Posnansky, el racismo y lacrítica necesaria

Una conferencia a propósito de la presentación del ensayo ¿Qué es raza?, el 8 de octubre en el MUSEF. Intervinieron, además del autor, Eynar Rosso y Fernando Molina.
domingo, 17 de octubre de 2021 · 05:00

H. C. F.  Mansilla / Filósofo y escritor

En varios terrenos Arturo Posnansky (1873-1946) fue un auténtico aventurero, un diletante en el sentido positivo del término. El diletante cambia rápida y exitosamente de ocupaciones, ambientes, clases sociales y aficiones, y así conoce la inmensidad del ámbito humano y la voluptuosidad de la existencia. Los diletantes, como asevera Theodor W. Adorno, tienen el acierto de suspender la división habitual del trabajo. Su independencia produce el enojo de aquellos que tienen que trabajar en profesiones muy especializadas y por ello a menudo resultan ciegos ante numerosos temas y problemas de la sociedad, lo que empobrece su percepción del mundo.

Posnansky, en cambio, fue un brillante aventurero, que se distinguió como investigador científico, arqueólogo, urbanista, fotógrafo, cineasta, escritor en tres idiomas y héroe militar. Sus méritos en estos campos son bien conocidos y valorados. Sus publicaciones en notables revistas científicas y sus intervenciones en foros internacionales atestiguan la excelente reputación que llegó a tener en vida.

Posnansky fue un hombre de notable encanto personal y de una elocuencia muy persuasiva. Como les pasa a la mayoría de los aventureros, él sólo se escuchaba a sí mismo. Su curiosidad por aspectos novedosos y su talento de investigador fueron heredados por su hijo Manuel. Hace más de medio siglo Manuel V. Posnansky y su amigo Wagner Terrazas Urquidi fueron los pioneros de la ecología y de la protección al medio ambiente en Bolivia. Ambos están hoy totalmente olvidados, lo que sucede a menudo con los incómodos precursores. En su tiempo nadie desea escuchar temas desagradables para la opinión pública convencional, y los personajes de la posteridad quieren aparecer como genuinos innovadores en una temática aparentemente original.

Arturo Posnansky permanecerá en la frágil memoria de los bolivianos cultos como el iniciador de la arqueología científica. No le fue tan bien en otras áreas, como la historia, la antropología y la psicología. Su opúsculo ¿Qué es raza? (1943) es una muestra de un diletantismo que no tomó en cuenta la producción académica de su tiempo y que despreció los adelantos del racionalismo cosmopolita que, con muchas dificultades, se había expandido en la esfera universitaria y en las corporaciones eruditas. El breve escrito que nos ocupa reitera concepciones ya entonces devenidas obsoletas acerca de la presunta superioridad de unas razas sobre otras, utiliza métodos investigativos –como la craneometría– que estaban superados por el avance científico de entonces y, pese a algunas reservas, deja entrever un curioso respeto por el nacionalsocialismo alemán, que poco antes había sometido a su patria, Austria, a la terrible férula del régimen hitleriano.

Posnansky calificó a los chinos de “raza retardada”. A los eslavos y a los mongoles los consideraba razas inferiores. En el opúsculo mencionado él utilizó la expresión “pueblo superior” para referirse a los alemanes. Pero hay señalar que Posnansky hizo simultáneamente un llamamiento a la paz mundial y al entendimiento entre las naciones.

En realidad este folleto de Posnansky posee una cierta relevancia en la actualidad debido al renacimiento de teorías sobre el racismo y el mestizaje. Hoy como ayer estas cuestiones pueden ser fácilmente manipuladas en pro de fines políticos. El racismo como clave universal para explicar el desarrollo histórico representa también el resurgimiento de la antigua retórica anti-imperialista, que posee fuertes raíces católico-tradicionalistas, con rasgos inquisitoriales, antiliberales y anti-individualistas.

De ello proviene su enorme popularidad entre los más diversos estratos sociales. La retórica anti-imperialista tuvo y tiene notables funciones compensatorias, que son muy difíciles de ser reemplazadas por concepciones racionalistas y pluralistas. Entre estas funciones se encuentran la utilización del racismo para explicar los fenómenos sociales más diversos y la apología algo ingenua, pero muy efectiva de un camino revolucionario, que pondría fin a todas las falencias acumuladas a lo largo de una historia atroz. Estas concepciones están muy difundidas entre la gente con bajo nivel educativo.

La enorme difusión, de índole global, en torno al racismo como la clave universal para analizar las carencias de la evolución histórica, no garantiza la eficacia explicativa de estas concepciones ni tampoco la comprensión adecuada de la constelación socio-cultural del presente. Es decir: la expansión de distintas variantes de esta teoría no significa que debamos aceptar sus conclusiones, que en general poseen un sesgo ideológico a favor de un populismo autoritario.

En nuestra época, cuando la manipulación masiva de la mente sigue exhibiendo una fuerza considerable, los intelectuales también renuncian a su función crítica, es decir a practicar una distancia racional y analítica con respecto a todos los fenómenos políticos y culturales. En América Latina los pensadores al servicio de regímenes populistas han llegado a ser productores de un odio persistente al adversario, puesto que están convencidos del carácter sagrado de su misión.

Una función similar al uso inflacionario del racismo tiene la descolonización, que puede ser comprendida como el esfuerzo de analizar y superar una situación creada por las actividades de explotación económica, expansión cultural y ocupación político-militar, actividades ejercidas por una potencia exterior sobre un territorio conquistado u ocupado contra la voluntad de sus habitantes. No hay duda de la legitimidad de este tipo de descolonización. Pero muy a menudo descolonización significa también una impugnación de un periodo de la propia historia, considerado ahora como represivo y humillante. Este rechazo del pasado histórico se ha transformado en una opción ideológica para desprestigiar al adversario político y para manipular a sectores sociales con un nivel cultural no muy elevado. Esto último es lo que ocurre en Bolivia y en otros regímenes populistas.

La preocupación excesiva por el racismo, además de anacrónica, puede encubrir los problemas realmente serios del presente: la posibilidad de que un régimen autoritario se convierta en totalitario, la eliminación progresiva del Estado de derecho, la destrucción del medio ambiente y la mediocridad de los sistemas educativos.

 

 

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