Ecuador, Argentina y Bolivia

La tentación del liderazgo delegado

En los últimos dos años se observan en la región gobiernos surgidos de una transferencia de poder y cargo, pero no de autoridad.
domingo, 24 de enero de 2021 · 05:00

Diego M. Raus
Latinoamérica21

Se le atribuye al expresidente de Brasil Fernando Henrique Cardoso, en un reportaje periodístico, la frase por la cual señalaba que, a nivel de gobiernos, se podía transferir el poder y el cargo, pero no se podía transferir la autoridad.  

Es de imaginar que Cardoso se refería a que los gobiernos se legitiman en la capacidad de mando, de toma de decisiones y, por último, de la eficacia de esas decisiones. Y parte de esa eficacia tiene que ver con el ejercicio de la autoridad y el consenso mayoritario a dicho ejercicio. 

Pues bien, en los últimos dos años se observan en la región gobiernos surgidos de una transferencia de poder y cargo, pero no de autoridad. La pregunta consiguiente sería si, esta modalidad de instituir gobiernos, es eficaz en dar respuestas políticas y si esa eficacia implica construcción de consensos sociales. 

En las elecciones de 2017 en Ecuador, la candidatura del partido gobernante PAIS, estuvo encabezada por el ex vicepresidente de Rafael Correa, Lenin Moreno. Si bien el líder indiscutido de esa fuerza política era Rafael Correa, quien había llevado dos gobiernos consecutivos (2007-2017) con múltiples reformas de signo progresista, para no alterar el entramado institucional forzando una reforma constitucional que lo habilite a presentarse por tercera vez, cedió la candidatura en Moreno. Moreno ganó la presidencia de Ecuador y asumió en 2018. Las políticas y las reformas del período anterior, salvaguardadas.

En 2019 en Argentina, por la crisis económica producida por errores importantes del gobernante Cambiemos en la figura presidencial de Mauricio Macri, la oposición peronista, devenida en su núcleo mayoritario en kirchnerismo, ve la oportunidad de recuperar el poder. Pero en un tablero político que analistas y medios habían sintetizado como: “Con Cristina no alcanza, sin Cristina no se puede”. 

Es decir, la candidatura directa de Cristina Fernández de Kirchner generaba rechazos importantes a nivel electoral, pero sin el kirchnerismo era imposible recuperar el poder. En una hábil jugada la expresidenta cede la candidatura presidencial en Alberto Fernández, exjefe de gabinete en la primera etapa del Kirchnerismo, luego fuerte opositor. Alberto Fernández, candidato del Frente de Todos, gana la elección de 2019.

En 2015 en Bolivia, el presidente Evo Morales, inhibido constitucionalmente de ser nuevamente candidato en 2019, fuerza un referendum nacional que le es adverso por estrecho margen. Ante esa situación, presiona al Tribunal Electoral, que falla que inhibir una nueva candidatura de Morales constituiría una violación de su derecho humano a presentarse. 

Esa situación polarizó al país, implicó fuertes protestas en las elecciones de octubre de 2019 cuando el Tribunal Electoral certificaba la victoria de Morales. El corolario de esas protestas violentas fue la salida del país de Morales, una presidencia transicional encabezada por la oposición al MAS, y las elecciones de 2020. Contra todos los pronósticos el MAS triunfó holgadamente, pero teniendo Evo Morales que delegar su candidatura en su exministro de economía Luis Arce. 

Desde principios de 2019, Lenin Moreno, ya aliado al establishment económico de Ecuador y, por ende, habiendo roto lazos con el correismo, al punto de enjuiciar al expresidente por corrupción, entra en negociaciones con el FMI. Por imposición del organismo multilateral, el presidente anuncia en octubre de ese año un paquete de reformas económicas de carácter neoliberal, lo que desata violentas protestas populares a lo largo y ancho del país. 

La posibilidad de sofocar esa protesta residió en dar marcha atrás con alguna de las medidas del paquete y volver a replantear los acuerdos con el FMI. Una situación y la otra quebraron definitivamente la capacidad presidencial tanto para sus nuevos aliados como para las bases correistas. La debilidad del gobierno de Lenin Moreno le impide hasta ahora una agenda propia que solo el año pandémico logró disimular. 

El inicio del período presidencial de Alberto Fernández en Argentina (asume en diciembre de 2019) estuvo signado por el inicio de la pandemia. Pero pasada la mitad de año, y en un contexto de crisis económica y social aumentado por la pandemia, el país vivió varias situaciones de decisiones políticas del gobierno que inmediatamente eran modificadas. Con intencionalidad, analistas y medios coinciden en que esas modificaciones obedecían a “vetos” de la vicepresidenta Cristina de Kirchner. Asimismo, en declaraciones periodísticas respecto a situaciones emanadas de los anteriores gobiernos kirchneristas, el presidente afirmaba cosas que anteriormente había condenado. 

Al día de hoy, este vaivén del presidente articuló a una oposición derrotada hace un año, lo enemistó con decisivos grupos de poder a la vez que no le significó un reconocimiento del kirchnerismo. Su imagen presidencia cayó en picada en los últimos tres meses.

En Bolivia, Luis Arce asumió la presidencia a fines de 2020. Evo Morales, exiliado en Argentina, retornó triunfante a Bolivia, prometiendo no inmiscuirse en las decisiones del nuevo gobierno del MAS. Sin embargo, en estos días y ante la inminencia de elecciones departamentales y municipales, la estructura política del MAS se empezó a dividir ante, según denuncia el oficialismo, la decisión centralizada e inapelable de Morales en la confección de las listas oficialistas. El derrotero de un gobierno recién asumido y acechado por la fortísima oposición de todos los factores de poder, es incierto. 

Volvamos a la frase de Cardoso. América Latina, región siempre convulsa y donde los cambios políticos son siempre movilizantes, desestructurantes del status quo y generalmente conflictivos, tiene la particularidad de ofrecer ciertos denominadores comunes entre sus países, más allá de la problemática específica de cada uno de ellos. 

Es posible plantear que esta cuestión del poder delegado, por la razón que sea en cada país, no es privativo de un solo país-situación. Y también plantear, –la evidencia de la coyuntura actual lo está demostrando– que en una región donde el liderazgo fuerte siempre fue la moneda política más valiosa, la delegación de la autoridad presidencial está generando más problemas que los que ese mismo acto de delegación quiso evitar.

 

 

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