Matasuegra

Los títeres no tienen sentimientos

domingo, 24 de enero de 2021 · 05:00

Willy Camacho
 Escritor

“Así como nosotros aguantamos un gobierno de facto y resistido un gobierno de facto hasta recuperar la democracia. Hoy nos toca aguantar y resistir el coronavirus y hasta vencer y recuperar la salud del pueblo boliviano”, dijo recientemente el presidente Luis Arce Catacora.

La oratoria no es lo suyo. Es un hombre que seguramente sabe mucho de números, pero poco de palabras. Y eso no está mal, cada quien tienen sus talentos y no tiene porque ser diestro en todo. Pero, cuando se es autoridad, y más aún la principal autoridad del país, hay que tener cuidado con las declaraciones.

Eso es lo que constantemente se le reclamaba al expresidente Morales. Claro, se lo reclamaba una parte del país. A otros les resultaba indiferente, y también estaban los adláteres, esos y esas que celebraban cualquier chiste de mal gusto, el disparate ofensivo, la pachotada iracunda, el llamado a la violencia.

No deja de ser una triste realidad lo que expresa el presidente: debemos aguantar. Es que un país como el nuestro no tiene otro camino que no sea el del aguante. Nunca dejamos de ser tercermundistas, pese a que nos prometieron convertirnos en la Suiza de Latinoamérica. Obviamente, el presidente Arce no dirá que solo nos queda aguantar porque en los 14 años que gobernó su partido, el dinero fluyó hacia todos lados, menos hacia la salud y la educación. Y eso no me sorprende, cualquier político haría lo mismo. De hecho, lo lógico es que le eche la culpa al gobierno, de menos de un año, de Jeaninne Añez.

Es que también hay que reconocer que Añez y su entorno le dejaron a don Lucho todo servido para que él pueda lavarse las manos y culpar a su predecesora. Si hubiese sido un gobierno de transición y hubiera durado los tres meses necesarios para realizar elecciones, otra sería la historia. Pero bueno, de nada sirve llorar sobre la leche derramada.

No obstante, la comparación que expresó el presidente peca de absurda y grotesca, además de indolente. Es como si yo fuera a la sala de oncología infantil y les dijera a los niños: “Así como yo he aguantado la gripe que me dio el año pasado, ustedes deben aguantar el cáncer”.

Hasta donde sabemos, Luis Arce, Evo Morales, García Linera y otros, no tuvieron que “aguantar” gran cosa, vivieron fuera del país a cuerpo de rey. Claro, no gozaron de los privilegios que hasta entonces habían tenido durante 14 años, pero de ahí no pasó. Ya lo que sigue es absurdo: hablar de gobierno de facto, cuando fue un gobierno constitucional, legitimado por la enorme bancada masista en el legislativo. Y hablar de recuperar la democracia raya en lo cínico, pues precisamente los atentados contra la institucionalidad democrática realizados por su partido fueron los que nos condujeron a una situación límite que se zanjó con la renuncia de Morales.

En fin, tampoco me sorprende, porque se trata de la narrativa que los asesores han ideado y que pretenden instaurar a toda costa. Por eso, vuelvo a lo primero: la comparación fue odiosa e indolente. Más cuando viene de alguien que hace unos años enfermó y, en vez de “aguantar”, se fue del país para hacerse un tratamiento en un país donde el Estado seguramente sí ha invertido en salud.

Aprovecho para una digresión. Acabo de ver la serie The Crown, que básicamente cuenta la historia de la familia real británica, desde la coronación de una jovencita reina Isabel. Bueno, el caso es que, en un capítulo, se ve cómo el gobierno y la Corona le piden al pueblo de Gran Bretaña que aguanten la dura crisis económica, y la familia real discute eso mientras son atendidos por una decena de mayordomos en una mesa colmada de manjares. Es que es fácil pedir que el pueblo aguante, cuando el que pide eso no está sometido a las carencias del pueblo.

No es cuestión de ideología, es pragmatismo puro, combinado con cinismo e inconsecuencia. Eso se aprecia en Evo Morales, que tras enfermar de covid, se internó en una clínica exclusiva de Cochabamba y fue atentado por una junta médica, mientras el pueblo tiene que aguantar haciendo filas en la calle y muchos no llegan a ser ni siquiera vistos por una enfermera.

Vuelvo a The Crown. En la serie se muestra que la reina, pese a ser la mujer más rica y poderosa del mundo, en realidad, no puede tomar ni siquiera decisiones familiares. En todo momento, sus asesores le cortan las alas, y ella termina comprendiendo que su rol es prácticamente decorativo. Inevitablemente, pienso en Luis Arce y su destino. Llegó a la presidencia tras una gran campaña, logrando una votación sorpresiva incluso para los más optimistas de su partido, pero, en realidad, estar en el Palacio no le da el poder. Apenas pudo designar algunos miembros de su gabinete, la mayoría fueron designados por Morales y su entorno, que siguen manejando los hilos del Estado.

Y la pregunta es: ¿Hasta cuándo aguantará Arce? Por qué algo de dignidad debe tener, espero. Algún momento se tendría que cansar de ser un títere, una pantalla, un presidente subalterno, incluso descartable. En su posesión habló de unir Bolivia, de sanar heridas, de gobernar para todos, pero poco a poco ha vuelto al discurso polarizador y constantemente él y sus ministros hacen absurdas comparaciones con el gobierno de Añez, siguiendo las directrices de su predecesor, líder y padrino.

Dice, por ejemplo, que está haciendo lo que “el gobierno de facto” no pudo, comprar pruebas para detectar el virus. Pues sabemos bien que cuando se disparó la pandemia no había pruebas en el mercado internacional, lo cual cambió radicalmente. Hablar de 600 mil pruebas en este momento es una burla. Mínimo deberían haber comprado 6 millones de pruebas, para alcanzar a la mitad de la población. Y ni que decir de las vacunas. Anuncias con mucha bulla la compra de 5 millones, que solo llegarán a 2,5 millones de personas (son dos dosis por cabeza), ¿y los otros 9 millones de bolivianos y bolivianas? Ah, me olvidaba: ¡que aguanten!

En medio de tanto dolor que embarga a las familias bolivianas, incluida la mía, pedir aguante es, más que indolente, inhumano. Pero claro, qué humanidad se puede esperar de un adorno.

 

 

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