Crisis sanitaria

Las FFAA de Chile y el regreso de bolivianos

La crisis en Huara, Colchane e Iquique son una odisea imputable a las condiciones de movilidad humana de poblaciones desamparadas.
viernes, 10 de julio de 2020 · 00:00

Loreto Correa Vera
Integrante del Grupo de Reflexión de Chile y Bolivia Ministerio de Relaciones Exteriores

 

Entre las cosas que han cambiado con la pandemia y en medio de tanta mala noticia, hay pocas oportunidades para destacar la realidad de algunas situaciones inesperadas: la preocupación humanitaria de las Fuerzas Armadas chilenas por los bolivianos que quedaron varados en Chile, y que salieron por la I Región de Tarapacá entre marzo y junio de 2020. 

El tema no solo es de importancia, diremos, operativa, sino política, y en este caso, política internacional, porque aquí se ha aplicado toda la experiencia obtenida de las operaciones de paz. 

En Chile, la última cuenta de bolivianos realizada por las estadísticas nacionales arroja un número de 120.000 migrantes aproximadamente (8% del total), la mayor parte localizados en el centro del país. Pues bien, los migrantes regulares no son los bolivianos que se quedaron necesariamente varados en Chile. Los varados son temporeros/ trabajadores agrícolas estacionales o comerciantes que vienen y van; también personas que se han quedado sin trabajo como miles de chilenos. 

De acuerdo con cifras del Comando Conjunto Norte, la atención de las autoridades chilenas ha permitido un retorno, sin distinciones de ninguna especie, de 2.602 bolivianos entre el 4 de abril y el 17 de junio de 2020 a través de la frontera de la Primera Región, esto es vía terrestre por Colchane y casi 1.400 según fuentes consulares vía Ollagüe.

Para estos bolivianos, la situación supuso extraordinarias complicaciones sanitarias. Cabe recordar que la primera ola de ellos llegó a la zona norte y se instaló en primero el Huara y desde allí subieron a Colchane, a más de 3.600 metros de altitud. Una primera oleada que llegó a tener 451 personas y salió a Bolivia el 4 de abril, las siguientes agrupaciones han sido de 192, 45, 447, 446, 391, 219, 131, 107,22, 34 y 117 personas. El 7 de julio salen otras 300 personas, las últimas con la modalidad de cuarentena en Chile, vía Ollagüe.

Se ha intentado desacreditar al gobierno boliviano que, con prudente celeridad común a toda la región, cerró sus fronteras. Con plena toma de conciencia de un sistema sanitario arruinado por el gobierno anterior, y advirtiendo que el contagio ingresaría a una Bolivia frágil en materia sanitaria. Por cierto, también se ha repasado el cierre consular. 

¿Qué hubieran hecho el cónsul general o el de Iquique con cientos de bolivianos al interior de una casa y expuestos a la Covid-19? El tiempo le ha dado la razón a la coordinación entre Estados, y ha expuesto el mal gasto y la falta de recursos -por más de una década- en el país en materia de salud pública y también digamos en materia de gestión consular. Haber tenido abiertos los consulados, sin recursos, habría sido no solo inútil, sino riesgoso para funcionarios y concurrentes. 

Sin embargo, la urgencia de retorno superó la política gubernamental. La pandemia ha movilizado más de 30 mil efectivos de las Fuerzas Armadas en Chile. La presión chilena local norte, aunque no fue determinante, sí contribuyó a una organización expedita frente a los bolivianos. El Comando Conjunto Norte de Chile ha calculado que en la atención de salida de bolivianos han colaborado un número aproximado de 400 efectivos militares, Policía de Investigaciones y Carabineros. 

El elevado número de militares se debe a la necesidad de cumplir diversos roles, desde el levantamiento de albergues, entrega de alimentación, carguío de pertenencias, escolta de buses y cadena de custodia de estos, traslado de personas, atención sanitaria, vacunación contra la influenza, y coordinación interagencial. 

Y en esto no hay que engañarse, el movimiento de personas fue sorpresivo. Dadas las cifras, difícilmente podemos afirmar que sea masivo, aunque ya se hable de casi 5.000 personas en cinco meses.

Toda esta ayuda ha sido coordinada en medio de un multilateralismo regional silente y obsoleto; ha contado con dos cancillerías dialogantes y con el firme propósito de mostrar humanidad en condiciones de vulnerabilidad extrema. 

Con todo, desde la “teoría crítica”, y desde la tribuna local, se ha hablado de abandono. El sociólogo boliviano Alfonso Hinojosa (UMSA) invitado por el INTE/UNAP de Iquique el 26 de junio, ha dicho que se trataba de un “accionar nefasto del gobierno boliviano”. 

Por su parte la academia iquiqueña, tomando como base un reporte de un periodista de la Alcaldía de Colchane, ha descrito la situación dentro de un marco de freno, control, estigmatización y xenofobia al migrante. Estas opiniones están lejos de un balance razonable. La crisis en Huara, Colchane e Iquique son una odisea que sigue y que no puede imputarse sino a las condiciones de movilidad humana de poblaciones en extremo desamparadas desde su origen. 

Con todo, ha habido aprendizajes. Hoy con funcionarios binacionales comunicados y poblaciones más conscientes del esfuerzo, las imágenes de cuidado y atención de las autoridades y de las Fuerzas Armadas, más allá de la desesperación de muchos bolivianos los primeros días, dan cuenta de una voluntad de trabajo mancomunado. 

Ha habido errores, como el grupo que llegó desde la comuna Providencia directamente a Iquique, sin aviso a las autoridades locales, o parte de un contingente, que por falta de espacio en el albergue boliviano de Pisiga tuvo que retornar. Con todo, es valioso superar voces que, con un fuerte sesgo político aquí y allá, más que dar soluciones a la crisis o acudir con recursos, se han dedicado a hacer campaña política local o bien, a insistir en un relato donde los conceptos se confunden dolosamente.

 

 

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