El Carlos Miranda que yo conocí

No solo dejó una huella indeleble en la historia energética del país, sino que perteneció a la rara estirpe de profesionales “constructivos”.
domingo, 24 de octubre de 2021 · 05:00

Francesco Zaratti  / Fue amigo de Carlos Miranda Pacheco

Hace unos 20 años un grupo de expertos en varias disciplinas relacionadas con los hidrocarburos nos reuníamos, al amparo del Instituto Prisma, para analizar los cambios que se veían venir. Invitado a ese selecto grupo por el amigo Fernando Romero Moreno, conocí en persona a Carlos Miranda Pacheco, una de las personalidades más respetadas del sector de hidrocarburos. Al contrario, por entonces yo era tan solo un conocido profesor universitario que traía, escudado en la ciencia, algunas propuestas novedosas para encaminar esos cambios.

En una ocasión coincidí con Carlos en un Foro en Cochabamba. Allí quedé impresionado, más que por su sencillez humana y su sabiduría técnica (que las tenía y en abundancia), por su insaciable apetito. Recuerdo que, habiéndome yo rendido ante un plato “tamaño Cochabamba”, me atreví a ofrecerle la mitad sobrante de mi plato, recibiendo a cambio su luminosa sonrisa como respuesta afirmativa.

Desde entonces congeniamos como viejos conocidos, a pesar de que me llevaba por 15 años y décadas de experiencia y conocimientos técnicos.

En enero de 2003, durante una reunión de Prisma, recibí una llamada del entonces senador por el MAS Filemón Escobar para invitarme a participar, como experto independiente, en el diálogo nacional que se desarrollaba en Cochabamba para poner fin a los bloqueos de carreteras en el Chapare. Antes de aceptar, consulté a los colegas presentes. Entre los criterios opuestos a relacionarse con el movimiento cocalero estaba el de Carlos Miranda, quien me sugirió prudencia con diferentes argumentos.

No le hice caso y acepté ese desafío, cargando en lo sucesivo con el sambenito de haber sido asesor del MAS. Hoy asumo que esa experiencia, única y frustrante, fue globalmente muy instructiva para conocer las prioridades políticas y los pliegues del alma de quienes tienen a su cargo los destinos del país, desde el gobierno y desde la oposición.

Más tarde, hace unos 15 años, conformamos un grupo selecto de expertos del sector de hidrocarburos para intercambiar noticias y trascendidos, hacer seguimiento al proceso de nacionalización y analizar sus consecuencias. Fue una iniciativa que ni la pandemia pudo cortar y que tuvo en Carlos el más asiduo participante, no obstantes los achaques de su avanzada edad.

Desde luego, las reuniones, mensuales o bimensuales, culminaban con una cena opípara que el anfitrión de turno ofrecía al resto del grupo. No hace falta decir que de esas discusiones salieron sabrosos artículos de opinión y ensayos bastante referenciados.

Desde luego en las reuniones se estrechaban también vínculos de amistad y se abrían canales de confianza para compartir anécdotas, campo en el cual Carlos era un maestro, por calidad y cantidad de experiencias vividas desde sus años universitarios en Stanford.

Recientemente, un colega del grupo tuvo la brillante idea de grabar una serie de entrevistas con Carlos, con el fin de preservar pasajes de la historia de YPFB y de la política petrolera que, de no haberlo hecho, hubiesen quedado en el olvido.

Gracias a la amistad cada vez más fraterna, supe entonces que la vida no había sido muy generosa con Carlos, aunque la pérdida del único hijo varón era una cicatriz del alma que su infaltable sonrisa no dejaba aflorar.

La capacidad de Carlos Miranda de trabajar con dedicación, incluso a su venerable edad, y su esfuerzo por mantenerse actualizado en temas energéticos se reflejaban en sus columnas de opinión de los viernes, que eran bellas y buenas; bellas, por estar muy bien escritas y condimentadas con ejemplos amenos, y buenas, por ser usualmente provechosas para el lector común y el experto.

En particular, me asombraba su disposición y apertura a aceptar lo nuevo: captó de inmediato el cambio de época que implica el calentamiento global y la necesidad de emprender con urgencia en Bolivia la transición energética que todos los países del mundo llevan a cabo.

La última vez que nos vimos, cara a cara, sonrisa con sonrisa, muestra de cariño ante muestras de cariño, fue hace un mes, la noche en que presenté mi libro De Roma a La Paz en el Paraninfo de la UCB. Me sorprendió verlo llegar en silla de ruedas, empujada por otro colega, después de haber escalado varias rampas zigzagueantes para llegar hasta el lugar. Fue el regalo más lindo que recibí esa noche, especialmente cuando se me acercó para que le dedique, con unas letras afectuosas, un ejemplar del libro. Nos fundimos en un abrazo, conscientes de que no nos quedaban muchas oportunidades más de manifestar esa amistad acá en la tierra. Con mucha alegría me enteré, en el velorio, que Carlos logró leer parte del libro y que otros capítulos los escuchó de la voz de su leal asistente.

Carlos Miranda Pacheco es no solo una persona que ha dejado una huella indeleble en la historia energética de Bolivia, sino que pertenece a la rara estirpe de profesionales nacionales “constructivos”; profesionales competentes que, renunciando a dedicarse a negocios privados o a expatriarse para ocupar cargos en las multinacionales, eligieron servir el país con lealtad y transparencia hasta su partida definitiva.

La Paz, octubre de 2021

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