Análisis

El impacto de la pandemia en la diplomacia

El virus disloca las prioridades mundiales y, como consecuencia, el significado de las prácticas con las cuales los Estados se relacionan.
viernes, 10 de julio de 2020 · 00:00

Claudio Coloma Universidad de Essex

La pandemia ha generado un gran impacto en las relaciones internacionales ¡Qué duda cabe! Pero la forma en cómo entendemos este impacto es una discusión que para la disciplina de los estudios internacionales está completamente abierta. 

Podemos partir analizando este problema desde el nivel agencial; es decir, el de los actores internacionales, siendo el primero y más importante de ellos el Estado. Desde esta perspectiva, la pandemia ha afectado la forma en que los estados acostumbran a interactuar política, económica y culturalmente. 

En el plano político, si estábamos acostumbrados a ver cada año importantes reuniones entre jefes de Estado, ahora éstas se están llevando a cabo por medio de videoconferencias, lo cual altera los procesos de negociación, la cooperación y su transparencia.

En las relaciones económicas, la pandemia está impactando esencialmente el comercio de bienes de consumo. Así, las medidas para proteger las fronteras que están adoptando los Estados son tan diversas como la cantidad de países que hay en el mundo; lo cual pone a prueba la capacidad de respuesta tanto de las empresas como de los gobiernos.  

Desde el punto de vista cultural, la crisis ha interrumpido drásticamente todo tipo de movilidad humana ya sea turística, de negocios, académica o de cualquier otro tipo. De esta manera, se profundiza no sólo nuestra dependencia digital para interactuar con el exterior, sino que también el poder de las grandes corporaciones de la industria digital. 

Ahora, si analizamos este tema desde la dimensión opuesta a la agencial, vale decir, desde la estructural, el problema se vuelve más complejo por cuanto en las relaciones internacionales no existe una sola forma para definir qué es la estructura mundial.

Algunos la  definen como un sistema anárquico, competitivo y egoísta. En esta forma de entender el mundo, los Estados no hacen otra cosa más que competir por alcanzar sus intereses nacionales, siendo el interés primo el poder. Estas premisas se identifican con la tradición realista de las relaciones internacionales. 

Para otros, esta lógica sedimenta una estructura jerárquica y, con ello, la dependencia de los países más pobres y débiles hacia el centro mundial constituido por los países más poderosos. Aunque esta tradición estructuralista perdió impulso desde el final de los años 80, la visión de organizar el mundo como la división entre un centro y una periferia aún permanece en la intersubjetividad de varios países sudamericanos. 

Hay quienes definen el mundo como debería ser y no como realmente es. Esto es, un lugar homogéneo, occidentalizado, tutelado por la democracia liberal como régimen político y por los mercados abiertos como régimen de desarrollo. A primera vista, podríamos afirmar rápidamente que esta perspectiva corresponde al neoliberalismo, lo cual es correcto, pero al mismo tiempo insuficiente para entender el complejo alcance político que ha tenido el idealismo liberal en nuestra región desde el panamericanismo democrático del ecuatoriano Carlos Tobar hasta la Carta Democrática Interamericana.  

Ante esta falta de definición, no sorprende que haya analistas que estén desempolvando la más que gastada tesis del declive de Estados Unidos y la estructura liberal occidental y el ascenso de un nuevo orden centrado en China. Siguiendo este argumento, la pandemia aceleraría este proceso.

Sin embargo, al margen de si nos gusta o no cultivar el positivismo científico para pretender predecir el futuro del mundo, este tipo de argumento pierde efectividad si consideramos que los estadounidenses vienen anunciando su propio declive desde la carrera espacial con la Unión Soviética, luego con la crisis del petróleo, más tarde con el ascenso de Japón, los ataques del 11S y, finalmente, con la crisis económica del 2008. 

Hay todavía una tercera forma de entender el impacto. Ésta consiste en definir la pandemia como una dislocación a las prácticas sociales que estábamos acostumbrados a llevar a cabo.

Visto desde de la estructura internacional, la pandemia disloca las prioridades mundiales y, como consecuencia de esto, el significado de las prácticas con las cuales los Estados se relacionan. Hoy, temas como el cambio climático, la guerra comercial entre China y los Estados Unidos o incluso la tensión militar en el borde indochino de los Himalaya son temas secundarios.

En cuanto a los Estados, la pandemia disloca el significado de todas las identidades sociales que creíamos eran parte consustancial de nuestros respectivos regímenes; gracias a esta crisis, en cambio, nos damos cuenta de que éstas son solo construcciones temporales e inestables. En este contexto, los actores sociales, partiendo por los gobiernos, tienen la capacidad de articular el significado político de la pandemia para bien o para mal. 

En Chile, por ejemplo, el gobierno ha dado sentido a la pandemia como una “nueva normalidad”; la cual no se condice con los malos resultados que está teniendo en la prevención de contagios. 

Con tan solo 19 millones de habitantes, ese país presenta la tasa de contagios per cápita más alta del mundo, superando a países mucho más poblados como Italia, Irán,  o Turquía. Visto así, el manejo político de la pandemia puede profundizar la crisis social que el país estaba viviendo desde octubre del año pasado, permitiendo articular en equivalencia la pluralidad de demandas políticas que ya existían en el país. 

Brasil y Estados Unidos son casos que experimentan lógicas políticas similares a la chilena; mientras que Bolivia es una seria candidata para caer más tarde que nunca en la misma lógica. 

En países como China, en tanto, la pandemia se articula como una oportunidad para reafirmar el régimen, demostrando eficiencia y progreso, al punto de construir un hospital en tan solo dos semanas. 

Las rápidas y eficaces respuestas dadas por Corea del Sur, Japón y Nueva Zelanda son otros ejemplos que entran en esta lógica social. Así como también el reciente rebrote en Beijing.

En el Reino Unido, en cambio, la pandemia permite ocultar problemas como el Brexit, las relaciones con Europa y una crisis económica en ciernes. Esto se debe a que la sociedad británica siente orgullo por su sistema de salud público, universal y de calidad. El National Health Service es un símbolo de igualdad, donde el Primer Ministro es hospitalizado y las personas que ahí trabajan son valoradas como héroes. 

Todas estas miradas nos llevan a entender que el mundo no es un espacio homogéneo, sino que plural y abierto, en donde se sobreponen diversos elementos agenciales y estructurales. Dicho así, la pandemia ha revelado la precariedad de las prácticas internacionales que, previo a la crisis, definían nuestra forma de ser y estar en el mundo. 

No habrá que perder de vista entonces el hecho de que la pandemia llegó para rearticular nuestra idea de lo que era el mundo. A su vez, las nuevas formas que emerjan para darle un nuevo sentido dependerán de cómo cada país enfrente política y socialmente esta crisis de alcance global.
 

 

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