#Me Too

El acoso sexual como uso indebido del poder

”Un hombre en una posición de poder sobre una mujer no debe insinuar que quiere seducirla, pues siempre estará la sombra de la amenaza”.
viernes, 5 de junio de 2020 · 00:00

Jorge Patiño Sarcinelli
Matemático y escritor

 

Una investigación ha concluido que el famoso tenor Plácido Domingo acosó a varias mujeres en Estados Unidos. La reacción no se ha hecho esperar: los prestigiosos Teatro de la Zarzuela y Teatro Real de Madrid han cancelado las presentaciones del tenor programadas para este año, entre ellas las de la celebración de sus 50 años de carrera. Es un triste final para el gran artista, pero quizá merecido para el hombre. 

Cuando aparecieron las primeras denuncias contra Domingo, en agosto del 2019, algunos incrédulos patriotas salieron en su defensa: “Plácido Domingo, ovacionado en su regreso a España tras las acusaciones de acoso” decía un titular de El País en diciembre, sugiriendo que una denuncia tan grave como la que pesaba contra el tenor podía ser resuelta por aclamación. 

Un columnista nada imparcial cargaba contra las acusadoras: “Nueve despechadas, ¿o mejor decir beodas? … Para este tipo de desaprensivas, una copla las define: no es una puta que canta, es una tiple que jode … Hay que ser una golfa para seguir ensuciando la imagen de Plácido”. Otro decía que “las manos de un macho no están para estar quietas”. 

A esto se enfrenta una mujer que acusa de acoso sexual a un hombre de prestigio. Ella sabe que sus únicas pruebas son las circunstancias y la palabra, y esta será cuestionada y ella vilipendiada. Como están las cosas hoy, en casos de acoso y violación, la credibilidad de la mujer vale menos que la del hombre, en parte por machismo y en parte por un apego al principio de presunción de inocencia. Dar la cara y exponer la credibilidad ante un público sesgado y escéptico requiere coraje.

Esta cuestión pertenece alas reivindicaciones del movimiento #Me Too, las que ya esgrimían antes las feministas, la gran cuestión de la violencia de género y la cosificación de la mujer como objeto disponible en un orden social patriarcal. Es un debate complejo pero imprescindible.

 Domingo dijo que nunca había usado la violencia, que estaba convencido de que todo había sido con consentimiento y que él había actuado de acuerdo a códigos de otra época. Lo que todavía no ha aclarado es qué exactamente admite que ha hecho, qué era según él era aceptable entonces y hoy no lo es. Un acto de contrición genérico no tiene valor. 

Los tiempos y los códigos están cambiando. Lo quizá que era inocente para el hombre pero ofensivo para la mujer, ahora puede ser delito. Los hombres educados en un viejo orden se verán cada vez más sorprendidos con acusaciones, sanciones y hasta la cárcel por hechos que ellos consideran normales según códigos que tienen incorporados. Pero deben hacer consciencia de ellos y corregirlos por su propio bien.

 

El caso Domingo

Para seguir, aceptemos la versión de Domingo de que no usó jamás la violencia (imaginamos que se refiere a la física). Esta nos llevaría al terreno de la violación. El acoso se mueve en la zona entre la violación y la seducción, y según quién lo haga o lo sufra, se puede parecer más a una u otra cosa. En esto es importante distinguir el caso de Domingo del de Weinstein, por ejemplo; no para exculpar al tenor, sino porque para entender es importante analizar lo específico.

Un ingrediente necesario para analizar esta situación particular es que según muchos que lo conocen de cerca, Domingo es un tipo muy simpático y carismático, cálido a la española y en sus tiempos, cuando se dieron las situaciones de acoso, bastante buen mozo. Es decir, alguien que podría conquistar mujeres sin necesidad del afrodisíaco de la fama y el poder. (Aunque ya sabemos que casi nunca es posible separarlos de la personalidad).

A priori, tenemos aquí tres grupos de mujeres: 1. Las que estaban genuinamente cautivadas por los encantos de Domingo y hubiesen cedido aunque él fuese pobre y desconocido, 2. Las que eran inmunes a sus encantos, pero con ojos abiertos vieron en la entrega una estrategia para subir en el mundo de la ópera y 3. Las que, igual que las segundas, eran indiferentes a las virtudes masculinas del tenor, pero temían perjudicar su carrera si no cedían.

Plácido Domingo parece estar convencido de que todas las mujeres que cedieron a sus avances están en la primera categoría, pero las acusaciones de acoso se refieren al tercer grupo: el de las mujeres que sintieron que el tenor usaba la posibilidad de ejercer su poder de influencia como una amenaza implícita, como un violador que lleva un cuchillo en el cinto. 

Cada una de esas mujeres sabe a qué categoría pertenece y solo ellas. Domingo no podría saberlo o no quería. No debemos olvidar que entre los códigos de seducción en los que él se formó estaba el supuesto de que una mujer resiste antes de ceder, aunque quiera ceder. Así que quizá asumía que las mujeres que decían “no” la primera y la segunda vez podrían estar jugando a ese juego y solo la tercera negativa era válida. Pero ahí el acoso ya se había dado. 

El problema está en que, así como Domingo no podía saber quién quería y quién en realidad no quería, pero lo hacía por interés o por temor, las mujeres que cedieron por temor no tenían cómo saber si Domingo iba o no a usar su poder, como nadie sabe si el asaltante va a usar el cuchillo. 

Y es por esto que un hombre en una posición de poder sobre una mujer no debe siquiera insinuar que quiere seducirla, pues lo estará siempre haciendo bajo la sombra de la amenaza. Por más que él no piense jamás usarla, esto no importa. Basta tener ese cuchillo, para que la seducción no se distinga de la coerción.

Esta es una de las importantes lecciones que deja el caso Plácido Domingo para los hombres ricos y poderosos. Los primeros nunca saben si obtienen sexo o matrimonio por dinero, pero son libres de entrar en ese intercambio, dejándose engañar de ojos abiertos. 

El hombre poderoso, en cambio, no puede permitirse ese engaño porque no puede saber jamás si acosa. Los poderosos solo deben intentar seducir a mujeres que no temen su poder. La condena a Domingo es una condena al mal uso, quizá involuntario pero igualmente delictuoso, delpoder que él tenía.

Y podemos extender esta reflexión a todo acoso como forma de abuso de un poder, sea este físico, moral o institucional; poder que proviene muchas veces de un orden social que llamamos patriarcal. Sin embargo, el acoso no es exclusivo de este orden.  Mientras exista el poder, habrá quien lo use mal para obtener algo que de otra forma no conseguiría. En el juego de la seducción, hay armas lícitas e ilícitas, pero la condición imprescindible es la libertad.

 

 

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