Racionalismo, cultura política y problemas de identidad

La crítica a las izquierdas es indispensable porque a través de ella se puede comprender la magnitud y la intensidad de la cultura política autoritaria, sostiene el autor.
domingo, 31 de enero de 2021 · 05:00

H. C. F.  Mansilla Filósofo y escritor

   Con urgencia necesitamos una izquierda moderna, democrática, tolerante, pluralista y dialogante, que comprenda a los otros, es decir, a sus oponentes, una  izquierda abierta al uso de la razón para analizar y solucionar problemas políticos, una izquierda favorable al Estado de derecho y a perspectivas éticas que superen el cinismo consuetudinario y la indiferencia moral que han sido inherentes a las revoluciones soviética, china y cubana y que no han estado ausentes en los procesos bolivianos de reforma radical. 

Esto es muy importante, porque la izquierda boliviana en muchas de sus variantes es extraordinariamente vigorosa, popular y bien enraizada en la mentalidad general del país. Sin su apoyo, el país y la sociedad no cambiarán. En Bolivia la izquierda es muy pobre en el terreno de la producción teórica, pero muy fuerte en la captación de masas, hábil para el reclutamiento de funcionarios e indudablemente exitosa en la manipulación de la opinión pública.

   Muchos intelectuales de izquierda, en todas sus formas de manifestación, están todavía contra un orden social abierto, moderno y pluralista. Como dijo el destacado historiador mexicano Enrique Krauze, estos intelectuales se parecen mucho a los obispos católicos del siglo XIX: son provincianos y pueblerinos, y también dogmáticos, arrogantes y se creen los únicos depositarios de la verdad histórica. 

Aquí está el principal problema de las fuerzas de izquierda en su configuración actual: no son conscientes de los peligros y las consecuencias que entraña un orden autoritario. A los intelectuales progresistas les falta igualmente la virtud de la ironía, que es, entre otras cosas, la capacidad de cuestionar las convicciones propias más profundas y verse a sí mismos con algo de distancia crítica. 

   Por otra parte Rafael Archondo habla de la “indulgencia apabullante” que los cronistas y analistas progresistas emplean cuando se refieren a los hechos y los errores de la izquierda, indulgencia que asimismo abarca fenómenos como el surgimiento de élites privilegiadas, el desprecio del Estado de derecho y el fomento del narcotráfico y otras actividades ilícitas. 

Para la mayoría de nuestros intelectuales de izquierda no ha existido el totalitarismo de la Unión Soviética bajo Stalin o de la China en la época de la Revolución Cultural. Ellos prefieren ignorar asuntos como Cambodia bajo Pol Pot, Corea del Norte desde la instauración de la dinastía Kim o Cuba durante la dictadura de los hermanos Castro. Los intelectuales progresistas no quieren percatarse de que a menudo los regímenes izquierdistas y populistas han resultado ser un remedio peor que la enfermedad socio-histórica que pretendían curar. 

   Se puede afirmar, con cierta cautela, que en Bolivia los intelectuales no se interesan efectivamente por los derechos de terceros, por los problemas del medio ambiente o por una educación moderna, racionalista y democrática. La crítica de las izquierdas es indispensable porque a través de este esfuerzo podemos acercarnos a comprender la magnitud y la intensidad de la cultura política autoritaria, que lamentablemente todavía predomina en el país. 

La crónica de los últimos años en Bolivia nos han recordado la vigorosa persistencia de valores tradicionales, que van desde el machismo cotidiano hasta la irracionalidad en las altas esferas burocráticas. Las consecuencias son muy variadas: la pervivencia de una burocracia muy inflada y poco productiva, el saqueo irracional de los bosques y de otros ecosistemas naturales, la improvisación en todos los ámbitos y el pensar permanente en el corto plazo. 

Un ejemplo elocuente de esto último es el reparto (loteamiento) de los parques nacionales a favor de agentes inescrupulosos que siempre tienen buenos contactos en la burocracia estatal. En el campo gubernamental la preocupación por la conservación del entorno natural a largo plazo ha mostrado ser mera retórica, y esto en todos los gobiernos. 

   Los pensadores izquierdistas reproducen las clásicas cualidades de las personas provenientes de los estratos sociales privilegiados: arrogancia, megalomanía y egocentrismo. Menciono este tema, que no es insignificante, porque está estrechamente vinculado a la aparición y consolidación de un desprecio dogmático con respecto al que piensa de modo distinto. 

Precisamente este fenómeno se da también en círculos indianistas, que una opinión ingenua podría considerar como el espacio privilegiado de la modestia, la tolerancia y la reivindicación de viejos anhelos de justicia histórica. Un ejemplo claro ha sido Fausto Reinaga, quien –sin ironía– se comparó explícitamente con los grandes oradores de la historia universal, desde Demóstenes y Cicerón hasta Lenin y Trotzki, exclamando alborozado en su autobiografía Mi vida: “Domé, dominé y poseí a mi auditorio”.

 Como Reinaga mismo admitió, en 1944, cuando fue candidato oficialista a la Convención Nacional durante el gobierno de Gualberto Villarroel, utilizó toda clase de mañas y artimañas para conseguir una victoria electoral, instigando abiertamente a la violencia física contra sus opositores. En la obra citada él relató con auténtica fruición las trampas y los engaños que concibió para ganar por la fuerza una diputación. 

   Menciono estos hechos, en el fondo baladíes, porque las actitudes reiterativas de Reinaga y las normativas éticas que subyacen a las mismas son aquellas que practican numerosos miembros de todas las fracciones de la clase política boliviana. 

Lo relevante reside en el hecho de que hasta ahora nadie ha criticado a Reinaga por este asunto, porque las triquiñuelas que utilizó son parte cotidiana de la cultura autoritaria del país, la que se ha convertido en algo naturalizado como obvio y sobreentendido, es decir en una porción importante –y apreciada favorablemente– de la mentalidad nacional.

   En numerosos escritos Reinaga predicó la lucha de razas en lugar de la confrontación de programas e ideas y para ello legitimó todo uso de la violencia física. Distinguidos escritores del presente predican lo mismo, pero ahora revestido de un tenue barniz científico a la moda del día. Él y sus allegados no se dedicaron a promocionar una educación moderna o una actitud abierta y humanista entre sus adherentes, sino que propiciaban lo rutinario y convencional en la vida de los partidos políticos bolivianos: “el adoctrinamiento de los militantes”, quienes recibían “las lecciones” de la jefatura indianista, que luego debían reproducir sin dudas ni discusiones. 

Esta enseñanza no podía ser cuestionada porque contenía “verdades de fuego”, como escribe Hilda Reinaga Gordillo, la guardiana actual del Movimiento Amáutico. Por otra parte, Fausto Reinaga propalaba la idea tradicional de que la principal meta de la revolución india estaría representada por la conquista del poder político a cualquier costo; su divisa era: “Poder o muerte”, es decir lo habitual de las prácticas políticas autoritarias.

   Estas manifestaciones claras de una mentalidad autoritaria no pueden ser relativizadas mediante el cómodo procedimiento postmodernista de aludir al “contexto” en que surgió el indianismo, en el cual habría sido necesario “levantar la auto-estima” de las masas indígenas, como aseveran ahora los representantes de la ortodoxia indianista. 

Con este argumento se puede justificar cualquier violación a los derechos de terceros. Según esta concepción todos los distintos modelos de organización social poseen una historia auténtica, que no puede ser comparada con otras y menos aún criticada desde un punto de vista racionalista. La existencia de valores propios de orientación mostraría que estos últimos son los mejores y los más elevados para el sujeto respectivo, lo que impediría cualquier crítica desde afuera. 

Así, profilácticamente, se condena todo análisis de las tradiciones de uno mismo, de los saberes ancestrales y –lo más importante– del legado de autoritarismo e irracionalismo, que puede contener la propia historia. En el caso boliviano se consigue así un blindaje perfecto con respecto al pasado y a las culturas prehispánicas, que de esta manera quedan fuera de toda crítica seria.

   Los izquierdistas e indianistas se molestan si alguien califica de premoderno, prerracional y predemocrático a un sector de la población. Creen que es una forma sofisticada de racismo, es decir algo muy peligroso y malvado. 

Estos términos son axiológicamente bastante neutrales y no constituyen una condenación de los fenómenos descritos. No se puede evitar la alusión a la modernidad y a sus metas normativas porque, entre otros aspectos, casi todas las etnias bolivianas desean vivir en un medio modernizado y tecnificado, empezando por sus sectores juveniles.

   Hay que señalar que la mayoría de los feminicidios ocurren precisamente en la Bolivia premoderna. Se trata, por supuesto, de un tema incómodo, y por ello muy interesante para una discusión teórica. Igualmente incómoda resulta la aseveración siguiente. 

Los sucesos de los últimos tiempos nos señalan claramente que una buena parte de la población boliviana es reacia a comprender concepciones abstractas como el distanciamiento social en ocasión de pandemias, los derechos de terceros, el  pluralismo cultural, el Estado de derecho y el pensar en el largo plazo. Son fenómenos asociados al racionalismo, tendencia teórica y social que fue muy escasa en la época colonial y que no ha sido aclimatada adecuadamente durante la república. 

El sistema escolar, las tradiciones populares y hasta los intelectuales más ilustres promueven un modelo civilizatorio basado en los sentimientos, las emociones y las intuiciones, que puede ser muy fructífero en el campo cultural y en la vida familiar, pero que es anacrónico y  hasta peligroso en las esferas política y económica.

   Los partidos opositores al MAS no han hecho hasta hoy nada relevante para reducir la cultura del autoritarismo y para fomentar actitudes racionales. La oposición al MAS –de una apabullante mediocridad en todo sentido– no representa un “destino errático”, como afirma un texto editorial de Página Siete (12 de enero de 2021), sino que desde un comienzo (2005) ha configurado una vocación errática, que difícilmente va a cambiar en el corto plazo. 

Hay que considerar fríamente que los políticos de todos los partidos provienen de una cultura común y comparten valores de orientación similares. Por ello a corto plazo no hay que esperar grandes cambios en la esfera pública. Hay que señalar que el ámbito de la cultura es mucho más reacio al cambio que el terreno de lo técnico. Por ello en el campo de las prácticas cotidianas la mentalidad tradicional se ha consolidado claramente desde enero de 2006. 

Ahora se nota, de manera más evidente que antes, que el pluralismo de ideas y el Estado de derecho eran sólo un barniz relativamente delgado y efímero.

   Ello se puede deducir también de lo siguiente. La educación masiva, la mayoría de los medios de comunicación y las prácticas familiares no son favorables a normativas racionales, como la consideración del largo plazo, la protección del medio ambiente, la democracia pluralista, la vigencia efectiva de los derechos humanos, la lucha contra la corrupción y la discusión pública de opciones programáticas. 

Siendo muy generosos, podemos suponer que unas diez mil personas leen los artículos de opinión y los suplementos culturales de Página Siete, periódico que se consagra a difundir estos valores. Siendo aún más generosos y optimistas, podemos pensar que unas cien mil personas comparten estos puntos de vista. Esto no llega al uno por ciento de la población del país. 

La inmensa mayoría de la nación boliviana no es, por supuesto, partidaria explícita del autoritarismo y de la irracionalidad socio-política, pero el potencial antidemocrático y antipluralista sigue siendo alto porque el culto de los sentimientos y las emociones colectivas y el desdén del racionalismo práctico permanecen como predominantes. Todo esto no significa una esencia nacional de carácter conservador, una identidad invariable y siempre fiel a sí misma, inmune al paso del tiempo. También la Bolivia profunda es pasajera.

   Para construir un orden social exento de autoritarismo e irracionalidad necesitamos ineludiblemente el concurso de una izquierda democrática.

 

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