Bolivia hubo una tentativa legal para frenar este problema. La formuló Franz Tamayo, allá por la década de los años 30, y se llamó Proyecto de Ley Capital o del Tiranicidio. No hay mucho que hablar sobre ella, pues como su nombre lo sugiere, planteaba la eliminación física del tirano por parte del pueblo levantado en armas. La audaz ley propuesta por Tamayo no tenía sentido alguno en el marco del derecho universal, ya que su aplicación en la vida de cualquier Estado hubiera supuesto la ruptura del orden jurídico y democrático.

Sin embargo, hay otros mecanismos con los cuales podríamos frenar los apetitos salvajes de nuestros gobernantes, habida cuenta de que su instrucción en asuntos jurídicos y éticos no siempre es la deseable. Sabiendo que uno de los principales peligros que nos acechan es su ambición de poder a todo trance (y su ulterior conservación si es que lo logran conquistar), las leyes respecto la reelección podrían ser modificadas en aras de la renovación constante del poder Ejecutivo.

 Esto significaría un obstáculo para la consecución de proyectos político-programáticos de largo plazo (díganse paradigmas de estado), pero creo que valdría la pena renunciar a éstos en aras de la democracia y la incubación gradual de una conducta de recato en cuanto al hambre de poder se refiere. Evidentemente, el asunto también conlleva factores educacionales muy profundos. Pero es evidente también que todo problema de orden social tiene origen, directa o indirectamente, en la educación; por tanto, decir que la educación nos salvaría de la angurria de los políticos, sería pecar de candidez y excesiva retórica.

Esta gran reforma supondría una reforma constitucional. Pero pensar en ella no es irracional, ya que hay muchos otros elementos cualitativos y cuantitativos de nuestra Constitución que, teniendo en cuenta su cualidad coyuntural  –seguramente, para el teórico Carl Schmitt, sería uno de los ejemplos constitucionales que no deberían jamás existir en ningún stado– deben ser modificados o directamente suprimidos.

No llevar a cabo ninguna acción respecto a estos asuntos acarrearía la inexorable corrupción moral de nuestra nueva generación de políticos, causante de las malas prácticas consuetudinarias (populismo y caudillismo, verbigracia) y del terrible círculo vicioso en el cual nos movemos como latinoamericanos.

En este sentido, y como siguiere el filósofo argentino-boliviano H.C.F. Mansilla, el emprender un revisionismo histórico no sería del todo nocivo. Al contrario: supondría la renovación de recursos intelectuales para encarar problemas viejos que aún no podemos superar (como por ejemplo el drama del mestizaje o el de nuestra historia colonial y republicana). Lamentablemente, un raro esnobismo domina actualmente los círculos políticos y académicos contemporáneos: el descrédito y la execración de lo viejo, de lo “tradicional”, ya que se piensa que todo lo de antaño (referido a la política, a la moral, a la religión e incluso al arte) debe ser dejado atrás y hasta vilipendiado. 

Pero yo pienso que hay muchas prácticas y conceptos  –como algunos del cristianismo primitivo, el luteranismo, el Renacimiento o incluso la nobleza monárquica– que podrían servirnos hoy en día para salir de ciertas crisis que no pudieron ser resueltas por el progresismo político o la modernidad (in lato sensu).

¿Por qué menciono el asunto del retorno hacia lo viejo? Porque quizá debemos mirar nuevamente hacia los conceptos del gobierno de los mejores, de los virtuosos, de los sabios, conceptos establecidos por los clásicos de la antigua Grecia y que van en contra de la falacia del igualitarismo (ya desvelada por Tocqueville) y del desprecio de la meritocracia. 

Naturalmente, la puesta en marcha de un gobierno totalmente de élite no sería adecuado hoy en día, ya que tendría tintes exclusivistas y discriminatorios, pero sí aplacaría en cierta medida algunas distorsiones que se originan en las asambleas legislativas signadas por la demagogia de las mayorías aplastantes, asambleas que dan cuenta de la falibilidad del sistema democrático, el “peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás que se han inventado”, según W. Churchill.

Un último aspecto que deseo acotar como recomendación para la mejora política de nuestras sociedades, es el manejo de los medios informativos, los medios de comunicación en general y la opinión pública, por parte de agentes gubernamentales como de agentes privados. Sobre estos asuntos hay mucho que analizar y decir, pero será materia de otro ensayo periodístico.
 

 

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