La pandemia del unívoco

El autor intenta demostrar la inexistencia de las razas, recordando el descubrimiento humano más importante del último tiempo: el Genoma Humano.
viernes, 10 de julio de 2020 · 00:00

Carlos Decker-Molina
Periodista boliviano radicado en Suecia

Quiero comenzar con una anécdota relacionada con el color de la piel de los seres humanos.  Imamu, un colega de Somalia, me escuchó decir, “gente de color”. Cuando estuvimos solos me preguntó ¿por qué dices gente de color?, sabes que somos negros.  “De color” podría hacer suponer –me dijo – que hay gente con la piel verde o celeste. 

Las protestas antirracistas en EEUU y en varios países de Europa, la andanada de sandeces que aparecen en la red y los intentos por borrar el relato de los vencedores como verdad histórica y, ante los intentos por sustituirla con la historia de los perdedores, exige observar el tema. 

Mi primera intención es demostrar la inexistencia de las razas, recordando el descubrimiento humano más importante del último tiempo: el Genoma Humano (GH) una estructura genética completa que nos enseña los secretos de la vida y la muerte demuestra que la teoría de las razas es un equívoco absurdo. El GH expuso que los seres humanos somos 99,9% idénticos, el 1% restante es lo que se conoce como ADN y en él están las diferencias de cada uno de nosotros como el color de los cabellos, el color de la piel, la estatura promedio y la formación de los dedos de pies y manos.

Los científicos descubrieron que una parte del ADN –que   nombraron ADN mitocondrial– transmitida por la madre, permanece intacta desde siempre, lo mismo pasa con el cromosoma “Y” transmitido por el varón. 

Allan Charles Wilson,  profesor de bioquímica en la Universidad de Berkeley neozelandés fallecido en 1991, hizo un trabajo comparativo. Observó el ADN de las mujeres de todo el mundo y comprobó que la unidad genética en todas las “razas” del mundo es la misma y corresponde a una mujer negra que vivió en África hace más de 150 mil años. Es decir, según la investigación de Wilson, todos tenemos la misma madre africana incluidos los supremacistas blancos.

  
Racismo científico

La base está en la teoría de Charles Darwin sobre la evolución de las especies y la de Herbert Spencer, que es el verdadero padre de las razas: “…la selección natural ha llevado a la superioridad de los blancos”. Después se llamó “darwinismo social”. 

Francis Galton comparó la fecundidad y la degeneración de los individuos, lo que le permitió demostrar la superioridad de los blancos. Según él, los contactos sexuales entre razas diferentes producían individuos con limitaciones y taras, por eso estaban prohibidas las relaciones sexuales entre personas de diferentes “razas”.

 En países como Estados Unidos, esta lógica privilegió a los anglosajones por sobre los blancos no anglosajones como polacos, italianos y otros. Los descendientes de los llamados “pieles rojas” (negros y chinos), pasaron a ser clasificados como razas inferiores. 

El Instituto Kaiser Wilhelm llegó más allá, demostró que la preservación de la pureza de la raza blanca exigía no sólo la prohibición de reproducirse con individuos de razas inferiores, sino toda relación sexual, incluida la penetración anal, lo que vino a justificar las posteriores prohibiciones y represiones a la homosexualidad. 

La Segunda Guerra Mundial terminó con el experimento del nazismo. Fue Hitler el que aplicó como base científica de su discurso el racismo, el darwinismo social y el eugenismo. Terminado el conflicto,  la humanidad no tuvo otra alternativa que revisar esos viejos esquemas, aunque con muy poco interés. 

La descolonización se inició justo en medio de la reconstrucción europea. La humanidad estaba frente a un nuevo dilema. Las instituciones multilaterales como la ONU y la Unesco iniciaron nuevos debates sociales y científicos. En 1950 la Unesco descartó como verdades científicas tanto el “darwinismo social” como el “eugenismo”. “La humanidad surgió de varias razas diferentes de homo sapiens prehistóricos”.

 

¿Cómo mantener la diferencia? 

 El derecho y la jurisprudencia son las nuevas herramientas. Todavía hoy, cuando se ingresa a  EEUU, el viajero debe rellenar un formulario que habla por sí de la ignorancia hecha norma burocrática: preguntan si el viajero es ¿Hispano? ¿Latino? O ¿Español de origen?  

El cuestionario de la oficina de migraciones de EEUU confunde y mezcla los conceptos de nacionalidad, etnicidad y raza.

Para identificar este fenómeno en el contexto del debate sobre el racismo y el antirracismo lo vamos a llamar racismo burocrático. Este fenómeno comienza en el debate sobre el concepto de nación. Es decir, ¿cómo definir la nación? Hay un cierto consenso mundial sobre la aplicación de la noción francesa de nación, pero, últimamente, han reaparecido tendencias que quieren aplicar el viejo concepto anglosajón que define la nación como una unidad étnica.

Veamos las diferencias:

La revolución francesa adoptó la siguiente definición: “La nación es la persona jurídica constituida por el conjunto de individuos que componen el Estado”. 

Para los anglosajones la nación es “un gran grupo de personas que tienen un origen, una lengua, una tradición y costumbres comunes que conforman una entidad política”.

Los británicos siguen aplicando la “ley de las relaciones raciales de 1976”.

 Los franceses están más cerca de la división de clases que los británicos, a pesar de que ambas experiencias no establecen claramente “diferencias raciales” sino de nivel social.

Se confunde, entonces, nivel social con el color de la piel, porque la mayoría de los que pertenecen al nivel social bajo no son blancos.

 

La gran confusión

Con la caída del paradigma comunista hay una desesperada búsqueda por descubrir nuevos sujetos para la revolución anticapitalista. Probablemente Laclau y Mouffe son los autores que más han escrito sobre el tema y se han convertido en los padres de la construcción discursiva de los sujetos, es decir los discursos ideológicos pueden dar origen a nuevos agentes de la revolución. 

John Austin diría que el discurso tiene carácter “performativo”,  es decir es un discurso que conecta el lenguaje con la acción. Es como fabricar y difundir relatos que vayan generando conflictos funcionales a la causa de la pseudo izquierda. Por ejemplo, etnia y/o raza presentados en un paquete cultural e histórico como la colonización o el esclavismo.

Los hombres blancos encadenados como esclavos paseándose por las calles de Europa, o congresistas de rodillas en el Capitolio de EEUU son discursos “performativos”, manifestaciones que tienen como meta descubrir un “racismo de ideas” que puede derivar en una oleada de autoritarismo. 

Ese “racismo” de ideas de triunfar en algún lugar del mundo, llevará al paredón a quienes piensen diferente y digan, por ejemplo, que el colonialismo nos dio de herencia la lengua castellana. Otros candidatos al paredón serán quienes nieguen la pureza étnica o se opongan a la quema de libros con símbolos esclavistas o colonialistas.

Todo este nuevo entuerto, además, en plena pandemia. Es como juntar dos pandemias y lanzarlas contra el cuerpo social, la Covid-19 y la pandemia del unívoco.

 

 

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