Pandemia mundial de coronavirus

El mundo postcovid: hipercontrol, bioterrorismo y seguridad humana

La Inteligencia Artificial, las herramientas tecnológicas de control de la población ya están en el día a día de los servicios de seguridad. La irrupción de un virus letal retoma la amenaza del bioterrorismo, la posibilidad de que un patógeno sea utilizado por el hombre para sembrar el terror.
viernes, 26 de junio de 2020 · 00:04

Marta Rullán (Madrid),   Marcel Gascón (Bucarest) y María M. Mur (Santiago). Editado por Javier Marín
EFE

 

El hipercontrol tecnológico de la población, la seguridad de los Estados por encima de las personas, el bioterrorismo como amenaza, pero también como excusa para generar miedo, y el recorte de libertades en nombre del bien común se han puesto sobre la mesa con el estallido de la pandemia.

Las costuras de la seguridad y de los servicios de inteligencia han saltado ante esta crisis sanitaria   y en el horizonte emergente las nuevas claves de la era digital se imponen al espionaje tradicional, que, pese a todo, se resiste a desaparecer.

El traspaso de límites democráticos hasta ahora impensables en nombre de la salud pública y el desplome de las economías mundiales anticipan además un aumento de la desigualdad y de las protestas que ya llenaban las calles de muchos lugares del planeta al inicio de la pandemia.

Cuarta revolución industrial

La Inteligencia Artificial (IA), las herramientas tecnológicas de control de la población y el análisis del big data ya están en el día a día de los servicios de seguridad, pero se potenciarán aún más y serán su punta de lanza, explican a Efe varios expertos.

“Estamos en la cuarta revolución industrial, en una era completamente diferente (...) hay países invirtiendo cantidades verdaderamente abrumadoras, empezando por China”, dice el coronel en la reserva Pedro Baños, experto español en estrategia, defensa, inteligencia y seguridad.

Baños tiene claro que la IA “va a significar una convulsión tanto en el ámbito de inteligencia como en el puramente militar” y cita como ejemplo el desarrollo, por parte de las grandes potencias, de aviones no tripulados, algunos con capacidad hipersónica, (...) que aprenden por sí mismos a combatir en el aire.

Pero el mayor reto es, sin duda, el análisis de los terabytes de datos que almacenan los servicios de seguridad, para lo que se necesitan algoritmos y otros medios técnicos  sofisticados, según Baños.

“Hay una competición feroz para reducir el tiempo de acceso a la información que se necesita y adquirir la mayor cantidad posible”, afirma un antiguo miembro del servicio español de inteligencia que pide mantener el anonimato.

“No podemos olvidar que la materia prima de un servicio de inteligencia no es el conocimiento, sino los datos y la información no disponibles para el público, porque alguien trata de ocultarlos. Ello implica obtener esa información y transformarla en un producto competitivo al que llaman ‘inteligencia’, una información tratada e integrada en el conocimiento que se tiene”, explica.

Viejos agentes, nuevos expertos

El coronel en la reserva y el antiguo agente coinciden en que, a pesar de todos los avances tecnológicos, el contacto personal no puede ser reemplazado en las tareas de inteligencia, cuyos servicios, además, se dotarán de más expertos en temas relacionados con la pandemia.

Los agentes “que usan la relación con otro ser humano para obtener información o para tratar de influir en las decisiones de una tercera parte (...) son imprescindibles a la hora de proporcionar contexto a los datos o de interpretar sus intenciones”, dice el que fuera miembro de los servicios secretos durante más de una década.

Y cita, como ejemplo, lo que ha ocurrido en China o Irán en los inicios de la pandemia.“Ante una insuficiente información oficial y una baja colaboración con la OMS, es probable que países como EEUU, Rusia, Japón, Reino Unido o Alemania, por nombrar algunos, hayan reforzado sus procedimientos de HUMINT (Inteligencia Humana) para que sus redes de agentes informen sobre el alcance e impacto real de la enfermedad o los propósitos de sus líderes”.

Sobre el futuro cercano, Baños no tiene “ninguna duda de que a partir de ahora, como pasó en su momento con el terrorismo o la ciberseguridad, los técnicos de Inteligencia estarán más pendientes y contarán con más expertos” en patógenos y epidemias.

El antiguo agente de inteligencia puntualiza: “Es probable que se incremente el reclutamiento de biólogos, médicos, epidemiólogos o antropólogos. Se necesitan profesionales cualificados para entender de qué estamos hablando”.

“En ese sentido, me preocupa especialmente que pueda apostarse por una inteligencia sanitaria”, dice, y alerta: “no debe extenderse su ámbito de actuación, ni permitir que se recaben datos epidemiológicos a gran escala sobre nuestros comportamientos”.

Normalización del gran hermano

El 11-S trajo la primacía de la vigilancia sobre la privacidad en la relación de muchos gobiernos con sus ciudadanos y, dos décadas después, la Covid-19 ofrece una nueva oportunidad de controlar a millones de personas y recortar libertades en nombre del bien común.

“A largo plazo me preocupa la normalización de la vigilancia masiva en nombre de la salud pública”, dice Alex Gladstein, de la Human Rights Foundation, sobre lo que “puede convertirse en un pretexto para perseguir a disidentes”, según Amy Slipowitz, de Freedom House.

Estas medidas potencialmente represivas son una realidad en países conocidos por sus nulos miramientos con las libertades como China. Allí, el Estado recibe información sobre el historial de movimientos de su población gracias a una aplicación de móvil activada para evitar la transmisión del virus entre territorios.

Otras tecnologías, como las desarrolladas con bluetooth para establecer quién ha estado cerca de personas contagiadas, recaban información de una precisión inédita sobre el paradero de los ciudadanos y con quienes se reúnen.

Gladstein ve en ello un riesgo para las libertades de reunión y asociación y alerta de que estas tecnologías dificultarán la aparición de movimientos democráticos.

La pandemia ha revelado, además, que “la gente está mucho más dispuesta a renunciar a sus libertades por la salud que para luchar contra el terrorismo”.

“Se ha puesto en un pedestal a las empresas de tecnología y todo el mundo parece estar entusiasmado por estos planes”, dice sobre los proyectos de Apple y Google para desarrollar tecnologías bluetooth de rastreo. “Estamos hablando prácticamente de un tercio de la humanidad”, destaca Gladstein sobre su alcance potencial.

Otro ejemplo obvio es China, explica Slipowitz, que ilustra el papel crucial de las empresas en la expansión de la vigilancia de Estado con el caso de la plataforma de pagos electrónicos Alipay, que tiene más de 900 millones de usuarios en China y se ha puesto al servicio del programa de control del Gobierno.

Las tecnologías de vigilancia utilizadas por países como Noruega y Australia también abonan el terreno para los abusos en democracia. Pero, al contrario de quienes viven bajo dictaduras, la ciudadanía en las democracias tiene mecanismos para combatir los atropellos: “Si un ciudadano chino alza la voz contra lo que hace su Gobierno acabará desapareciendo en un campo de detención”.

 

El método  de control

Entre las amenazas postpandemia a la libertad, la tecnología convive con otras formas de control tradicionales, como la suspensión formal de libertades, de la que el primer ministro húngaro, Víktor Orban, es un buen ejemplo.

Pero también con detenciones, como en Singapur, e incluso asesinatos, como ha instado a cometer el presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, con quienes se salten las normas, sin olvidarse de las condiciones extremas del confinamiento con métodos usados desde hace siglos.

Ray Hartley es director de investigación de la Fundación Brenthurst y destaca la arbitrariedad de prohibiciones en Sudáfrica, como la del tabaco y el alcohol, que algunos miembros del gobierno quieren extender sine die.

Las fuerzas de seguridad sudafricanas, como ha sucedido con las de muchos otros países, han sido denunciadas más de 100 veces por abusos y acusadas de matar a dos personas por violar las reglas.

“Estamos asistiendo a la movilización del ejército más grande de la historia de Sudáfrica; ni siquiera durante las Guerras de Frontera de la época de Apartheid se movilizaron tantos soldados a la vez”, dice Hartley, al advertir del peligro para la democracia en muchos países de la creciente influencia de los “securócratas”.

 

Seguridad humana

Si algo ha dejado patente la pandemia es que la seguridad mundial sigue preocupándose de las instituciones y no de las personas. “Se ha evidenciado un déficit de Inteligencia estratégica de carácter social” ante “un enorme desafío para nuestra convivencia”, explica el exagente.

Los servicios secretos “son instrumentos del Estado, del poder, que se utilizan dependiendo de los intereses políticos e ideológicos de los Gobiernos de turno”, dice, por su parte, Baños, que achaca a esos intereses y no a un fallo de seguridad el retraso en reaccionar de las naciones desarrolladas.

Y, sin embargo, la pandemia era una de las cuatro o cinco grandes amenazas en las estrategias de seguridad de varios países y se conocía bien su impacto en la población.

Como explica gráficamente el antiguo integrante de los servicios secretos: “las lentes de la seguridad nacional están desenfocadas  porque se preocupan de amenazas que tienen poco que ver con las personas en su cotidianeidad”.

“Los técnicos de seguridad nacional tienen que pensar en cómo construir una sociedad segura centrada en la protección de la gente, no de los Estados, ni las fronteras, porque este virus no ha respetado ninguna frontera”, añade.

A pesar de las lecciones que deja la Covid-19, no parece probable que esto cambie. “Lamentablemente no lo creo, ojalá así fuera, (...) pero se puede ver en Siria (...), en Libia (...) que la seguridad humana no interesa, queda relegada por intereses políticos y económicos que siempre subyacen”, dice el coronel en la reserva.

“Y más en un momento en el que vemos una profunda insolidaridad” entre Estados, lo que muestra que en este tipo de situaciones lo que abunda es un profundo egoísmo.

Los científicos están convencidos de que en el futuro habrá no solo rebrotes, sino nuevas pandemias globales. “Esta pandemia ha visibilizado el importante papel, participación y responsabilidad de la ciudadanía en el bienestar común, así como la necesidad un diálogo colectivo sobre cómo afrontaremos este tipo de desafíos en el futuro próximo”, enfatiza el exmiembro de los servicios secretos.

 

Bioterrorismo

La irrupción de un virus letal que ha contagiado a millones de personas  retoma la amenaza del bioterrorismo, la posibilidad de que un patógeno sea utilizado por el hombre para sembrar el terror.

“La guerra biológica se lleva practicando desde la antigüedad: ya en el Peloponeso se envenenaban los pozos con animales muertos e incluso hacían la guerra química salando los campos para que fueran improductivos”, dice Baños, que recuerda ejemplos más recientes, como los ataques con gas sarín en Japón o el veneno de los talibanes en la comida de las niñas afganas que iban al colegio.

Hoy, todos los expertos coinciden en que, si bien nada es descartable, la opción de un ataque bioterrorista no parece plausible. “Sabemos que las organizaciones terroristas lo han intentado, pero hasta el momento no tienen capacidades para desarrollarlo”, dice Carola García-Calvo, investigadora  del Programa de Radicalización Violenta y Terrorismo Global del Real Instituto Elcano.

Es una posibilidad “realmente muy remota”, en palabras del coronel, porque si bien “es verdad que alguien podía tener la tentación de utilizar unos patógenos para causar un efecto como el del  coronavirus, la dificultad del control de la enfermedad que se podría desatar” no lo permitiría.

Pese a todo, García-Calvo destaca que “es un aspecto que puede emerger de las lecciones que los terroristas extraigan del hecho de que un virus haya conseguido lo que ellos, en muchos años de militancia, no han podido: poner en jaque al mundo capitalista”.

Los gobiernos, en un contexto en el que han ganado legitimidad popular ante una de las mayores crisis sanitarias de la Historia, pueden usar esa “remota posibilidad” o esa “lección a extraer” para despertar el miedo entre una población ya de por sí atemorizada.

“No tengo ninguna duda de que se va usar el bioterrorismo para aumentar el miedo de la gente (...) No en vano se están alentado teorías en este sentido por ejemplo por el propio presidente de EEUU respecto a que hubo un interés de un Estado en propagar esto. Es muy grave”, afirma el exagente.

En su opinión, “falta una estructura internacional que permita a los países salir de los intereses nacionales y asumir una responsabilidad colectiva en la gobernanza internacional, necesitamos una reforma de la ONU con la mayor urgencia para afrontar la nueva reconfiguración del mundo, porque no hay ninguna vuelta a la normalidad, el mundo nunca será igual”.
 

 

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