Ética y sociedad

La muerte en los medios, cómo abordarla desde la información

Reconocidos periodistas sostienen que un hecho informativo ligado a sucesos de violencia y a fallecimientos debe ser difundido cuando aporta a denunciar abuso, injusticia y cuando esa información es útil para la sociedad.
viernes, 3 de julio de 2020 · 02:06

Fernando Chávez Virreira
 Periodista

 

La reciente transmisión en directo por televisión de las acciones de reanimación a un paciente contagiado con Covid-19, que derivaron en su muerte, ha generado polémica sobre los límites de los ámbitos públicos y privados en el ejercicio de la información.

¿Cuándo se debe mostrar la muerte? ¿Cuándo no, y por qué? ¿Cómo afecta esta información al público?

El hecho más reciente y fresco en la memoria colectiva es el caso de la muerte en EEUU de George Floyd, el hombre afroamericano que murió asfixiado por un policía blanco durante su detención. 

Varios videos, captados por cámaras de seguridad y por las personas que estaban en ese momento en el lugar de los hechos, llegaron a los medios de todo el mundo, y también a todas las redes sociales, plataformas ya habituales que compiten a diario en la inmediatez de la información.

El New York Times produjo un video en el que reconstruye los hechos, desde el comienzo de la detención hasta la muerte del hombre. En las imágenes, una voz en off hace el relato de todo lo sucedido. La grabación incluye el momento en el que los cuatros agentes policiales reducen a Floyd hasta que se hace el llamado a los servicios de emergencia por su pérdida de conocimiento y posterior deceso.

El valor documental y testimonial de este hecho, convertido en noticia, radica en que permitió revelar un acto de abuso de poder y castigar a los responsables, independientemente de su carga racial, un problema que aún la sociedad estadounidense parece estar lejos de resolver. Pero ese es otro problema.

Unos años atrás, en 2015, el niño Alan Kurdi, de apenas tres años, se transformó en un ícono del conflicto sirio cuando fue encontrado muerto en una playa mientras huía, junto a su hermano y su madre, rumbo a Grecia. 

La historia fue contada por Nilufer Demir, quien hacía tomas para graficar la crisis humanitaria en Oriente Medio. La fotógrafa turca captaba imágenes en la costa suroeste de Turquía, hasta donde llegan algunos migrantes escapando de la guerra civil siria. Allí se encontró con el cuerpo fallecido de Alan, boca abajo, en la arena y con sus brazos extendidos.

“Tenía que tomar esa foto y no lo dudé”, contó la reportera a DHA, la agencia donde trabajaba. “Lo único que podía hacer era que el mundo escuchara su grito”.  Aquella muerte llamó a la sensibilización mundial en torno a la guerra civil y ayudó a tomar acciones en favor de los miles de refugiados.

Recientemente, Página Siete y otros medios publicaron una impactante imagen de un cadáver en una calle de Cochabamba. Ese hecho informativo buscó que las autoridades tomen acciones frente a una realidad: las víctimas de coronavirus no solo están falleciendo en los hospitales, sino también en sus domicilios, e incluso en la calle.

 

La muerte y el periodismo

Isabel Mercado, directora de Página Siete, afirma que la muerte es consustancial al periodismo.  “Como parte de nuestro trabajo, estamos constantemente cerca de ella y no podemos obviar su protagonismo en la noticia. Muchas veces la muerte, por dolorosa que sea, ayuda a denunciar; pone en escena horrores e injusticias y sin narrarla no podríamos cumplir con lo que son algunas de nuestras principales misiones: la búsqueda de la verdad, la justicia y la fiscalización del poder”, sostiene.

Sin embargo, agrega, en ese afán por mostrar los hechos muchas veces se cometen errores; dejando que prime el morbo antes que el respeto a las víctimas, y concentrándose únicamente en el abuso de la imagen impactante, no en su contexto; olvidando el daño que se puede causar a las familias e incluso en la audiencia. “Muchas veces usamos las muertes de los indefensos para explotarlas, resignando su dignidad”, dice.

Según la visión de la periodista Lupe Cajías, en las situaciones extremas siempre hay un dilema ético que el periodista o narrador debe tratar de resolver, preguntándose para qué sirve la difusión de ese hecho, y si beneficia a la sociedad. 

Cajías trae a la memoria una histórica fotografía de una niña vietnamita huyendo de las bombas de napalm durante el conflicto bélico en el sudeste asiático de la década de los 60. “Es oportuno señalar si la imagen va a contar una historia que va a significar un cambio en beneficio de la comunidad, esas imágenes de Vietnam sirvieron para crear una conciencia mundial, y estadounidense, contra esa confrontación injusta”, dice.

Otras imágenes que conmovieron fueron las de decenas de niños muertos en Siria con armas químicas durante el régimen de Bashar al Asad, quien negó haber tenido alguna participación.

Con respecto a la difusión de la muerte de un paciente contagiado con el coronavirus, Cajías dice que “hay otras situaciones, no solo de muerte, sino de enfermedades en las que el periodista se debe excusar de difundir, sobre todo si no hay el permiso de la familia, si esas imágenes han sido difundidas más con una intención de generar impacto o escándalo, de causar una controversia, en lugar de ayudar al bien común”.

Es un hecho, agrega, que debe llamar a la reflexión.  “Este caso es un profundísimo cuestionamiento a la ética, a este deber ser que deben tener todos los periodistas, mucho más los que transmiten por medios audiovisuales, por los efectos que pueden lograr”, dice.

Antes de difundir estas imágenes, o cualquier noticia, dice Cajías, cabe hacerse estos cuestionamientos: ¿Estas imágenes han ayudado a frenar los contagios? ¿Estas imágenes sirven para que la gente se cuide más? ¿Se han respetado los códigos de ética vigentes de nuestro gremio en el país? 

“Es siempre más fácil el escándalo que la construcción. Yo dejo aquí esta reflexión: el pacto por la prudencia.  La prudencia nos debe guiar en un momento tan duro como el que estamos viviendo a nivel nacional y mundial”, dice.

Para Isabel Mercado, “es importante ser autocríticos con nuestro trabajo, sin olvidar que cuando nos referimos a una víctima y reportamos una muerte, estamos hablando de un ser humano. No podemos dejar de lado a la muerte, pero debemos detenernos en cada caso para analizar la consecuencia de nuestras acciones y decisiones”. 

En la opinión de Pedro Glasinovic, presidente de la Asociación Nacional de Periodistas de Bolivia, el hecho sucedido en Santa Cruz “se trata, lamentablemente, de un caso que no debería haber sucedido nunca en Bolivia, ni en ningún lugar del mundo, porque la transmisión en directo de la muerte de un ser humano hiere las fibras más íntimas, no solamente de sus parientes más cercanos, de sus hijos, de la esposa probablemente, sino de toda la sociedad. Si bien no está prohibido expresamente, no debería haber sucedido”.

Glasinovic sostiene que el periodista debe siempre respetar la dignidad del ser humano. En cualquier circunstancia, el periodista tiene que respetar a la sociedad en su conjunto, a la vida y debe abstenerse de emitir imágenes que dañan la sensibilidad. “Eso está mencionado específicamente en el Código de Ética de la Asociación de Periodistas de Bolivia: los periodistas debemos abstenernos de emitir ese tipo de imágenes”, afirma.

Y según la visión del periodista, abogado y profesor universitario, Andrés Gómez, la difusión de imágenes de cadáveres o personas a punto de morir viola dos derechos: el derecho a la intimidad y el derecho a la imagen. 

“El derecho a la intimidad se origina como concepto ético-jurídico en 1873 con el fallo de un juez estadounidense. En tanto, el derecho a la imagen es entendido como la reproducción del aspecto físico de una persona mediante procedimientos técnicos y tecnológicos (dibujo, fotografía, pintura)”, explica.

Por esta razón, “la regulación (Código Civil, Penal y la Ley de Imprenta) contempla ambos derechos en los delitos contra el honor; y la autorregulación (códigos de ética) establece los límites para no convertir la muerte en noticia, menos usar la imagen de un moribundo para ganar rating y mercantilizar el derecho de una persona en situación indefensa”.

Gómez sostiene que “la muerte es uno de los momentos más íntimos y la imagen de ese momento de cualquier persona no puede ser difundida, salvo que la persona haya cedido previamente ambos derechos o haya autorización expresa de algún familiar”.

 

La demanda de la familia

Este año, los nuevos miembros del Tribunal Nacional de Ética Periodística han sido elegidos, aunque formalmente no han sido posesionados debido a la emergencia sanitaria de Covid-19.

Ese tribunal está compuesto por Waldo Albarracín, Carlos Toranzo (representantes de la sociedad civil), Ronald Grebe, Lupe Cajías y Maria Eugenia Verástegui. Pedro Glasinovic dice que esa instancia ha conocido y tratado unos 120 casos y ha obtenido respuestas positivas, “logrando la reconducción de este tipo de actitudes y de casos que han ocurrido”.

Marioly Cuéllar, hija de la víctima, presentó una demanda el pasado 23 de junio.  “He presentado una demanda al canal PAT, al programa No mentirás, porque se han violado los derechos de mi familia, del dolor, porque transmitieron en vivo el fallecimiento de mi padre”, dijo.

Según su relato, su padre estaba enfermo con el virus y una noche salieron en busca de ayuda para internarlo, pero fue rechazado en muchos centros. El único lugar que le abrió las puertas fue el grupo de voluntarios Ángeles contra el Covid. Pero la situación del paciente, agravada porque padecía de chagas, empeoró y necesitaba terapia intensiva y el acceso a un respirador. 

“Allí no tenían respiradores, entonces llamaron ambulancias, pero no llegaban y en esos afanes llegó el canal PAT, justo en ese momento le estaban dando reanimación a mi padre y ellos transmitieron en vivo durante una hora y media; no han pedido autorización, no nos preguntaron si podían grabar”, reclamó Cuéllar. 

“Ese evento ha sido muy doloroso para toda la familia, era una angustia no poder hacer nada, incluso a otro familiar le tuvimos que apagar el televisor para que no vea esas imágenes”, agrega.

La afectada busca una disculpa pública del medio en cuestión. “Lo que yo pido es que se retracten públicamente, que pidan disculpas a la familia. No es algo contra el medio o contra un periodista, sino es por una vulneración a nuestros derechos”, declaró.

Página Siete buscó a los productores del programa, pero no atendieron la solicitud.

 

El abordaje

¿Cómo abordar una muerte, por ejemplo  de Covid-19, desde el periodismo?

Según Lupe Cajías, hay ejemplos que pueden guiar.  En Alemania funciona el press rat, un consejo de ética tanto a nivel general como en cada medio; esos consejos están conformados no solo por un periodista, sino también por la señora que sirve el café, o por un redactor más antiguo, o el más joven.

 “Cuando hay  estos dilemas éticos, es preferible perder unos minutos antes de sacar lo que puedes llamar entre comillas, la exclusiva, para saber si es o no factible dar esa noticia y cómo tratarla”. 

“En España también hay un acuerdo para que, en los casos de suicidio, o de determinado tipo de muertes rodeadas de morbosidad, no se den detalles, porque además esto tiene efectos perversos, tú no sabes quién te está leyendo, quién te está viendo, qué madurez tiene tu público”. En los casos de suicidio, por ejemplo, los medios no dan ningún detalle y no publican fotografías, aunque sí el nombre de los involucrados.

Para Cajías, el debate sobre acceso a la información pública marca el respeto a la información privada. “Uno puede decir por ejemplo que existen 23 personas seropositivas (hay que cuidar hasta el lenguaje) en el hospital de La Paz, pero en ningún momento se tiene que describir a una persona, o a contar que se trata de cinco prostitutas, o un homosexual, porque entonces está violentando esa información y nunca un funcionario público debe entregar esa información particular”. 

Las convenciones desde 1948, o la Declaración de Chapultepec, marcan esa misma línea. Sea esta crisis de sanidad, sean catástrofes, epidemias o el sida, solamente si la persona quiere dar su testimonio es dable que se publique y aun así hay que publicar de la forma más rigurosa posible. 

“Eso es lo que diferencia el buen periodismo de un periodismo que busca más el tema de audiencias y rating que otras perspectivas que sirvan a la población”, dice Cajías.

Según Beth Daley, editora y gerente general de The Conversation, una red de medios sin fines de lucro, con sede en Australia, la cobertura periodística, en este caso del coronavirus, desde una perspectiva ética, es algo difícil de lograr y la razón es el conflicto inherente entre dos obligaciones éticas: la de decir la verdad y la obligación de no contribuir injustificadamente a aumentar los niveles de ansiedad del público.

 “El trabajo de los medios es contar una historia con suficientes detalles para permitir una buena comprensión pública de lo que sucede. Esto se hace dándole a los hechos una prominencia justificada de acuerdo a su impacto en la vida diaria de las personas y utilizando un lenguaje en proporción con los riesgos que enfrenta la comunidad”, sostiene Daley.
 

 

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