Revelaciones

El Alto Mando sabía de la guerrilla de Teoponte

El autor escribe esta crónica, medio siglo después del intento de alzamiento en armas del ELN, que fue derrocado en tres meses.
viernes, 24 de julio de 2020 · 00:00

Eduardo Ascarrunz
Periodista y especialista en comunicación política

 

“Ni heridos ni detenidos, todos muertos”, fue la respuesta reservada del mando militar al conocerse públicamente que el Ejército de Liberación Nacional (ELN) cumplía el propósito de alzarse en armas, anunciado a comienzos de septiembre de 1969 por Guido Inti Peredo, en un manifiesto titulado “Volveremos a las montañas”.

La sentencia lapidaria, atribuida al Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, general Alfredo Ovando Candia, iba a ser replicada por el Comandante del Ejército, general Luis Reque Terán, y ejecutada por jefes, oficiales y tropa en la zona tropical de Teoponte.

Gobernaba el presidente Luis Adolfo Siles Salinas, sucesor del desaparecido general René Barrientos Ortuño. Los seguidores del comandante guerrillero argentino-cubano Ernesto Che Guevara –muerto  por el ejército el 9 de octubre de 1967, en La Higuera–, al mando de Oswaldo Chato Peredo, conformaban una fuerza irregular poco adiestrada, que iba a ser exterminada en tres meses.

Antecedentes de contexto

Al asesinato del Che en una escuelita de La Higuera (9/10/1967) le siguió una escalada de crímenes sin precedentes en el siglo XX boliviano: Magnicidio de Barrientos (27/4/1969); Guido Inti Peredo, líder guerrillero (8/09/1969); Jorge Solíz Román (29/11/1969), dirigente campesino; Jaime Otero Calderón (15/02/1970); Alfredo Alexander, director propietario del  matutino Hoy, y su esposa (14/03/1970).

Toda esta violencia desencadenada recrudecería el 19 de julio de 1970, con el alzamiento del ELN, cuyo antes, durante y después iba a ser vastamente conocido en artículos y entrevistas de prensa, libros históricos y ensayos difundidos en las últimas cuatro décadas.

Vuelta a las montañas

A las 3:00 de la madrugada del domingo 19 de julio de 1970, un contingente de 67 hombres, formado por universitarios en su mayoría, rompía el sueño de los pobladores de Teoponte, tomaba las instalaciones de la aurífera South American Placers y se internaba en la selva montañosa del trópico paceño. Se cumplía así el anuncio del Inti,  tras un supuesto ardid: en las vísperas, los guerrilleros fungían de alfabetizadores y hasta fueron despedidos por el presidente Ovando y el ministro de Educación Mariano Baptista.

La orden de arrasar con  la guerrilla y su corolario: fusilamiento de la mayoría de combatientes, fue difundida en el anuario de Hoy, en una separata de ocho páginas, firmada por este cronista.

 43 años después, Erick Ortega –La Razón, Informe, 28/10/2013–  entrevistaba en Teoponte a ex combatientes  militares, cuyos testimonios daban fe de las órdenes de matar a cuanto insurrecto les salga al paso. Los entonces soldaditos, de entre 16 y 17 años, brindaron valiosos testimonios. Uno de ellos, El Boro, contó algo que calló en cuatro décadas. “Usted me pregunta si hubo ejecuciones en Teoponte, pues yo le digo que sí, Sí las hubo”.

Testimonio personal

A fines de los 60 este cronista, entonces redactor del matutino Hoy, fue encomendado por la dirección del rotativo a  la investigación periodística de la ya citada escalada de asesinatos. Inmerso en esa misión, en lo que respecta a la guerrilla urbana del ELN y las Fuerzas Armadas, procuraba basar mis informaciones y crónicas en fuentes creíbles y testimonios de primera mano.

El 3 de junio de 1970, contraje matrimonio y, vaya jugada del azar o del destino, el padrino de mi esposa fue el Ministro de Gobierno, coronel Juan Ayoroa; y el mío, el jefe de redacción de Hoy, Andrés Chichi Soliz. Al mes, el padrino de mi esposa apresaba al mío por haber éste, desde la dirección del semanario Prensa, denunciado un golpe militar del ministro Ayoroa contra el gobierno del general Alfredo Ovando Candia.

Este hecho determinó que entre el colega encarcelado y la autoridad gubernamental, sea yo el intermediario natural. Es claro, al ministro le urgía saber quién proporcionó el dato del golpe. Los periodistas del semanario sindical –por decreto, el único periódico que circulaba los lunes en Bolivia– apelamos al silencio, esgrimiendo la Ley de Imprenta, que garantiza guardar el secreto de fuentes.

En una de las reuniones en el despacho de Ayoroa, éste fue terminante: “Me dices quién y de un telefonazo ordeno la libertad de tu padrino”. Me negué: “No sé”, le dije, “y  así lo supiera sería lo último que haga; usted sabe, los periodistas estamos protegidos por ley”. De pronto, sin que mediara razón alguna, se puso en pie y me dijo: “Entérate, nosotros sabíamos dónde y cuándo los elenos compraron hasta la última lata de sardinas”.

Julio de 1970. Por esos días compartía la clandestinidad de El Gordo Carlos, Oscar Pérez Bentacour, guerrillero argentino y miembro del Alto Mando del ELN. Una tarde, al volver a mi domicilio de la final Iturralde, metí la llave y la puerta no cedía; estaba asegurada por dentro con la cadenilla. Me asusté, pero al tiro se abrió la puerta. Era una dama. “Carlos salió por pan, ya vuelve”. Me tranquilicé e ingresé a mi cuarto a sacar unos documentos olvidados. Luego me enteré, por Carlos, que la dama era Elena Ossio de Almaraz, viuda del ensayista Sergio Almaraz. ¿Qué hacía en mi departamento? El Gordo Carlos, estratega político-militar de la guerrilla en ciernes, me confió: “Vino a pedirme que retire el nombre de su hijo de la lista de combatientes”.

Días después, el coronel Ayoroa Ayoroa, quien tenía un parentesco familiar con los Almaraz-Ossio, le decía a Elena: “Cuidado que tus hijos estén metiéndose en huevadas, en el ministerio no les perdemos pisada a los elenos”.

La vuelta al monte corría de apuro. El escritor Gustavo Rodríguez Ostria revela en La otra guerrilla guevarista en Bolivia. Teoponte: Sin tiempo para las palabras. sobre cómo la inteligencia militar estaba al tanto de los preparativos insurgentes. Una semana antes, relata Rodríguez Ostria, en su casa de la Sucre y Yanacocha, Juan José Saavedra, dirigente universitario y militante guerrillero, recibió la visita de un amigo uniformado.

-Vengo a despedirme, Juan José.

-¿Estás de viaje?

-No, el que está de viaje eres tú. No vayas, hermano, los tienen bien seguidos.

Han pasado 50 años de aquella insurgencia guerrillera y lo incontrastable, entre otros reveses, es que la supuesta artimaña del ELN, de haber engañado al general Ovando y a su ministro de Educación, haciéndose pasar por brigadistas alfabetizadores, duró mucho tiempo y los sobrevivientes se ufanaron del ardid. Y las cosas no fueron así, sino al revés. Así se entiende, en parte, el fracaso de la insurgencia armada en Teoponte.
 

 

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