Análisis internacional

El nacionalismo en disputa

Es un instrumento que apela a sentimientos -dice el autor- conmueve a las masas, confronta y también une. Todo depende del uso que se le dé.
domingo, 20 de septiembre de 2020 · 00:00

Andrés Rivarola Puntigliano
 Historiador económico y profesor Latinoamérica21

Tras décadas de ser marginado, el nacionalismo está nuevamente de moda. Su demonización fue en gran medida promovida por los grandes exponentes ideológicos de la geopolítica global durante la segunda posguerra. Por quienes pregonaban la ideología liberal, liderada por Estados Unidos, promoviendo valores universales en relación a la democracia y los mercados sin fronteras. Y desde las visiones marxistas, lideradas por la Unión Soviética, desde donde se buscaba la construcción de un socialismo mundial. Ambas corrientes combatían al nacionalismo, considerado como arcaico, elitista, proteccionista, estatista o fascista. 

Los grandes adversarios ideológicos del nacionalismo están hoy en crisis, al igual que la idea de la globalización. Esto abre la puerta al retorno de visiones nacionales, a veces empaquetadas dentro de dimensiones civilizatorias. El objetivo es agrupar sociedades o comunidades más allá de un espacio territorial nacional para fundamentar proyectos de expansión geopolítica. No es que no quieran ser globales, su problema es que carecen de fuerza para serlo. 

En este contexto, intentan reconstruirse desde abajo, proyectándose transnacionalmente en espacios “civilizatorios”. Un ejemplo fue el intento de construir un estado islámico en el marco de una suerte de civilización árabe-musulmana. Otro, es la reconstrucción de Rusia en una dimensión nacional euroasiática o la autoidentificación China como una “estado-civilización”. Son proyectos que buscan ir más allá del formato occidental de estado-nación westfaliano, algo en cierta forma anunciado durante los 90 por Samuel Huntington.

Se tiende a simplificar al nacionalismo como un fenómeno fascista y “populista” ligado actualmente a la derecha estadounidense. La hegemonía global de Estados Unidos está debilitada y la potencia busca recomponer su dominio bajo un nuevo modelo. Por un lado, reconstruyendo su dimensión nacional en el llamado America first. Por otro, conectándolo a una escala global denominada “civilización judeo-cristiana”. 

El nacionalismo no debe ser visto en forma unidimensional. Existe en espacios de “estados nacionales”, así como en proyecciones regionales o globales que se pueden denominar espacios supra-nacionales o de quinta frontera. El sentimiento nacionalista puede ser usado para fomentar rivalidades, así como promover esfuerzos conjuntos valorando el bienestar del compatriota. De ahí que las potencias, busquen ampliar su poder con nacionalismos de quinta frontera. Es una forma efectiva de generar lazos que permiten ejercer formas de “poder blando” o hegemonía cultural. 

El nacionalismo ha sido, y es, también vital para los países en desarrollo ya que genera lazos de solidaridad que facilitan la integración interna en un estado. Una forma de compensar las limitaciones nacionales periféricas es por medio de la integración regional, cuyo éxito a largo plazo depende de la construcción de un nacionalismo de quinta frontera. 

Un tercer aspecto es la conexión del nacionalismo a lo económico. Tradicionalmente se ha criticado desde el marxismo su falta de solidaridad con respecto a perspectivas de clases sociales sin fronteras. Y desde lo liberal se lo ha contrapuesto al homo economicus y la racionalidad de un equilibrio óptimo de las fuerzas de mercado. Pero esta demonización es desigual. Ninguna potencia, desde el surgimiento del sistema capitalista, ha llegado a la supremacía sin medidas proteccionistas justificadas por planteos nacionalistas y civilizatorios. 

Finalmente, el nacionalismo no es un fenómeno de derecha o izquierda ya que lo encontraremos en la imaginación de todos los estados nacionales modernos. Lo vemos en la invocación del “sueño americano”, en las visiones europeas de supremacía civilizacional o en el Ejército Rojo de la gran madre patria. El nacionalismo es un instrumento que apela a sentimientos profundos, conmueve a las masas, confronta y también une. Todo depende del uso que se le dé.

América ha tenido naciones de diferentes dimensiones desde antes de la colonización. A partir de la llegada de los europeos se regeneraron las ideas nacionales y surgió la conexión entre ideas nacionales y proyección global. Quizás, la más potente en este sentido fue la identidad nacional y global católica. Con la independencia hubo un nuevo proceso de imaginación. Surgieron nuevos estados-nacionales y Estados Unidos logró crear un exitoso proyecto de desarrollo económico y unidad. 

En el caso hispanoamericano se construyó lo que Felipe Herrera llamó la nación fragmentada, que buscaba compensar las limitaciones geopolíticas con nuevos lazos supra-nacionales de integración regional. 

Inicialmente Estados Unidos intentó proyectar su dimensión nacional en una quinta frontera americana, creando el panamericanismo. Pero durante el siglo XX éste perdió prioridad ante el proyecto de hegemonía global estadounidense. En la actualidad, el retorno al América primero no es un proyecto continental. La pregunta es si Estados Unidos puede prescindir de esa ambición, tomando en cuenta su pérdida de supremacía y la creciente rivalidad de potencias extranjeras, para actuar en su esfera más interna de poder; el continente americano. 

El viejo nacionalismo estadounidense no es suficiente para generar apoyo ni siquiera a nivel nacional. Si la multipolaridad global continúa y se acentúa su pérdida de poder global, no hay que descartar el retorno de EEUU hacia una nueva búsqueda de cohesión regional. El viejo panamericanismo podría ser un camino a seguir si el América primero hiciera referencia al continente. Pero por ahora no es el caso.

En América Latina, el declive de proyectos de integración regional se produce a la vez que se enfrentan múltiples crisis; económica, pandemia y confrontaciones globales entre EEUU y China. Ante estos desafíos es vital concebir un proyecto de desarrollo nacional conectado a la dimensión regional y global. Pero el éxito de un proyecto regional está ligado a una “comunidad imaginada”, una dimensión nacional de quinta frontera. 

El que América Latina haya perdido la dirección del BID se debe fundamentalmente a una falta de visión sobre el papel del banco y sobre todo de sí misma. Vale la pena recordar las ideas del primer presidente de la entidad, el chileno Felipe Herrera, quien lo veía como “más que un banco”. El BID era el “banco de la integración”, un instrumento de desarrollo del “pueblo continental” latinoamericano en la construcción de un estado común. 

 

 

 


   

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