Régimen

Dulzor jacobino: sobre “la noche del terror”

La angustiosa noche del 10 de noviembre de 2019 fue un estricto ensayo jacobino del poder. ¿Estaremos verdaderamente libres?
viernes, 3 de julio de 2020 · 02:01

Bernardo Prieto  
Ensayista

En uno de los textos escritos en la cárcel por Álvaro García Linera, este se preguntó si “¿acaso la tolerancia a lo fehacientemente vergonzoso o la ceguera ante el engaño demostrado, la simulación y el fraude social que han acompañado a las autoproclamadas élites revolucionarias, sería lo más recomendable en estas circunstancias?”. 

Al parecer, muchos años después y en otras circunstancias, la mayoría de la población boliviana le respondería –al entonces vicepresidente de Bolivia– que no toleraría precisamente “la ceguera ante el engaño demostrado” ni “el fraude social” de las “autoproclamadas elites revolucionarias” del “proceso de cambio”.

En el primer programa de Mundo Posible Podcast –que puede escucharse libremente en Facebook, Spotify, Apple Podcast o You Tube– podemos escuchar de forma sintética y –si es acaso posible– amena, un relato sobre el insólito proceso que obligó a renunciar al gobierno de Evo Morales –“la Gesta de la Pititas”– y el cual culminó, al menos en un primer momento, con una larga noche de terror. El programa es tal vez una de las primeras apuestas que tratan de recuperar cierta memoria colectiva y tejer, a través voces diferentes, algo así como un borrador de nuestra historia contemporánea.

Pero quizá, el mérito mayor del podcast no éste tanto en la voz joven que lo ha producido –a saber, Juan Pablo Chamon, Natalia Bruzonic, Jorge Velarde y Martina Chamon– o el impulso historiográfico que le invade, sino, en el tono que, más allá de lo oscuro de los acontecimientos relatados, no se deja llevar por la desesperanza o el cinismo; por el contrario, intenta encender en sus auditores una genuina esperanza que, dejando la ingenuidad y la certeza fanática, quiere mirar al mundo a través de los ojos del que espera y dialoga, de aquel que pregunta por la verdad.

Dentro del podcast, sin embargo, el momento más intenso ocurre cuando toma la palabra Valeria Soruco, vecina de Waldo Albarracín –rector de  la UMSA–, el cual justamente, por su voz contraria al régimen de Morales, fue atacado directamente, la noche del 10 de noviembre del 2019, con la quema de su casa. ¿Fue este ataque, como la quema de la casa de Casimira Lema, una respuesta espontánea –por así decirlo– de adeptos masistas, enojados por el destino político de su líder y su partido o, más bien, como los relatos parecen mostrar, un ataque planificado que pretendía usar el miedo como táctica y estrategia?

Valeria Soruco nos cuenta que en esos momentos existió “un silencio que jamás en la vida había escuchado, no se movía ni un alma (…) mi mamá subió las gradas, y en eso, como si hubieran salido de la tierra, aparece montonera de gente que empieza a gritar y a lanzar piedras a las ventanas, parecía película, yo decía debo estar así soñando porque no puede ser que todas mis ventanas, los vidrios, estén siendo vandalizados, y entraban como proyectiles las piedras” (…) y lo único que atiné a hacer es esconderme dentro de la chimenea para que los vidrios no me den”.

Precisamente, Hannah Arendt escribió que el terror produce una abolición de consenso jurídico primario, obedeciendo solamente a la “ley de movimiento”, abolición que “singulariza a los enemigos de la humanidad contra los cuales se desata el terror” oponiéndose a toda “acción u oposición libre que puedan obstaculizar la eliminación del “enemigo objetivo” de la historia o de la naturaleza”, y así, en última instancia, creando un lugar donde “la culpa y la inocencia se convierten en nociones sin sentido”.

Si bien Arendt toma la precaución de singularizar el fenómeno histórico del totalitarismo –y su terror consustancial–, no es menor la observación que indica que “pueden hallarse elementos de totalitarismo remontándose en la historia”, pues, siguiendo esta indicación, el problema del totalitarismo no es un fenómeno externo, sino, el “verdadero problema de nuestro tiempo”.

Aquí que el relato de  Soruco escenifique  el miedo sentido en esas horas de silencio e incertidumbre; y, por lo tanto, quizás puedan ayudarnos a comprender que la violencia sistemática vivida aquella noche fue utilizada con fines estratégicos, ruines –para decirlo con un lenguaje moderno y cual paroxismo–: políticos. 

Si este miedo hubiese triunfado o, mejor dicho, si la “noche del terror” se hubiese instaurado verdaderamente, no ya un régimen tiránico o pseudo-democrático gobernaría Bolivia, más al contrario, el fenómeno del totalitarismo, con un nuevo ropaje, se hubiese hecho presa de la vida de los bolivianos. Pues, esa noche fue un estricto ensayo jacobino del poder, ¿estaremos verdaderamente libres?

Así, al contrario de lo que muchos los intelectuales filo-masistas quieren mostrar, esa noche no fue un elaborado relato creado con el fin de atacar a enemigos políticos o, en el mejor de los casos, una grandiosa paranoia colectiva creada por los medios de comunicación. De hecho, como prueban los numerosos testimonios personales –que han sido maravillosamente abreviados en el podcast comentado–, las crónicas periodísticas, las barricadas que permanecieron en las calles la mañana siguiente, los vidrios rotos, o el espíritu tenso con el cada ciudadano de El Alto y La Paz recuerda esa noche, este episodio no fue más que el desenlace natural de un proceso histórico engendrado por contradicciones y violencia.

No por nada, uno de los intelectuales sino una cabeza de gobierno durante los más de 14 años de dicho proceso, se llamó a sí mismo “el ultimo jacobino”. Enunciación que –como una profecía auto cumplida– nos mostraba ya el fin –es decir, el verdadero telos– de esta “revolución democrática-cultural”. 

Y es que toda revolución que se legitime en la “soberanía popular” o en la “refundación total” de la historia es precisamente una guillotina colocada para la ejecución de sí misma, para la ejecución –si es necesario– de las personas, del pueblo que pretendió representar; el dulzor jacobino es esa ansia de “quemarlo todo” para –desde las cenizas– construir un mundo aparentemente más justo y mejor.

O, tal vez, usando una imagen digamos hegeliana, el dulzor jacobino –el terror político– es la exaltación del esclavo convertido en su propio amo y enemigo, el cual desea, con toda la amargura de su espíritu, blandir certeramente el látigo contra sí mismo. Quizás esta misma exaltación de la violencia llevó a Marx, en las últimas páginas de La miseria de la filosofía, a justificar los “medios revolucionarios” para consolidar su teoría –o usando las palabras de García Linera “su síntesis expresiva”– de “la abolición de todas las clases” y la extinción del antagonismo existente entre la clase obrera y la burguesía. Pero lo más llamativo es el resuelto rechazo de los medios pacíficos para alcanzar esta “reorganización general de la sociedad”.

Al final del texto, Marx cita una frase de Georg Sand, que proviene del prólogo escrito por la novelista francesa, en 1853, a su novela histórica Jean Ziska: “Luchar o morir; la lucha sangrienta o la nada. Es el dilema inexorable” como “la última palabra de la ciencia social”. Frase que, precisamente, tanto nos hace recuerdo a la frase: “la fuerza del gobierno popular en tiempo de revolución es, al mismo tiempo, la virtud y el terror” de Robespierre o, a esa larga y angustiosa noche del 10 de noviembre de 2019 en las ciudades de Alto y La Paz.

 

 

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