Análisis internacional

No sólo por los virus muere la sociedad

La desinformación alienta a los movimientos antivacunas, al descrédito del sistema democrático y a la descalificación de la ciencia.
viernes, 5 de junio de 2020 · 00:00

Bruno Nathansohn
Doctor del Programa de Posgrado del Instituto Brasileño de Información en Ciencia y Tecnología  Latinoamérica21

El 16 de abril, el entonces ministro de Sanidad de Brasil, Luiz Henrique Mandetta, fue despedido por el presidente Jair Bolsonaro, y un mes más tarde Nelson Teich, que había asumido el cargo, dimitió. En medio de la gravísima pandemia de Covid-19, se está profundizando una crisis política continua. Un cambio importante en un momento tan crítico revela una falta de comprensión de la gestión sanitaria en general y de los consiguientes impactos que esta acción provoca en la información dirigida a la población.

Aliada a la decisión política, se destaca la constante presencia de desinformación que infecta las redes sociales, y que incluso contribuyó a elevar al actual presidente al Poder Ejecutivo. 

Con la elección de Donald Trump en 2016, se forjó y consolidó una práctica de desinformación ya existente pero ahora sistemática: las noticias falsas. Este proceso apunta a varios cambios de comportamiento, como los movimientos antivacunas, el descrédito del sistema democrático y la descalificación de la ciencia, con la profundización de las propuestas económicas neoliberales.

Ejemplos notables de descalificación de la ciencia son la renuncia del director del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (INPE), Ricardo Galvão. En esa ocasión, Bolsonaro cuestionó los datos planteados por el INPE sobre el aumento de las quemas en el Amazonas. En su opinión, los datos serían erróneos, lo que llevaría a una imagen negativa de Brasil en el extranjero. Como en los sucesivos ataques de la presidencia a la OMS y sus recomendaciones al aislamiento social.

Esta forma de abordar el campo científico es notable en la estrategia de desinformación de la extrema derecha, alimentando el rechazo de los grupos ultraconservadores al pensamiento crítico, a la intelectualidad, a las instituciones de investigación y educación, como las universidades públicas, y a la propia razón, en general.

La agenda del caos parece ser la lógica adoptada por la actual conformación del poder en Brasil. Así fueron elegidos Trump y Bolsonaro, que parecen actuar en línea con el estratega Steve Bannon. Con cada crisis de palacio o decisiones que generan un impacto social, como la reforma de las pensiones, se produce una cortina de humo para sofocarlas a través de noticias altisonantes, sin base en la realidad.

Steve Bannon se dio a conocer como el estratega del Brexit a través de la empresa Cambridge Analytica, que opera en el ámbito del asesoramiento político, la apropiación indebida de datos digitales personales, mediante la extracción de datos y el análisis de datos con comunicación estratégica.

Para lograr sus objetivos más inmediatos y llevar a sus respectivos países a la normalidad ante la actual pandemia, léase: negación del problema, se anuncian recetas preparadas como una cura. En este caso, se presenta la cloroquina e incluso la sugerencia de que la inyección de desinfectante podría utilizarse para combatir el virus, según una  declaración del presidente de EEUU. 

Ambos generaron severas críticas de la comunidad científica por no presentar resultados para combatir la enfermedad. En el caso brasileño, simplemente imita lo que transmite el mandatario del norte, como lo prueban los discursos y la estética política del gobierno de Bolsonaro, cuando desfila con la bandera estadounidense en actos públicos.

En este sentido, la desinformación debe combatirse mediante políticas de información ajustadas a los principios universales de los derechos humanos, como las leyes de acceso (en Brasil, la Ley de Acceso a la Información, LAI), que permiten a los ciudadanos, en teoría, obtener información sobre todo el aparato del Estado y las funciones de sus organismos, órganos y funcionalidades, excepto las de carácter confidencial, relacionadas con la seguridad nacional. 

Para ello, es fundamental valorar el trabajo de los organismos públicos reconocidos como fiables y que producen datos y generan conocimiento, como el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística, responsable del perfil demográfico brasileño, la Fundación Oswaldo Cruz (Fiocruz), responsable de la organización y el desarrollo de investigaciones en el área de la salud pública, entre otras relacionadas con la toma de decisiones en las políticas públicas.

Otras fuentes de información deberían difundirse mejor al público en general, como el Centro Latinoamericano y del Caribe de Información en Ciencias de la Salud (Bireme), que tiene en su estructura la base de datos de la Red Latinoamericana y del Caribe de Literatura en Ciencias de la Salud (Lilas). En Brasil, Bireme tiene una asociación con las bibliotecas virtuales de salud Fiocruz. Gran parte del éxito obtenido por la investigación científica brasileña en el ámbito de la salud proviene de la capacidad de coordinación entre Bireme y sus contrapartes en los países que forman parte de la OPS.

Sin embargo, la búsqueda de fuentes fiables de información depende de la instrucción y el aprendizaje continuo, además de la educación escolar formal. También depende de las políticas de información pública para una mayor democracia en la comunicación, con una mayor inversión en contenidos de calidad y accesibilidad universal. 

La conciencia adquirida sobre la importancia de la información y la comunicación para la conquista de la ciudadanía, pasa por la calificación de las fuentes y los usuarios/ciudadanos.

Las fuentes de información fiables necesitan, a su vez, la potenciación de los archivos, bibliotecas y centros de información como lugares democráticos, abiertos y orientados al acceso social. La información y el conocimiento son bienes públicos capaces de transformar las realidades sociales. En un continente con tantas iniquidades e injusticias como América Latina, es necesario elaborar directrices para que la información llegue a la colectividad y para que ésta pueda comprender el significado de lo que se transmite.

Sólo el reconocimiento de las personas como parte de una colectividad, que invariablemente depende de que se comparta para vivir y de que los agentes del Estado sean capaces de tomar decisiones para el bien común, puede reducir al mínimo la desinformación, que incluye noticias falsas, llevando la producción científica y sus resultados a una conclusión satisfactoria, con el mínimo de desconfianza o rechazo de los avances logrados hasta ahora. La desinformación puede matar tanto como la propia pandemia, alimentando la ignorancia.

 

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