Historia

«Kamisaraki Napoleón…»

Como parte de una serie denominada “Factor cero”, el autor relata en esta ocasión las circunstancias de la caída de Hernando Siles en 1930, hace 90 años.
viernes, 14 de agosto de 2020 · 00:00

Ricardo Sanjinés Ávila Periodista

Una columna de señoritas y cholas marcha por el centro paceño cantando a pulmón lleno La Marsellesa. En la casa de Hernando Siles el ora pro novis se quiebra en débil quejido. La monja que hace rezar el rosario a los pequeños hijos del mandatario cae alcanzada por una bala que destroza su cabeza. Es el capítulo final de un drama político registrado hace 90 años.

Don Hernando ganó las alecciones auspiciado por Bautista Saavedra, pero a poco se desata del lazo que lo somete al caudillo republicano, quien le impuso como vicepresidente a su hermano Abdón y no le tiembla la mano al exiliar a los dos, pues posee fuerte temperamento a la hora de las decisiones. 

Se desplaza en tranvía conversando con la gente y tiene imán para las damas. Arma una bancada propia que toma el nombre de Partido Nacional, donde debutan el Chueco Céspedes y Carlos Montenegro, lejos del liberalismo y del republicanismo, con ideas nuevas, algunas inquietantes, como las que trae de Europa un fascista llamado Guillermo Vizcarra. 

El coronel David Toro se convierte en el factótum del Ejército leal al gobierno y traen al general Hans Kundt y al mayor Ernst Röhm, comandante de las tropas de asalto nazis, que más tarde llevarán al poder a Hitler. Pero el nacionalismo de Siles reivindica a los indios y propugna anhelos de cambio social largamente postergados.

Siles crea la Contraloría General, reforma la moneda con libre convertibilidad, promulga la Ley de Bancos, funda el Banco Central de Bolivia, introduce el uso de la célula de identidad y el concepto de presupuesto general de la nación, centraliza el cobro de tributos y se atreve a cobrar impuestos a la gran minería. 

Crea las Academias Bolivianas de la Historia, de la Lengua y de Bellas Artes, sienta las bases de la Autonomía Universitaria. Transforma La Paz con la participación del arquitecto Emilio Villanueva, construyendo los edificios del Palacio Consistorial (Alcaldía) y el Banco Central (actual Vicepresidencia del Estado). Incorpora Miraflores con un diseño urbano atractivo, proyecta una ciudadela de la salud con la Facultad de Medicina, los Hospitales General y Militar y la gran obra para la posteridad: el Estadio Hernando Siles. 

Entre tanto, Paraguay asienta fortines en el Chaco, que reclama como suyo, y Bolivia hace lo propio.  Soldados de uno y otro uniforme pronto se miran las caras y el 5 de diciembre de 1928, una fuerza guaraní ataca y ocupa Vanguardia, el último fortín boliviano al sureste. La noticia provoca olas de indignación. Siles denuncia y rompe relaciones con Asunción, ordena la toma del fortín Boquerón, mientras una conferencia internacional de arbitraje en Washington reconoce a Paraguay como el agresor, obligándolo a reponer Vanguardia. 

Una gran emoción invade el pecho del mandatario cuando va al Legislativo e interrumpe la sesión dando la noticia. Oficialistas y opositores le tributan de pie una prolongada ovación y al salir a la Plaza Murillo una multitud lo vitorea. El honor nacional ha sido restituido.

En 1930 habrá nuevas elecciones. Pero sus incondicionales le susurran al oído que las grandes realizaciones de su gobierno corren el riesgo de truncarse, insinuándole una prórroga, constitucionalmente vetada. Un cónclave militar en Viacha le exige mantenerse en el poder, por “motivos patrióticos”. 

El rumor gana las calles y crece la oposición. El expresidente Montes vuelve del exterior y tiene una terrible entrevista con Siles. El fragmento final es elocuente: 

Siles: -¡No me interrumpa…!

Montes: - ¡Lo interrumpiré cuantas veces sea necesario…!

Siles: - Yo creí que usted quería hablarme de asuntos importantes. De otro modo ¡no le habría recibido!

Montes: - Lo que no quiere usted oír ¡se lo diré a la nación…!

Siles: - ¡Puede usted hacer lo que quiera…!

El ministro de Gobierno, Guillermo Vizcarra, arresta a Montes, lo expulsa del país en medio de groserías y Siles pierde las últimas simpatías de la opinión pública. Notifica al país que las elecciones quedan diferidas sin fecha. Deja su cargo a un Consejo de Ministros que convoca a una Convención Nacional que hará reformas constitucionales. El propósito es una reforma constitucional que le permita re-postular.

Se enerva la oposición. Un enfrentamiento en La Paz deja un estudiante muerto. Las crónicas sobresaltadas derivan en la confiscación de El Diario. Surge la insurrección ciudadana. Los cadetes del Colegio Militar se sublevan y se desplazan por El Prado y San Pedro. Se pliegan otras unidades militares. El santo y seña es “Kamisaraki Napoleón” – “Waliki Nelson”. (“Cómo estás Napoleón” – “Bien Nelson”). 

 Los sectores populares se manifiestan. Mujeres de pollera ofrecen jarros de café con pan a los cadetes, una multitud pugna por tomar el Palacio en acción desesperada con muchas bajas. Se dispara sobre la casa de los Siles, sin más custodia que seis soldados aterrorizados. El general Kundt despliega fuerzas leales y su ayudante, el subteniente Germán Busch, retoma Miraflores a balazos, pero su causa está perdida.

Siles está horrorizado. La monja que cuida a sus hijos recibe un disparo y está muerta. Ya no está segura su familia. Desde un pasadizo secreto de la casa vecina sale su esposa, doña Luisa, junto a sus tres hijos pequeños, Luis Adolfo, Jorge y Teresita, para pedir asilo en la Embajada de Brasil (al lado del actual cine Monje Campero). 

Al amanecer, don Hernando suplica que alguien asuma el gobierno y pacifique al país. Luego se reúne con su familia. Sus colaboradores están asilados en diversas legaciones y los insurrectos toman el Palacio de Gobierno. El general Blanco Galindo se hace cargo de la situación. 

Es el 2 de julio de 1930. El populacho saquea la casa de los Siles. No quedan ni los marcos de las puertas. La biblioteca, los cuadros y las fotografías son pasto del fuego. Los asaltantes arrojan desde la ventana un piano de cola que arde durante horas frente a la embajada brasileña, donde el cruel espectáculo es observado por tres niños, Luis Adolfo de 5 años, Jorge de cuatro y Teresita de 3.  

Manifestaciones de señoritas y cholas llevan banderas y cantan La Marsellesa. Va a la cabeza de la columna la señorita María Luisa Sánchez Bustamante, revolucionaria y socialista pese a su encumbrada situación social.  El júbilo popular contrasta con la angustia de las familias en desgracia. 

El Nuncio Apostólico negocia con la junta militar la salida del expresidente, quien aborda el tren que lo llevara al exilio en Chile por muchos años. Destino doloroso para un presidente honrado, en un tiempo en que la corrupción no era la norma adoptada en el siglo XXI cuando los bandidos abandonan el poder en aviones cargados con millones de dólares. 

Pobreza, enfermedades y estrecheces de toda índole se ensañan con la familia Siles. Pero don Hernando demuestra con su vida modesta y circunspecta los blasones del hombre decente. La historia lo reconoce como tal, pese a su error político de buscar una reelección ilegal.

 

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