Caso estupro

Nadie sabe lo que es ser Evo

Se sabe mucho del político, pero poco del ser humano que está detrás de ese rostro, y no hemos visto casi nada bueno; todo lo contrario.
viernes, 4 de septiembre de 2020 · 00:00

Jorge Patiño Sarcinelli
Matemático y escritor

En la película de Fritz Lang M, el vampiro de Dusseldorf, un asesino de niños que aterrorizaba una ciudad es acorralado por hombres del hampa que organizan un juicio. En su defensa el asesino dice: “Nadie sabe lo que es ser yo, nadie sabe el tormento que es no tener control sobre el mal que me domina”. 

La película no quiere exculparlo, sino arrojar una luz sobre la oscuridad sicológica de la patología. “De cerca nadie es normal”, dice Caetano Veloso. Todos tenemos defectos que nos llevan a hacer cosas destructivas para nosotros o para los demás. Para los primeros cabe la lástima, para los segundos el castigo de la ley.

El lector ya ve a dónde quiero llegar, pero antes de entrar en la complejidad del tema, es importante despejar lo que debe quedar claro. En Bolivia, la ley dice que un adulto que tenga relaciones sexuales con una persona de menos de 18 años comete un delito. En concreto, si Evo Morales ha tenido relaciones con Gabriela, con Noemí u otras antes de que cumplieran esa edad, debe ir a la cárcel. Así de sencillo.

Un poderoso es difícilmente visto y juzgado en su desnudez humana. Aceptado ese aspecto delictivo del comportamiento del Evo, ¿somos capaces de dejar de lado la aversión que provoca su figura? ¿por este delito, por la corrupción y el abuso del poder, o incluso en algunos por racismo? ¿y ver al ser humano? Ni el ser más despreciable merece ser deshumanizado, ni en la condena.

Evo es odiado o adorado según a quién preguntemos y por eso es difícil poner de lado a la figura política, con todo lo que representa, y ver “sin un velo de resistencia” –como dice Krishnamurti– al ser humano en su desgraciada realidad, a ese próximo que la religión nos manda amar y perdonar. Sospecho que, así como unos que se dicen demócratas lo ven como una bestia, muchos que se dicen religiosos ven a este semejante demasiado poco semejante para ser amado.

Sabemos mucho del político Evo, pero poco del ser humano que está detrás de ese rostro que hemos visto demasiadas veces, y en ese poco no hemos visto casi nada bueno; todo lo contrario. Vimos un hombre mezquino, que no tiene amigos, astuto pero de pocas luces, quizá acomplejado debajo de su soberbia, mentiroso, misógino, rencoroso –el gesto del rodillazo lo pinta entero– y ahora a la afición por las jovencitas se suma, si damos crédito a la noticia, quizá la pederastia. 

La baja calidad moral de una persona que fue elegida para gobernar el país durante 14 años, además de ser una vergüenza nacional, siempre ha planteado difíciles dilemas a sus admiradores con brújula moral, quienes tenían que elegir entre quererlo a pesar de sus defectos –dizque propios de la realidad nacional– o ignorarlos atribuyéndolos a la mala leche de la prensa y la oposición. 

A medida que se confirmen las denuncias de los estupros cometidos por el Evo, sus admiradores deberán estirar sus excusas a extremos ilógicos o simplemente justificar ya no una admiración sino una utilización de su figura popular en nombre de un proceso cuyos objetivos van más allá de la personalidad de un líder pasajero, pero en este momento insustituible. 

Stalin y Hitler, para nombrar dos líderes que han sido reconocidamente malos tipos, también despertaron admiración entre sus seguidores. De lo contrario no hubiesen llegado donde llegaron, aunque el caso de Stalin es más complejo. Pero grandes líderes no son necesariamente buenas personas. De Franklin Roosevelt decía Isaiah Berlin que era “inescrupuloso, cruel y cínico”, y si creemos a Orwell, ni Gandhi se libra de una crítica a su calidad moral por su capacidad de amar a todos sin amar a nadie. 

Un líder no es un santo (aunque a veces puede ser un mártir), y lo que distingue a los grandes líderes no es la ausencia de defectos de cualquier tipo –la perfección solo existe en los panegíricos– sino la compensación de esos defectos con grandes virtudes. El análisis caso a caso de los ejemplos mencionados lo dejo a la eutrapelia del lector, pero en el caso del Evo, que es el que nos ocupa, uno se pregunta ¿qué grandes virtudes tiene? No las vimos. 

Aunque desde el punto de vista legal, las relaciones sexuales que haya tenido Evo con jóvenes menores de 18 años, son en Bolivia indiscutiblemente un delito por el que deberá ser juzgado, debemos temperar nuestro espanto moral por ese gusto, pues se trata de una condena propia de un tiempo y lugar; no un absoluto moral atemporal.

Antonio Machado se casó con Leonor cuando ella tenía 15 años, y Gauguin con Teha’amana cuando ella tenía 13 y tuvo un hijo poco después. Escribir poesía o pintar cuadros no exime de delitos, pero en la España de Machado era permitido casarse con una mujer de 15 y en la Tahití de Gauguin no había ley al respecto. Quizá mañana en la República del Chapare sea así, como quiere María Galindo. Los umbrales y los códigos morales cambian.

Este aspecto no es trivial, pues si bien todas las legislaciones protegen a las niñas, el umbral que hace que una adolescente pueda casarse y tener relaciones sexuales varía de país a país y ha cambiado con el tiempo. Los 18 años es hoy la edad mínima más común en el mundo, pero hay países que mantienen los 14, algunos con la autorización de los padres como requisito. 

En Bolivia el límite es 18, pero sabemos que la actividad sexual de las mujeres comienza antes. En la mayoría de los países la edad promedio de la pérdida de la virginidad está entre los 16 y 17 años. Es decir, son sanamente deseadas antes de los 18 por jóvenes como ellas. El gusto del Evo por las jovencitas, además del aspecto legal y de la indecorosa diferencia de edad, es condenable por usar el poder para “obtenerlas”. Otro ángulo sórdido de su carácter. 

Lo que la película de Fritz Lang nos quiere mostrar es que dentro de la jaula de todo comportamiento patológico hay encerrado un hombre que no puede ser otro que el que es. Se suele decir que una persona está presa en un cuerpo. Más compleja porque es invisible, indescifrable y tal vez incurable, es la prisión en la que vive el yo, encerrado en eso que somos y no podemos dejar de ser de la cuna a la sepultura.  “No puede con su carácter”, decimos de alguien para expresar walaychamente esas ataduras.

Los que creen en el libre arbitrio niegan que alguien no pueda resistir cualquier tentación. De hecho, vivir en sociedad exige discriminar las tentaciones a las que “debemos ceder antes de que huyan” , como dijo Oscar Wilde, de aquellas en las que no podemos en ningún caso caer sin pecar mortalmente o delinquir.

No elegimos nuestros deseos, pero tenemos la obligación moral de reprimir los dañinos. Un hombre poderoso pierde la capacidad de discriminar y no tarda en creer que todos sus deseos, hasta los más chuecos, no solo son órdenes, sino que pertenecen al reino de la excepción aceptable. Nadie le dice lo contrario, hasta que cae. Evo no será el primer líder cuya imagen revienta con el golpe de la caída. Lo que sigue no huele bien.

 

Sobre la última encuesta de Página Siete

Si usted es de los que necesita estar bien informado, puede acceder a la encuesta electoral completa de Página Siete, suscribiéndose a la aplicación PaginaSietePro que puede descargar de App Store o Google Play

 


   

115
9