Hace cien años cayó el liberalismo

Bastó matar al Tigre

Una colorida crónica del golpe contra el presidente José Gutiérrez Guerra y el papel de Justo Pastor Cusicanqui, intendente de la Policía.
viernes, 24 de julio de 2020 · 00:00

Ricardo Sanjinés Ávila
Periodista

Está harta la ciudadanía con los liberales, 20 años ya y se resisten a dejar el poder. Gobernaron con Pando, Montes, Villazón y de nuevo Montes, pero el régimen es un cascarón sin contenido que aguanta sólo por la decisión de Justo Pastor Cusicanqui, el Tigre, intendente de la Policía, valiente y desalmado contra la oposición republicana. El cadáver del expresidente Pando en el fondo de un barranco en el Kenko enturbia el escenario político con la versión de un asesinato.

Cada mañana, el presidente José Gutiérrez Guerra, enfundado en un chal de vicuña, va de su residencia en Obrajes al Palacio en un Overland descapotado. Lo aguardan los informes del Tigre, soluciona problemas de la gente repartiendo dinero de su bolsillo y ocupa el resto del día bebiendo whisky y leyendo el Times de Londres. Acaricia la idea de que la restitución de territorios franceses por Alemania, luego de la I Guerra Mundial, podría replicarse en la Liga de las Naciones respecto a Chile y Bolivia, pero el país vecino responde armándose,  complicando la vida del mandatario. 

El ambiente es favorable a Bautista Saavedra, quien arma un golpe, aunque sus pasos son seguidos por los agentes del Tigre. El abogado Hernando Siles secunda la conjura.

El presidente levanta la reserva para la exploración petrolera concediendo un millón de hectáreas a la firma Richmond Levering, saliendo al frente el combativo senador católico Abel Iturralde, enemigo de masones y liberales. Redoblan los ataques: “¡mueran los asesinos de Pando!”, “¡gobierno vendido a los yanquis!”. Los periódicos opositores son atacados por turbamultas, los obreros refuerzan la oposición, los militares observan a distancia. Patiño estimula a los subversivos. Saavedra se reúne con civiles y militares burlando la vigilancia policial.  

La revolución estalla el domingo 11 de julio. Santo y seña: “Rojo”. A las 9 de la noche, vestido de etiqueta, sale Saavedra de su casa (frente al Palacio de Justicia) y camina hasta el Teatro Princesa para una noche de ópera. Al mando del coronel Andrés Valle, los golpistas se reúnen en una casa de La Alameda (hoy El Prado). En Oruro, el doctor  Hernado Siles asiste a un circo chileno. 

A las 23 termina la función en el teatro y Saavedra acompañado de amigos se dirige al Club de La Paz para prolongar la noche jugando trecillo. Cuatro militares salen de La Alameda y se desplazan al 5to. de Infantería (Cuartel de Miraflores). Ingresan al patio, despiertan a la tropa y la sacan para tomar la Intendencia de Guerra, donde reparten fusiles. 

En la pampa orureña, Siles junto a civiles y militares, soporta el frío esperando la seña de que La Paz ha caído, paso previo para tomar el Regimiento Loa. El reloj del Legislativo da las 3. Los golpistas toman el cuartel policial de la calle Loayza.  

Pero, ¿dónde está Justo Pastor Cusicanqui? Una tigresa le tendió una celada y están pasando la noche en una habitación del Hotel Renania en Churubamba. 

(Golpes en la puerta) - ¿Quién es?, ruge el Tigre.

- Mensaje del ministro, contesta una voz.

Cusicanqui se despabila, su instinto le advierte que hay peligro, se pone los pantalones y coge su vieja Colt. Corre el pestillo mientras rastrilla su arma, hace un disparo, pero siete balazos impactan su abdomen y cabeza arrojándolo contra una pared ensangrentado, mientras la mujer sale del escenario sin mirar atrás. “El Tigre ha muerto”. 

La noticia llega al Club de La Paz, donde Saavedra con una copa de cognac en la mano, aguarda el desenlace. Sólo falta la ocupación del Palacio y allá se dirige, Mauser al hombro, recibiendo el abrazo de su amigo, el coronel Valle. La revolución ha triunfado en La Paz. En Oruro, Siles y los suyos tomaron el Loa, luego la Prefectura. A las 6 de la mañana se escuchan tiros, pero es el entusiasmo de los revolucionarios que beben cerveza. El presidente se envuelve en el chal de vicuña y aborda por última vez el Overland para dirigirse a la legación norteamericana (Landaeta esquina Plaza del Estudiante) donde solicita asilo.

Al medio día del 12, caravanas de revolucionarios exhiben escopetas de caza testimoniando su adhesión al caudillo del momento. Un enviado de Saavedra escoltado por militares, se encara con el embajador de EEUU en la puerta de la sede diplomática e insiste en hablar urgentemente con el asilado, pues de su renuncia depende que no corra sangre en Bolivia. El embajador Samuel Magginis cede el paso al abogado Max Bustillos, quien lleva el pliego dimisionario, epílogo del golpe. Sale Gutiérrez Guerra y con imperturbable elegancia extiende la mano a ambos. 

- Señores, ¿a qué debo el honor de esta visita?

- Señor presidente, habiendo estallado en toda la república el movimiento revolucionario, acatando la voluntad soberana del pueblo y del Ejército, en homenaje a la paz pública vengo a requerirle que firme el pliego de dimisión que se encuentra redactado ya.

El presidente lee y rechaza el texto con británico aplomo. 

- No puedo firmar este documento.

-  Señor, es imprescindible que lo firme. ¿En qué no está conforme?

- No me agrada la forma. 

- Nada más sencillo. Sírvase especificar lo que desee, sin variar el fondo. 

Sin más que oponer, el presidente realiza su última acción como tal. Acercándose al escritorio, redacta de corrido y suscribe el texto: 

“En vista del movimiento político que alteró el orden constitucional, formulo dimisión del cargo de Presidente de la Nación que me fue confiado por el pueblo. José Gutiérrez Guerra”. 

Seguido de fieles católicos y artesanos, el senador Abel Iturralde se dirige a un inmueble de la calle Castro y destruyen el mobiliario, patean calaveras, queman cortinajes, se llevan mandiles y espadas, salvándose de las llamas sólo el sillón presidencial que donó Ismael Montes para que lo ocupe el Serenísimo Gran Maestro. Las nuevas autoridades ilegalizan la Orden Masónica. 

Gutiérrez Guerra salió al exilio empobrecido al haber dilapidado su fortuna. Malvivió diez años en Chile olvidado de su esposa y de sus falsos correligionarios. Como es tradición en la política boliviana, nadie le tendió la mano.

 

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