Análisis

El mesismo opa-vivo, el masismo trucho, ¿ y el jeaninismo?

Hay una bipolaridad dominante: los que deben marcharse frente a los que quieren perpetuarse. Tenemos pues, más que la ideología en juego, la falta de ideología.
viernes, 26 de junio de 2020 · 00:00

Diego Ayo
 Politógo

Leí hace poco un tuit en el que un internauta afín al partido liderado por Carlos Mesa, preguntaba si entre Jeanine Añez, Óscar Ortiz y Samuel Doria Medina habrían leído un libro: “entre los 3, ¿leyeron 1 libro?”. ¿Qué dejaba entrever este mensaje? Pues que él lee y que los otros, no leen. Esta propagación discursiva de talento no es casual. No, en realidad el señor sólo dejó entender lo que es la ideología predominante en Comunidad Ciudadana: la inteligencia.

¿Qué significa eso? Pues que la inteligencia es real. Realmente estamos frente a gente con talento y postgrados. No lo dudo.

 Sin embargo, convengamos: no todos son igual de inteligentes, hay una variedad suculenta de no-inteligentes que lucran políticamente con el término y, sobre todo, se solazan adhiriéndose “sindicalmente” a sus filas (léase sumándose a manifiestos políticos por una “Bolivia mejor” y un largo etcétera). 

Es el caso del escribiente: es posible que haya leído tres libros, seis cartas de amor y doce mil quinientos veinte dos mensajes de WhatsApp, o sea, un tanto más que la gente a la que critica. Sin embargo, se siente merecedor del adjetivo que sostiene la campaña: inteligente. ¿Por qué? Porque esa es la magia de la ideología: atrae a los seguidores, los arropa en la generalidad y los hace soñar: “es capo, y yo también, así que vamos”. 

Mesa, quien indudablemente es inteligente, jala. Pero no jala sólo: jala con aquella magia de la ideología que no lo convierte en inteligente sino en un genio, capaz de solucionar problemas médicos, económicos, ecuestres y automovilísticos, de acuerdo a la imaginación del necesitado. 

¿Qué sucede? Pues, en síntesis, los no siempre inteligentes se suben al tren y el líder inteligente acaba re-inteligenteado. He ahí el poder de la ideología. 

¿Sucedió algo así a lo largo de nuestra historia? Claro, sólo que la ideología no fue la inteligencia, fue la humildad. ¿Quién la bandereó a gusto? El señor Evo Morales lucró con esta ideología. ¿Fue falso? No, Evo fue humilde y desde su rincón de humildad prosperó. Salió de Orinoca y triunfó en el Chapare. 

Pero ya en su gobierno, ¡mamó, robó, engaño y despilfarró! ¿Y? A quién le importa: ¡es humilde! Ergo: lo apoyo. ¿Será que en el futuro (in)mediato aún logra adherentes? Sin dudas, el coronavirus se torna(rá) amenazante, convirtiendo a los pobres en más pobres, soltando a las clases medias al fango de la pobreza y descabezando a los ricos a un sitial de menor prosperidad. ¿Puede aupar aquello al MAS? Sí, claro. 

En todo caso, a efectos de esta reflexión lo central es comprender que no importa que haya millonarios, ladrones prósperos y burgueses pujantes al lado del humilde: igual son o fueron humildes. He ahí la pujanza de la ideología, con el aditamento, en este caso, del sello étnico.

 ¿Qué sucede? Pues, en síntesis, los ya no tan humildes o nada humildes se suben al tren, y el líder humilde o ya nada humilde acaba re-humildeado. He ahí el poder de la ideología.

¿Y los militantes de Juntos? Buscan una ideología. Sus militantes defendieron la posibilidad de hacer gestión frente a la posibilidad de restituir las enormes dosis de corrupción del pasado. Vale decir, veíamos un primer boceto de identidad partidaria propia: nosotros los transparentes frente a ustedes los corruptos. 

¿Qué sucedió? La corrupción quedo hipervisibilizada en los medios y la dualidad perdió peso. ¿Más? Algunos de sus principales portavoces defendieron el cultivo de transgénicos: defensores de transgénicos versus defensores de la vida, o algo así, en cuyo caso esta defensa de los transgénicos no generó votos sino detractores.

 ¿Más? Sí, defensores de la patria frente a la Covid-19, frente a los negacionistas   (AMLOs, Bolsonaros y Trumps).  ¿Lo pudieron hacer? Sí, sin dudas, pero tan solo por un tiempo: hoy faltan respiradores, los contagiados suben y los hospitales están colapsados. 

Por tanto, el discurso vitoreado rindió sus frutos por tres meses. Queda todavía una dualidad fundamental: ¿críticos del fraude versus defensores del golpe? Sí, esa fue la polarización decisiva. Tras la crítica estaba la “sociedad pitita”, tras la hipótesis del golpe estaba el MAS. 

¿A quién se creía? A los defensores-pititas que exhibían el fraude. ¿Qué sucedió? Aquello se fue diluyendo. No tuvimos asesores que hicieran una publicidad en el mundo a nuestro favor. 

¿Qué queda? Al parecer sólo va quedando una contradicción: quienes debían ser transitorios y auspiciar nuevas elecciones frente a quienes aprovecharon su provisional estadía en el gobierno y quisieron preservarlo. 

He ahí la bipolaridad dominante: los que deben marcharse frente a los que quieren perpetuarse. Tenemos pues, más que la ideología en juego, la falta de ideología. Vaya. 

Ya vieron que, sin perder seducción, igual podías ser in-inteligente sumido al bando inteligente o podías ser in-humilde sumido al bando humilde. Al final lo que pesa, más que lo real, es el emblema que defiendes: inteligencia y humildad. Quienes nos gobiernan vienen dando tumbos en el intento de crear un discurso con similar toque englobador. No lo logran…

 

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