Economía

Aplanamos la curva equivocada

El autor concluye que se actuó tarde, tanto para enfrentar la pandemia como para reactivar un aparato económico casi destruido.
viernes, 31 de julio de 2020 · 00:00

Oscar Antezana Malpartida
 Economista

En general, las cuarentenas no han sido eficaces para frenar el contagio del coronavirus, sí para poner en coma a las economías. Hemos aplanado la curva de crecimiento del PIB, no la curva de crecimiento de los contagios. Hemos achatado la curva incorrecta. 

Debimos tomar acción, no reaccionar, para controlar la pandemia y para levantar la economía. La velocidad de contagio, como en el caso del coronavirus, es exponencial y no se actuado acorde. Se debió tomar acción antes. En diciembre del 2019 se dio el primer caso en China y un mes más tarde, en Europa. Un mes después, el virus aterrizó en América Latina. Se pudo haber tomado acciones en febrero; se sabía lo que iba a acontecer. La clave en esta pandemia es adelantarse a los hechos, no sólo al inicio, sino también durante. 

Para colmo, lo mismo nos está pasando, o nos ha pasado, en el ámbito económico. Después de más de 100 días en cuarentena, el 25 de junio, el gobierno lanzó un plan de reactivación. ¿Por qué se esperó tanto? Se sabía del impacto económico que se estaba desatando en Europa y América. 

¿En este caso, se tiene que analizar estadísticas antes para tomar acción? A la economía se la ha puesto en coma, como nunca en la historia, y es lógico y seguro pensar que se está generando una ola de desempleo. 

Al momento de escribir este artículo, Bolivia es el país ubicado en el lugar número 35 en el mundo en número de personas contagiadas –subimos 15 puestos desde fines de mayo– con 59.582 (fuente: worldometers.info). Por cada 100 mil  habitantes, es equivalente a 5,1. Esta cifra es similar a países como Portugal o Israel que son   más avanzados, o República Dominicana, que es una isla con similar población que Bolivia, pero más que Ecuador, Colombia o el Reino Unido.

 Los 5.121 fallecidos es equivalente a 184 por un millón de habitantes, muy por debajo de Chile y Perú (entre 400-450), inclusive como países más avanzados como Holanda (358), Estados Unidos (433) o España (604). Es muy difícil sacar una conclusión clara. De todas maneras, Bolivia parece no ser un caso extremo.

La situación económica es mucho más preocupante. Lo más perverso son las dislocaciones en el aparato productivo que resultarían de la quiebra de las empresas y el alto desempleo. No será solamente una recesión como la que conocemos, el aparato productivo estará dislocado y su recomposición será más difícil y tomará más tiempo. Y mientras más tiempo dura la parálisis económica, más empresas quiebran y más tiempo le demorará al aparato productivo reabsorber los empleos perdidos. 

No existen datos recientes para Bolivia, pero citaré algunas de Perú, país vecino que tiene grandes similitudes aunque también diferencias, como ilustración. En el trimestre móvil abril-mayo-junio de este año, la población ocupada de Lima metropolitana disminuyó en 55% en comparación a similar trimestre del 2019, según un informe técnico del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI). 

Es decir, ¡más o menos uno de cada dos trabajadores perdió su empleo! La población ocupada menor de 25 más años   disminuyó en 68% (más de 2 de 3 jóvenes que tenían empleo lo perdieron). El impacto en empresas pequeñas ha sido mayor que en empresas grandes. Así, en empresas de 1 a 10 trabajadores, el empleo se redujo en 66% (2 de 3 perdieron empleo); en las empresas de 51 a más trabajadores, el descenso fue de 37%. 

Por sectores, el empleo se redujo en 74% (3 de cada 4 perdieron su empleo) en construcción, -64% en manufactura, en servicios -53% y en comercio en -48%. En Bolivia, solamente estos cuatro sectores se empleaban más de 1,5 millones de personas.  Página Siete reportó que en Tarija despidieron al 90% de su personal en los sectores de construcción, hotelería, gastronomía y transporte (20 de julio, 2020).

Pero también hay una segunda dinámica perversa –los “espíritus animales”– como decía el economista John Maynard Keynes. Afectados por la incertidumbre, los inversionistas y consumidores se retraen y contraen su gasto. La caída en la actividad es tan profunda que los inversionistas considerarán innecesarias las ampliaciones en la capacidad productiva y los consumidores, preocupados por la duración del desempleo, decidirán ahorrar en exceso. 

De hecho, en principio se podría reactivar la producción, de manera más rápida. El problema es que se encontrará con la falta de demanda ante una situación de ingresos disminuidos o diezmados por la cuarentena. Esta situación podría destinar a esas empresas a la quiebra.

¿Cómo se rompe esta inercia? Es necesario evitar las quiebras masivas, el desempleo de largo plazo o estructural, y propiciar un shock a las expectativas de los inversionistas y los consumidores. Es necesario un shock de confianza que podría darse con un compromiso de aumentar la inversión pública en los siguientes tres años. Pero esto no será suficiente. Es necesario proteger a la población vulnerable para que no se suma aún más en la pobreza, que los desempleados regresen a laborar y estimular el consumo privado. El Gobierno ha lanzado distintos programas de bonos, pero son insuficientes. Para evitar este deterioro y estimular que los consumidores vuelvan a los mercados, se hace necesario focalizar y aumentar estos bonos. Pero lo más importante es asegurarse que el alto número de desempleados vuelva a encontrar trabajo y evitar un aumento aún mayor en la informalidad. 

Se tiene la idea de que el Estado produce riqueza y no es así. Se cree que el Estado debe generar empleo y no es así. Es la empresa privada que lo hace. Se puede ofrecer un incentivo tributario, que podría ser una reducción del impuesto a la renta al 15% a las empresas que en dos años recontraten a la fuerza laboral que tenían antes de la crisis. Se tiene que apoyar al sector privado, son ellos los que tienen que afrontar la crisis económica para seguir generando empleo y contribuyendo con sus impuestos a las arcas fiscales para financiar los bienes públicos. 

Para algunas cosas se pasó el momento; para otras estamos a tiempo. Levantemos la economía inteligentemente, que sea una oportunidad para re-crear la economía.

 

 

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