Análisis internacional

20 años de Operación Sudamericana

Con el fin de la bonanza económica en la región, todos los pilares y los instrumentos de defensa de los DDHH se han debilitado.
viernes, 4 de septiembre de 2020 · 00:00

Pedro Silva Barros
Economista, doctor en Integración Latinoamericana por la  Univer- sidad  Sao Paulo Latinoamérica21

Hace exactamente 20 años se firmó el primer comunicado conjunto de los 12 países de América del Sur. Reunidos en Brasilia el 31 de agosto y el 1 de septiembre de 2000, los representantes decidieron organizar una agenda común para la integración regional. Después de casi dos siglos de independencia para la mayoría de los países de América del Sur, era la primera vez que todos sus presidentes se reunían sin la presencia de otros países.

Fue un hito de integración impulsado por la diplomacia presidencial que dio lugar a la Iniciativa Sudamericana para la Integración de la Infraestructura Regional (IIRSA) y a la Comunidad Suramericana de Naciones (2004). En 2008, nuevamente en Brasilia, estas iniciativas se institucionalizaron con la firma del tratado constitutivo de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) por parte de todos los presidentes de la región, documento que fue ratificado por los parlamentos de los 12 países en los años siguientes.

En el seminario preparatorio celebrado el 2 de agosto de 2000, al que asistió el ex presidente argentino Raúl Alfonsín, el diplomático brasileño Seixas Corrêa, parafraseando la expresión de Juscelino Kubitschek, cuya “Operación Panamericana” de los años 50 dejó legados como el Banco Interamericano de Desarrollo, dijo que el proceso experimentado en esa época podría algún día ser conocido como la “Operación Sudamericana”.

La “Operación Sudamérica”, dirigida por Brasil, se construyó sobre tres pilares: democracia, integración económica basada en un regionalismo abierto y autonomía. Elementos que fueron recordados en los discursos de los presidentes en Brasilia.

El anfitrión Fernando Henrique Cardoso advirtió que en caso de ruptura, o amenaza de ruptura, del orden democrático en cualquier país de América del Sur, los países celebrarían consultas y adoptarían las medidas necesarias para la defensa de la democracia y la protección de los derechos humanos. 

El tercer párrafo del comunicado merece un recordatorio completo. “América del Sur inicia el nuevo siglo fortalecida por la progresiva consolidación de sus instituciones democráticas, por el compromiso con los derechos humanos, la protección del medio ambiente – aplicando el concepto de desarrollo sostenible –, la superación de las injusticias sociales y el desarrollo de sus pueblos, por el crecimiento de sus economías, por el empeño en mantener la estabilidad económica y por la ampliación y profundización de su proceso de integración”.

El programa económico fue impulsado por el éxito comercial del Mercosur y de los bloques subregionales en diversas partes del mundo en el decenio de 1990. El entonces presidente colombiano Andrés Pastrana señaló en la reunión que el comercio dentro de los bloques subregionales había crecido un 17% anual en el Mercosur y un 14% anual en la Comunidad Andina en el período de diez años anterior a la reunión. En el comunicado conjunto se indicaba que a mediano y largo plazo sólo sería posible que los países sudamericanos se integraran más en la economía internacional con la incorporación permanente de innovaciones tecnológicas, lo que aumentaría el valor añadido de las exportaciones y mejoraría la competitividad regional. 

La articulación de las agendas de los países de la región se consideró como la forma más adecuada de negociar el ALCA, considerada en ese momento como inevitable. En el período inmediatamente posterior a la Guerra Fría,  Estados Unidos se consideraba la única potencia mundial. Es sorprendente recordar que el presidente peruano Alberto Fujimori, unos meses antes de dejar el cargo, declaró al término de ese histórico encuentro que se trataba del certificado de nacimiento de los Estados Unidos de América del Sur. Tal vez lo más inusual para los ojos de hoy es que apellidos, tan divergentes y aparentemente incompatibles como De la Rúa, Bánzer, Cardoso, Lagos, Pastrana, Noboa, Jagdeo, Macchi, Fujimori, Venecia, Batlle y Chávez pudieron dialogar en torno a un programa común de interés para todos los países.

En el decenio de 2000, estimulada por el auge de los productos básicos, la región experimentó un período de relativa estabilidad política, crecimiento económico y distribución de los ingresos sin precedentes. Lula da Silva, Uribe, Kirchner, entre otros, mantuvieron las conversaciones.

En los últimos años, con el fin de la bonanza económica, todos los pilares de la Operación Sudamericana se han debilitado. Los instrumentos de defensa de los derechos humanos se han debilitado y la democracia ha perdido entusiasmo. El comercio intrarregional se ha desplomado, las exportaciones de los países de América del Sur se han reprimarizado y el mercado manufacturero de la región ha sido ocupado por China, y no por  Estados Unidos, como se imaginaba en 2000. Algunos países se alinean automáticamente con la política exterior de  Estados Unidos y la frágil estructura de gobierno regional autónomo ya no existe.

La falta de institucionalidad de la integración ha sido costosa y el acervo de la integración se ha perdido. La cartera de proyectos de infraestructura regional que fue actualizada sistemáticamente por los gobiernos ha sido abandonada desde diciembre de 2017. Se han desactivado otros instrumentos sudamericanos que presentaban resultados satisfactorios en áreas de defensa y salud.  

En marzo de 2019, Sebastián Piñera convocó la más reciente reunión presencial de los presidentes de América del Sur. Siete presidentes asistieron y decidieron reemplazar la Unasur por el Foro Prosur. La justificación presentada en los discursos fue que la Unasur sería ideologizada (influencia bolivariana), burocrática (tratado, regimiento) y costosa (40 funcionarios y un presupuesto anual de 11 millones de dólares). 

Después de un año y medio, Prosur ha tenido dificultades para demostrar a qué ha llegado. Se convocaron algunas reuniones de altas autoridades para tratar la Covid-19, pero nunca asistieron representantes de alto nivel de algunos de sus principales países. 

Al parecer, no se dan las condiciones para la continuación de la Operación Sudamericana que permitiría a la región actuar como tercero interesado en la nueva polarización entre  Estados Unidos y China y construir agendas comunes en áreas como el desarrollo de las regiones fronterizas, la financiación y las garantías para el comercio intrarregional, la salud y la defensa. La reunión de hace 20 años, sin embargo, no puede ser olvidada.

 

 

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