Agua y pan en Cuba

“Ya no se aplica a pan y agua, sino “sin pan ni agua”, surrealismo socialista al que el gobierno quiere llevar a Bolivia”, dice la autora.
domingo, 21 de noviembre de 2021 · 05:00

Gisela Derpic

Sin agua, no hay vida. La reportera antropóloga Sanne Derks informó en 2017 que es muy común ver las calles en Cuba mojadas, aunque no haya llovido, porque más del 50% del agua se desperdicia por la antigüedad de las tuberías de una red alimentada por la lluvia, instalada antes de 1959, apenas mantenida, que no llega hasta dentro de muchas viviendas cuyos moradores se arreglan con mangueras hechas por ellos mismos. El suministro se reduce a una vez cada varios días, y no a todas horas.

Habla de las “pipas”, camiones de agua que, si son gratis, a veces llegan; las que llegan son pagadas por los pudientes y los hoteles de y para extranjeros. Cuadro deplorable por la precariedad del servicio y por la diferencia entre los pobres, cubanos, y los ricos, nacionales y extranjeros.

Cuatro años después, el Informe IV del Observatorio de Derechos Sociales de Cuba (Informe IV) de 2021, incluye estos datos: el 9% de viviendas no tiene conexión de agua; el 38% la recibe menos de 4 días por semana; el 34%, entre 4 y 6 días, y sólo el 18%, minoría aplastante, la tiene permanente frente a la mayoría aplastada soportando en diferentes grados las deficiencias del sistema de provisión, agravadas en el contexto de la pandemia del coronavirus.

Sin alimentos, tampoco hay vida. El mismo Informe IV establece que el 45% de la población ha tenido que privarse de una comida al día en 2021, el 73% afirma que la alimentación de su familia es deficiente y el 52%, que la libreta de abastecimiento cubre sus necesidades sólo por 10 días al mes. La CIDH y su Relatoría Especial sobre Derechos Sociales, Económicos, Culturales y Ambientales, dice que Cuba importa el 70% de los alimentos que necesita.

El Informe de la Situación de los Derechos Humanos en el Mundo 2020-2021, de Amnistía Internacional, menciona la escasez constante de alimentos y otros bienes básicos, y el pedido de las autoridades a la población para que cultive en sus viviendas más alimentos para su consumo. Añade que “en septiembre, el artista grafitero conocido como Yulier P., pintó una inquietante imagen de alguien comiendo sus propios huesos en las calles de La Habana”.

¿Cómo se explica este desastre? Según Yoani Sánchez,periodista y directora del diario 14ymedio, el país no produce alimentos, los importa. Para importarlos se necesita divisas y éstas venían del subsidio soviético hasta 1990 y venezolano hasta 2014. Al desaparecer la URSS y entrar Venezuela en crisis, los subsidios cesan, las importaciones bajan y los alimentos escasean.

¿Y la producción interna? En Cuba el 54,5% de la tierra está en manos de tenedores estatales; el 45,5%, de tenedores cooperativos e individuales y entidades no estatales.

Sobre la producción, el biólogo cubano Ariel Ruiz Urquiola dijo ante el Parlamento Europeo el 26 de febrero de 2021 que, según el Banco Mundial, menos del 18% de la tierra agrícola cubana es cultivada, y la oferta nacional de alimentos es inferior al 20% de la demanda, derivando todo en desnutrición.

Explica que el modelo agroecológico defendido por el gobierno requiere pocos insumos agrícolas y tecnológicos, identificando en la falta de libertades para una agricultura privada y sostenible el nudo principal de la problemática.

Suena un nombre sobre lo dicho: Acopio, dependiente del Ministerio de la Agricultura, sistema centralista y estatista: la burocracia recogiendo los productos en la isla para “acopiarlos” y venderlos. Creada en 1986, extinguida en 2014 y repuesta en 2019, esa entidad monopoliza la compra del 80% de las cosechas de los campesinos cooperativizados e individuales; peor aún, decide lo que sembrarán y fija los precios de antemano, sin que ellos puedan reclamar.

Un reportaje de Tomás Cardoso afirma: “Los campesinos (…) cogen los cultivos, los ponen en el camino para que venga el carro de Acopio a recogerlos y cuando no tienen combustible, las gomas están rotas, cuando no, no va el chofer… Simple y llanamente el que pierde es el campesino, que se sacrifica trabajando su tierra y entonces pierde el dinero y no hay alimentación para el pueblo”.

 En los centros de acopio se desvían los productos al mercado negro, “resolviendo” su falta de ingresos burócratas mal pagados y las necesidades de comida algunas familias cuya libreta de abastecimiento no cubre el mes. La Liga de Campesinos Independientes, en mayo pasado, pidió la eliminación de Acopio, que se deje a los campesinos poner precio a sus productos y venderlos libremente, declarando no estar dispuestos “a seguir trabajando enyugados como bueyes al mismo modelo fracasado de agricultura estatal que nos ha traído hasta aquí”. 

¿Y la ganadería y la pesca? Un reportaje de la BBC Mundo señala que en 1959 había 6 millones de cabezas de res y en 2015, 4. Tuvo algo que ver la orden de Castro de cruzar toros Holstein importados de clima frío con vacas cebú de clima cálido, derivado en vacas F-1 y F-2, híbridos débiles, enfermizos, sin valor en leche y carne, de color negro incompatible con altas temperaturas y casi indefensos ante los parásitos tropicales.

Sin alternativas productivas, el régimen prohibió bajo sanción el sacrificio, tenencia, transporte y comercialización de carne en 1963. Dice la BBC que, en los años 90, al no haber comida, la carne de res se convirtió en “oro rojo”. Los campesinos amarraban las vacas a las vías férreas o las soltaban en la Autopista Nacional, así el animal moría en accidente y podían aprovechar la carne.

 Las sanciones de 1963 fueron agravadas en 1999. Resultado: aumento de población carcelaria. Hay carne para comprar en las tiendas en dólares, cara y no de buena calidad. El pollo importado de Kentucky (EEUU) es la única opción para los humildes.

La pesca ha sido monopolizada por el Estado, exclusivamente para la exportación. Los cubanos de a pie, nacidos en la Isla Bella, hace mucho no comen alimentos de mar. Para ellos la pesca está vedada.

En Cuba ya no se aplica “a pan y agua”, sino “sin pan ni agua”. Surrealismo socialista, al que el gobierno masista quiere llevar a Bolivia.

 

Gisela Derpic / Abogada

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