Legado

Recuento de daños tras el paso del cataclismo Trump por Estados Unidos

Donald Trump termina su mandato dejando un legado cuestionable. Estados Unidos es ahora menos poderoso, menos influyente, menos respetuoso de los derechos humanos y más polarizado. Pero, sobre todo, deja daños en la institucionalidad de su país y en la gestión de la pandemia y del cambio climático.
domingo, 17 de enero de 2021 · 05:02

Mery Vaca periodista

 

La mañana de Reyes, el todavía presidente Donald Trump le dio a Estados Unidos y al mundo el peor de los regalos: promover y alentar la toma del Capitolio, el corazón mismo de la democracia liberal no solo de aquel país, sino del mundo occidental.

Cuando sus adherentes asaltaron la cuna de la democracia rompiendo vidrios, ventanas, puertas y posando los pies sobre los escritorios de los máximos líderes legislativos de aquel país, también rompieron las ventanas, los vidrios, las puertas y los diques de la institucionalidad democrática de aquel país. La pregunta, dice el diplomático e internacionalista Gustavo Fernández, es si no atentaron también contra sus cimientos.

Eso, sólo el tiempo lo dirá. Por ahora, el disruptivo presidente Donald Trump termina su mandato dejando un legado ignominioso: su país es ahora menos poderoso, menos influyente, menos respetuoso de las instituciones y de las leyes, está más polarizado y más confrontado. No solo eso, sino que su sociedad tendrá que convivir con la exacerbación del racismo y el irrespeto a los derechos humanos del otro, llámense personas afroamericanas o migrantes de todas las latitudes. Eso, sin contar el negacionismo frente al cambio climático y la pandemia.

La otra pregunta es si los futuros gobiernos, empezando por el de Joe Biden, podrán recuperar el terreno perdido y si Estados Unidos volverá a erigirse como el ejemplo de las democracias del mundo. La excanciller Karen Longaric considera que sí.

En 2018, los politólogos estadounidenses y profesores de Harvard, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, escribieron el célebre libro titulado Cómo mueren las democracias. Ellos respondieron esa pregunta citando los ejemplos de varios países gobernados por populistas autoritarios aplicando un test ideado por el académico Juan Linz, que cita cuatro rasgos para detectar a un político autoritario: 1) rechaza, ya sea de palabra o mediante acciones, las reglas democráticas del juego, 2) niega la legitimidad de sus oponentes, 3) tolera o alienta la violencia o 4) indica su voluntad de restringir las libertades civiles de sus opositores, incluidos los medios de comunicación. Está claro que Donald Trump da positivo en los cuatro ejes del test y, por tanto, ahora los estadounidenses saben cómo muere o cómo podría morir una democracia: la suya.

Tanto Levitsky como Ziblatt, en aquel libro, pudieron analizar el primer año del gobierno de Trump y advirtieron que si se infringen las normas se pone en peligro la democracia. “Comportamientos que en el pasado se consideraban inconcebibles en la política estadounidense, cada vez resultan más concebibles. Y aunque Donald Trump no acabe por derribar los guardarraíles de nuestra democracia constitucional, ha incrementado las probabilidades de que un futuro presidente lo haga”.

Trump no pudo derribar los guardarraíles de la democracia, pero estuvo a punto, al negarse a reconocer los resultados electorales que le dieron el triunfo a Joe Biden, al interponer una serie de demandas judiciales que fueron rechazadas contra los comicios y al promover que sus seguidores tomen por asalto el Parlamento. Ese es el principal legado de un presidente que no pudo superar el medio término, pero que, aunque perdió por siete millones de votos, 74 millones de estadounidenses votaron por él, lo que significa que su apoyo popular es fuerte.

Trump es el presidente número 45 de Estados Unidos y se podría decir que deja una honda huella en la sociedad de su país, pero él también se lleva una: es el primer mandatario en ser sometido dos veces a un juicio político, el primero por la trama ucraniana y el segundo, que acaba de ser aprobado por la Cámara de Representantes, por “incitación a la insurrección”, es decir, por el asalto al capitolio, que estuvo precedido de un violento discurso suyo, que fue alentado mientras sucedía y que fue justificado cuando concluyó.

Esto demuestra, según Gustavo Fernández, que Trump es apenas el síntoma de algo más profundo. No es Trump, es Estados Unidos el que hierve como una olla de presión.

“Es el síntoma, la expresión de algo mucho más profundo en EEUU, de una sociedad polarizada y confrontada, confrontada en varios niveles”, dice Fernández y cita, como ejemplo, a los estados azules de los demócratas contra los estados rojos de los republicanos; a los grandes centros metropolitanos identificados con los demócratas y la periferia rural fiel a Trump. “Muestra a una sociedad en convulsión, uno se fija en el personaje y no en los factores que expresan a una sociedad que está en movimiento”, señala el especialista en política exterior.

La excanciller Longaric opina que Trump “es un producto de la polarización y la división de la sociedad norteamericana y contribuyó a mayor polarización y mayor división”.

Fernández considera que luego de cuatro años de destrucción sistemática del sistema institucional, “la posición internacional (de EEUU) ha quedado seriamente afectada, no es solo la imagen, es un problema de peso, y autoridad como potencia”. Pero, también sugiere no perder de vista que EEUU, luego de cuatro años en los que Trump erosionó la base del sistema, no logró derrumbarlo, lo que prueba la fortaleza del mismo. Y, si bien se ha producido una declinación de esa nación en diversos ámbitos de política exterior, “esa declinación es relativa, EEUU no deja de ser una gran potencia económica, y con una muy fuerte capacidad de reacción”.

En la misma línea, Longaric vaticina que la presidencia de Biden será el punto de partida para el reencauzamiento de ese país. “No cabe duda que este hecho del Capitolio marca un antes y un después en la política norteamericana, pero creo que el presidente Biden va a bajar las tensiones internas de su país con un espíritu de reconciliación y una política alejada de los extremos”, dice la excanciller, durante cuya gestión Bolivia retomó el acercamiento con EEUU y aclara que lo hizo no en función a las personas, sino a la necesidad de que Bolivia se relacione adecuadamente con la potencia mundial.

Pero veamos qué deja Trump como legado en algunas áreas claves de la política interna e internacional.

Ataque al multilateralismo

Tanto Fernández como Longaric coinciden que en el principal rasgo de la política exterior de Trump fue su ataque al multilateralismo.

Fernández resume que “la política de Trump fue antiglobalizadora, contra el multilateralismo, contra las alianzas históricas de EEUU en la OTAN, en Europa, alentó el Brexit para destruir a la Unión Europea, fue un declarado adversario de Naciones Unidas, se retiró de la Organización Mundial de la Salud y puso dificultades en la Organización Mundial de Comercio”. 

Y remata diciendo que “fue más amigo de los dictadores que de los demócratas, se aproximó primero a China, luego rompió con China, primero en el plano comercial luego en el plano político. Ha estado moviendo las aguas en Taiwan y en el Medio Oriente alentó a Israel contra los palestinos, mientras que en América Latina quiso reponer abiertamente la doctrina Monroe y recurrió al chantaje comercial para colocar a México de lado de su política migratoria”.

Longaric considera que el mandatario “desde un principio mostró una enorme desconfianza e inclusive aprehensión por el multilateralismo, fue así que criticó y amenazó con retirar a EEUU de organismos multilaterales, como la OMC, y también en el área comercial mostró su desconfianza hacia la globalización y hacia los tratados de libre comercio, mostrando un proteccionismo opuesto a la política liberal de EEUU”.

En su opinión, estas medidas “aislaron a EEUU, crearon desconfianza en sus aliados y posibilitaron un reposicionamiento de China como actor político económico global y de Rusia como actor político”.

 

Confrontación interna

A nivel interno, Trump alentó la confrontación de la sociedad estadounidense, respaldando a los grupos supremacistas blancos, lo que degeneró en la exacerbación del racismo y, por consiguiente, provocó gigantescas protestas ciudadanas en contra de la represión policial, sobre todo con los afroamericanos. Los migrantes también sufrieron el duro embate de la presidencia de Trump.

Longaric considera que “hubo violaciones a DDHH a los migrantes en las fronteras, por ejemplo, por la separación forzada de las familias, como muchísimas organizaciones de DDHH así lo denunciaron. Si bien es cierto que es una potestad soberana de los Estados dictar medidas migratorias, sin embargo, para esos efectos se deben utilizar procedimientos respetuosos con los DDHH”.

Y, a nivel interno, decíamos más arriba que Trump socavó la institucionalidad no solo por haber desconocido los resultados de las elecciones, sino por una política constante de saltarse las normas y de querer influir en otros poderes.

En ese plano, Fernández recuerda que Trump “nombró jueces federales y magistrados de la Corte Suprema de visión claramente conservadora en los temas culturales, en el tema del aborto, además de rebajar impuestos, con lo que alentó a los grupos poderosos de EEUU”.

 

Pandemia y clima

Uno de los rasgos que caracterizaron al gobierno de Trump fue el negacionismo ante problemáticas de importancia global, como la pandemia del coronavirus y el cambio climático.

Estados Unidos tuvo una gestión desastrosa de la pandemia, tal es así que hasta ahora más de 23 millones de estadounidenses se contagiaron con la enfermedad y los muertos ya casi llegan a los 400 mil. Y Trump, con su actitud displicente frente a la crisis sanitaria, tiene mucho que ver. Llegó a sugerir que había que inyectarse desinfectante para combatir la Covid-19 y cuando se contagió, se quitó el barbijo como símbolo de rebeldía ante la crisis.

Con la gestión de la crisis climática tuvo un papel también desastroso, tal es así que sacó a Estados Unidos del Acuerdo de París y se la pasó negando que el cambio climático exista.

Así concluye la presidencia de un Trump que usó la mentira como su arma política más importante y que ahora debe enfrentar un nuevo juicio. De ser declarado culpable, la Cámara de Senadores puede votar por su inhabilitación para asumir cargos públicos, lo que lo dejaría fuera de la carrera electoral de 2024. Hasta los republicanos podrían votar en su contra para deshacerse del controvertido magnate que llegó a ser presidente.

“Todas esas cosas hacen que EEUU tenga que arreglar su casa, este (la presidencia de Trump) fue un cataclismo que rompió los muebles, los vidrios y mostró las fisuras en las paredes y no sabemos hasta qué punto afectó los cimientos del sistema”, concluye el excanciller Fernández.

Indiferencia con Morales y amistad con Añez

El Gobierno de Donald Trump mantuvo una especie de indiferencia con el gobierno de Evo Morales y, en cambio, respaldó políticamente al gobierno de Jeanine Añez.

“El gobierno de Evo Morales nunca llegó a entrar en la lista de los enemigos de Trump”, dice el diplomático Gustavo Fernández y reflexiona que esa categoría fue dada en cambio a Venezuela, Cuba y Nicaragua, en el denominado eje del mal. 

En cambio, tuvo una relación cercana con el gobierno de Añez, durante la gestión de la excanciller Karen Longaric. Ella aclara que “el acercamiento a EEUU no ha sido en función a la administración de turno, sino en función a los intereses de Bolivia”. Explica que había la necesidad de restablecer las relaciones con la primera potencia mundial porque “viene a ser uno de los principales mercados para nuestras exportaciones no tradicionales”.

Si bien durante el gobierno de Morales, Bolivia no rompió relaciones con Estados Unidos, el embajador de EEUU fue expulsado, provocando la misma reacción de EEUU hacia Bolivia. Sin embajadores, las relaciones se fueron enfriando, sobre todo por los constantes ataques de Morales al imperio.

El gobierno de Añez no pudo nombrar embajador permanente en ese país ni en ningún otro porque no tenía control del Senado, pero, según Longaric, las relaciones fueron normalizadas  y destaca el acuerdo logrado para que Bolivia ingrese al programa América Crece.

No sólo eso, sino que varios funcionarios del gobierno de Trump visitaron Bolivia durante el gobierno de Añez y Longaric sostuvo una reunión con el secretario de estado de EEUU, Mike Pompeo, algo que ella califica de inusual, “como un mensaje de apoyo y la necesidad de restaurar y fortalecer nuestras relaciones”.

La pregunta ahora es cómo serán las relaciones entre el gobierno de Luis Arce y de Joe Biden. Sólo como contexto, Fernández dice que el gobierno argentino de Alberto Fernández está buscando una relación más amistosa con la nueva administración norteamericana. A su vez,  Alberto Fernández ejerce fuerte influencia en Arce.

 

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