Capital e ideología

La desigualdad nos define y nos condena

Según este análisis, la desigualdad es rechazada por los bolivianos y su escandalosa persistencia motiva las tensiones sociales en las calles.
jueves, 20 de agosto de 2020 · 00:00

Jorge Patiño Sarcinelli
Matemático y escritor.

Hay una manera fácil de irritar a todos los bolivianos de una sola vez: criticar que Evo no haya subido los impuestos ni haya hecho más para cobrarlos. Los masistas rechazan cualquier crítica a su gran líder y los antimasistas rechazan cualquier sugerencia de que les toque los bolsillos. Una cuestión que tan fácilmente logra la unidad y la división nacional no ha sido debidamente debatida. 

En el gobierno del MAS hubo una reducción de la desigualdad medida por el índice de Gini, que habría bajado de 58,5 en 2005 a 42,2 en 2018, según datos del Banco Mundial. El índice ya venía cayendo, pero hubo una aceleración de esta caída en ese periodo. (Cuanto menor el índice, menor la desigualdad)

Que el MAS haya hecho muchas cosas mal no quiere decir que no haya hecho algo bien. Arce considera que uno de sus logros es ese. Pero en 14 años de gobierno con control de la Asamblea, un partido que se decía de izquierda, pudo hacer más por reducir la desigualdad que distribuir bonos que salían de un erario nacional hinchado por una bonanza transitoria. Eso era lo fácil. Lo complejo era implantar un sistema estructurado, progresivo y efectivo de impuestos que transfiriese sostenidamente riqueza de los más ricos a los más pobres. 

Pero dejemos nuestro masismo o antimasismo de lado para analizar una cuestión fundamental para el desarrollo del país: sea quien sea que nos gobierne, la desigualdad es  una herida nacional que no deja de sangrar.

Tolerar la desigualdad

Quizá el lector vea los impuestos como parte de las finanzas públicas y que, como a nadie le gusta pagarlos, sería mejor que no existiesen. Pero como argumenta Thomas Piketty en su reciente libro, Capital e ideología, de donde me presto para este artículo, ellos son un poderoso instrumento para disminuir la desigualdad. 

La desigualdad en sus varias formas es un mal universal y es un mal que ha fabricado la propia humanidad. Hombres y mujeres, nacidos libres e iguales, han formado sociedades desiguales y cada vez más desiguales, donde unos tienen muchísimo mientras otros no tienen para comer; donde unos controlan y otros son oprimidos; donde unos tienen privilegios y otros no tienen protección alguna. 

Al análisis de esta cuestión dedica Piketty su libro, donde se traza una historia de la desigualdad para explicarla, describirla y sugerir recetas para moderarla. 

Es válido preguntarse si la desigualdad es mala; no todos están de acuerdo. Pero si lo es, toda sociedad debe plantearse la posibilidad de al menos reducirla a niveles moralmente aceptables. Lo que es aceptable, o no, está asociado a la teoría de la justicia prevaleciente en cada país. Me parece que la cultura boliviana rechaza la desigualdad y su escandalosa persistencia introduce las tensiones sociales que vemos en las calles.

 Gobiernos y  distribución

Parece paradójico que en democracia, donde la mayoría decide las políticas públicas a través de sus representantes, no se implementen más medidas que contribuyan a una menor desigualdad. O los representantes no defienden los intereses de sus representados, o esa mayoría apuesta a la ilusión de la movilidad social; es decir, no a que todos sean igualmente menos pobres, sino a ser ellos un día parte de los pocos ricos. 

Esto no es lo único que explica que los pueblos no voten por partidos que implementen políticas más agresivas de redistribución. Tal vez la razón actual más importante es la segmentación de las agendas electorales según otras prioridades como la religión o la corrupción, la evolución de la agenda de partidos de izquierda, que dejan de ser partidos de trabajadores para ser partidos de intelectuales que persiguen objetivos progresistas. 

Si un comunista puro y duro priorizaba las condiciones de vida de los desposeídos, la agenda progresista apunta a temas de igualdad racial y de género, libertad de expresión, protección del medio ambiente, etcétera; cuestiones todas de gran importancia, nadie lo niega, pero que terminan dejando la igualdad en segundo plano. 

A estas dos izquierdas, pura y progresista, habría que añadir la populista que está más por la fachada, el circo y el poder que por los objetivos de las agendas.

Modelo de distribución

Si bien hay tendencias globales, cada país decide el modelo de distribución de la riqueza que quiere adoptar. La igualdad perfecta no pudo ser alcanzada ni siquiera en la Rusia comunista y cabe a cada sociedad decidir colectivamente qué nivel de desigualdad está dispuesta a tolerar. 

A lo largo de la historia, las sociedades han encontrado la forma de justificar la desigualdad con todo tipo de argumentos, desde que era una división natural entre clero, guerreros y trabajadores, con argumentos religiosos como los de la Teología de la prosperidad, que sostienen que Dios premia al que trabaja, o de teoría económica, que dicen que la desigualdad es un estímulo que conduce a mayor generación de riqueza. Cada uno juzga con su sesgo.

La riqueza no es el único factor en que se evidencia la desigualdad. El medio ambiente, la educación y el género también lo son. Hay personas que viven en lugares de mejor clima, o insalubres, el acceso a la educación está en algunos países limitado por el ingreso y las mujeres, incluso en los países avanzados, solo llegarán a la paridad salarial al final del siglo o después en los centiles más altos del ingreso. 

¿Qué hacer? 

La disminución de la desigualdad es una cuestión de largo plazo que requiere esfuerzos sostenidos de políticas públicas de varias gestiones de gobierno. En esto se parece a la educación, que a su vez es también un instrumento esencial en la reducción de la desigualdad. De ahí la importancia de una educación fiscal gratuita de calidad. Una mejor distribución del ingreso conduce a sociedades más justas, más estables y más productivas. 

La desigualdad es una cuestión fundamental de las políticas públicas a la que el gobierno del MAS le ha dado atención, pero no la suficiente. Se ha avanzado sin duda, pero con menos corrupción, mejores políticas y sobre todo más determinación, se podía haber logrado mucho más. Combatir la desigualdad debería ser una prioridad de todos los gobiernos que de verdad se preocupen con el futuro del país. Nos haría bien política, económica y moralmente.

 

 

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