Erick San Miguel Rodríguez

La revolución permanente está de moda

Una mirada crítica a las imprecisiones y la falta de rigor del libro La revolución permanente en Bolivia: Ayala, Lora, Zabaleta, del periodista Fernando Molina.
domingo, 10 de octubre de 2021 · 05:00

En la última Feria del Libro, uno de los títulos más vendidos fue La revolución permanente en Bolivia: Ayala, Lora, Zabaleta del periodista y escritor Fernando Molina, quien hace poco publicó Samuel Doria Medina: biografía de un industrial (imposible no encontrar un paralelo con Simón I. Patiño: un prócer industrial de Manuel Carrasco). En 2016, el historiador norteamericano y activista sindical Sándor John había publicado El trotskismo boliviano: revolución permanente en el Altiplano, renovando el interés por esa tendencia política. Las tapas de ambos libros son cuasi idénticas: fragmentos de un mural de Miguel Alandia Pantoja sobre un fondo negro, el título en letras rojas y el nombre del autor en letras amarillas. La editorial Plural sabe de la importancia de una buena portada.

Pero hasta ahí el parecido, a pesar de que la temática está estrechamente relacionada, las diferencias son enormes. El libro de Molina no tiene introducción,  por lo que el lector tiene como desafío desentrañar cuál es el objeto de su trabajo. Eventualmente podría considerarse que la presentación de Rodrigo Ayala cubre esta falencia. La estructura del ensayo es más bien simple: consta de dos partes: la primera donde pasa revista al debate teórico sobre la revolución permanente en el seno del marxismo; y, en la segunda, la discusión de este concepto en la obra de tres intelectuales bolivianos de izquierda: Ernesto Ayala, Guillermo Lora y René Zabaleta.

Es básicamente la misma estructura del ensayo de Guillermo Lora titulado Bolivia y la revolución permanente (1978). Sin embargo, en la primera parte aparecen imprecisiones que conspiran contra el rigor de un ensayo de estas características, donde hay muchas referencias tanto históricas como teóricas. De Karl Kautsky dice, por ejemplo, que fue alemán, cuando en realidad era austríaco, puesto que nació en Praga, cuando esa ciudad pertenecía al Imperio Austro-húngaro; o que el soviet de Petrogrado a principios de 1917 estaba dominado por los mencheviques y los narodniki (populistas) cuando este movimiento desapareció a fines de la década del 70 del siglo XIX; sus herederos fundaron el Partido Socialista Revolucionario, por lo que se les conocía como eseristas o eseritas, pero ya no como narodniki.

Extraña que la concentración mayor sea la II Internacional, donde el debate no era entre revolución permanente o revolución por etapas, sino sobre si la estrategia final era o no la revolución social; en tanto que pasa de largo la III Internacional donde sí se debatió el tema en su segundo y cuarto congresos.

En la segunda parte, que titula “La revolución permanente en Bolivia”, el centro de gravedad se encuentra en la revisión de algunos textos de Ernesto Ayala Mercado, que fue militante del POR en la década del 40 y que después de la Revolución del 52 “se pasó al MNR” (como literalmente dice Molina). Aquí se encuentra el núcleo del trabajo, donde a lo largo de largas páginas el autor de este bestseller se esmera en demostrar que el primer teórico de la revolución permanente en Bolivia fue Ayala Mercado, pero no queda claro si lo hizo en 1939 o en 1944.

Las siguientes dos frases nos dejan en la incógnita: “Usando fuentes indirectas, John reconstruye su contenido que la primera formulación de la ‘revolución permanente’ de Trotsky en Bolivia y por bolivianos. La fecha, repetimos, diciembre de 1939” (p. 91). “Sin embargo, como hemos dicho, Ayala publicó el primer desarrollo boliviano de la teoría de la revolución permanente en 1944 bajo la forma de su tesis de licenciatura” (p. 94).

El capítulo dedicado a Guillermo Lora, el teórico más connotado del trotskysmo en Bolivia, con reputación internacional, es el más corto: le dedica apenas 8 páginas de 172. En ellas, Molina no se esmera en penetrar en el pensamiento de Lora sino de denostarlo; se prodiga en adjetivos: sectario, academicista, caudillo intelectual; sólo reconoce su gran fuerza de voluntad, pero termina con una frase por demás intrigante y extraña en este tipo de trabajos cuando dice que “tuvo la suerte de vivir largamente”.

Sus inútiles esfuerzos por degradar el valor de la Tesis de Pulacayo constituyen la parte más débil de este ensayo. Según Molina, si este documento alcanzó el prestigio que tiene es por la labor incansable de Lora de mitificarlo “mucho más de lo que razonablemente puede haber sido un documento sindical” (parece que estaba leyendo a John Rawls). Muy a pesar suyo la Tesis de Pulacayo es el documento más importante del marxismo en Bolivia, reconocido a nivel internacional (sólo por citar a dos expertos: Michael Lowy y Oswaldo Coggiola); en nuestro medio Alberto Cornejo pone en el mismo plano a la Tesis de la FUB y a la Tesis de Pulacayo.

El libro finaliza con el capítulo dedicado a René Zabaleta Mercado, quien en realidad es un impugnador de la revolución permanente, tanto desde una perspectiva nacionalista como stalinista. Se extraña que no se mencione el reconocimiento al mérito de la Tesis de Pulacayo que Zabaleta Mercado expresa en Forma clase y forma multitud. 

Las imprecisiones y la falta de rigor de la segunda parte también están presentes al igual que en la primera. Así, en la nota se dice que los únicos bolivianos que estuvieron con Trotsky fueron Carlos Salazar Mostajo y Alipio Valencia Vega, pero eso no es cierto; quienes estuvieron con el arquitecto de la Revolución de octubre fueron Alipio Valencia Vega y Eduardo Arze Loureiro; también dice que la obra magna de Lora es Historia del movimiento obrero en Bolivia, pero afirma que son 4 tomos, cuando en realidad son 6; y que Bautista Saavedra ascendió al poder por un golpe de Estado en 1921, pero lo cierto es que fue en 1920.

Algo que tampoco puede pasarse por alto es una apreciación entre subjetiva y anecdótica del prologuista, quien sostiene que el juicio de Lora sobre Ayala Mercado, en general positivo, cambió cuando Rodrigo Ayala rompió con la dirección del partido; no dice cuándo ocurrió tal hecho y no aporta ninguna evidencia de lo afirmado; sin embargo, en su Diccionario político (1985) Lora dice que Ayala Mercado fue un descollante líder estudiantil y que fue el teórico del POR a la muerte de Aguirre Gainsborg, una opinión por demás encomiable.

Más adelante dice que Ayala participó como candidato a senador por la Paz en las listas de Juan Pereda Asbún (el delfín del dictador Hugo Bánzer) en las elecciones de 1978, pero ese es un dato, no una apreciación, que se omite en el libro de Fernando Molina a pesar de dedicar la mayor cantidad de páginas al pensamiento y la trayectoria de Ernesto Ayala. En este libro se distribuyen las medallas a teóricos del marxismo que en realidad no aportaron a esta idea (Gramsci se lleva el diploma del “más influyente teórico del marxista occidental” y Zabaleta Mercado del “mayor intelectual boliviano del siglo XX”); pero contradictoriamente a Trotsky no le corresponde nada, ni tampoco a José Aguirre Gainsborg.

 

Erick San Miguel Rodríguez / Abogado

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