Ensayo

Sueño de país

El autor imagina una Bolivia del primer mundo, con gobiernos elegidos cada seis meses, con la mejor educación y con un Bolívar campeón de la Champions.
domingo, 13 de septiembre de 2020 · 00:13

Eduardo Berdegué
Escritor

Desperté una mañana alentado por haber soñado que el país parecía haber encontrado su rumbo. La fisonomía de este paisaje llamado Bolivia había cambiado y todo parecía funcionar.

No me llamó la atención que una de las primeras cosas de las que me percaté fue que la Casa del Pueblo había sido convertida en una exclusiva prisión para corruptos, una de varias que conformaban la extensa y sofisticada red carcelaria donde todavía circulaba la moneda corriente a borbotones. Y es que a todos los prisioneros el Estado les pagaba millonarios sueldos para que realizaran un sinfín de labores burocráticas, que éstos utilizaban para seguir haciendo negociados, comerciando favores, estafando y siendo estafados, creciendo y dilapidando entre ellos mismos fortunas que sólo tenían significado al interior de los recintos carcelarios.

En el resto del país, el uso de billetes y monedas había sido totalmente abolido en favor de sistemas electrónicos de pago más seguros y prácticos que, dada la extensa red gratuita de wifi que cubría todo el territorio nacional, fueron rápida y homogéneamente adoptados por todos los ciudadanos sin importar edad, condición social, ni preferencia sexual. De esta manera, se garantizaba el pago de impuestos a las transacciones que solventaban la administración privada de la cosa pública. Porque, cansados de probar por décadas fórmulas desgastadas e inútiles para resolver el país, se vio por conveniente contratar, licitación mediante, la gestión gubernamental a las escuelas de administración pública más prestigiosas del mundo. 

Es así que, con su consabido espíritu competitivo y en un afán de reinventarse tras los estragos causados en sus niveles de admisión de estudiantes por una pandemia, instituciones monumentales como la escuela Kennedy de Harvard, Berkeley y Chicago en EEUU; London School of Economics y Oxford de Inglaterra; ENA en Francia, Escuela del Comité Central en China, la Católica de Chile y hasta la Patricio Lumumba de Rusia, entre muchas otras, ponían su mejor empeño para hacerse cargo de la gestión de alguno de los sectores en pugna. Estas instituciones, a su vez, contrataban servicios específicos como seguridad, salud, educación, sanidad, etcétera a empresas internacionales especializadas en dichos rubros.

La supervisión de este novedoso modelo de administración de Estado estaba a cargo de un ilustrísimo directorio rotativo compuesto por una veintena de hombres y mujeres probos entre premios Nobel, directores generales de las empresas más admiradas del mundo, exprimeros ministros de países nórdicos, y otros que, a distancia en forma remota, daban precisos lineamientos alimentados por permanentes encuestas que, en una suerte de democracia en tiempo real, la mayoría de ciudadanos completaba a diario casi sin darse cuenta mediante el incesante procesamiento de datos obtenidos del registro absolutamente anónimo de sus actividades cotidianas. 

Para la clase política, se construyó un majestuoso Congreso Nacional Ampliado en la localidad de Puerto Estrella, sobre el río Grande en la provincia Ñuflo Chávez de Santa Cruz, centro geográfico del país, a donde obligatoriamente eran trasladados a cumplir funciones congresales todos quienes se sentían presidenciables. 

El calendario electoral establecía elecciones generales cada seis meses, de manera que todos los políticos tuvieran oportunidad de ejercer algún grado de protagonismo desde el cual pudieran poner de manifiesto sin pudor su inalienable derecho a la demagogia. Cuando no en campaña, debían ocuparse de su único, y en tales circunstancias inalcanzable, mandato cual era el de redactar y promulgar una nueva Constitución.   

Dado que la demanda de curules siempre sobrepasaba la capacidad de un Congreso en permanente ampliación, de ahí el nombre, se estableció que paso previo a postular a ser congresista, los interesados debían organizar y participar en sendas marchas de protesta y bloqueos de caminos que eran promovidos y financiados por el Estado. Para este fin se habían creado los llamados Distritos de Expresión Permanente en Achacachi, Eterazama, y otros puntos donde marchistas reclamaban sus caprichos sin interrupción ni pausa. Efectivos del Ejército Nacional, institución que había reemplazado la instrucción militar por la ingeniería, con gran eficiencia se encargaban de reponer destrozos y habilitar caminos para que éstos pudieran ser nuevamente bloqueados en una interminable y catártica manifestación de estupidez humana que atraía a turistas de todos los confines del mundo.

En las escuelas, los niños eran instruidos en las ciencias exactas, historia de la cultura, economía doméstica y presupuesto, y deportes. El calendario escolar duraba seis meses pero los recesos eran intercalados entre grados escolares de manera que mientras una mitad de los estudiantes acudía a clases la otra mitad ocupaba buena parte de su vacación cívica barriendo calles, limpiando plazas, cuidando jardines, plantando árboles, asistiendo a los desvalidos y cumpliendo entre cánticos e inocentes zancadillas una amplia gama de otras labores diseñadas para inculcar el valor del trabajo colectivo y el amor a la patria.   

La educación superior tenía como objetivo preparar a los jóvenes, según sus inclinaciones, para la gestión pública, la gestión privada, o la gestión política. Los primeros aportaban con su talento en la ejecución de las políticas de bienestar definidas por el gobierno contratado, sin otra ambición que la de ayudar a construir un lindo país. Los segundos desarrollaban emprendimientos de toda índole con un bien arraigado sentido de solidaridad y responsabilidad social. Los últimos, por motivos que no se terminaba de comprender, nunca conseguían hacer aportes concretos a la sociedad y siempre se daban modos para, pasando por Achacachi, terminar invariablemente en las inmediaciones de la Plaza Murillo prisioneros de su miope, inútil y fatídica vocación.

En el entendido que el problema de la droga no era el estupefaciente en sí, sino la corrupción y violencia que su ilícito tráfico engendraba, se adoptó un modelo de comercialización abierta propuesto por una nueva generación de Chicago Boys según el cual el producto refinado se vendía en lotes de 5 toneladas directamente a los postores, incluidos los Bancos Centrales de los países más afectados por su consumo. Esta actividad había transformado a buena parte del cuerpo diplomático acreditado en el país en un incansable grupo de techies que, quincenalmente, en forma individual o en combinación con otras delegaciones, pugnaba por ser quienes mayores divisas inyectaran al país en cada subasta.

Una de las manifestaciones más extraordinarias de la fascinación de mundo por Bolivia y su experimento resultó en la invitación que se hizo al Club Bolívar a tomar residencia temporal en Suiza para participar en el torneo local. La suerte, el apoyo entusiasta de la afición y el gobierno suizos, y la fortuna de los propietarios del club que hábilmente fortalecieron su plantel con exquisito talento, llevaron a la Academia a acumular una asombrosa sucesión de victorias hasta alcanzar, para deleite de sus flamantes seguidores esparcidos para entonces por todo el mundo, la final de la Champions. Fue precisamente el pitazo inicial de aquel partido que, en tándem con mi despertador, pusieron punto final a tan auspicioso como absurdo sueño.

 

 

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