La Matrix recargada, el MAS y la calle

Lo que en el mundo del cine se logra con imaginación y efectos especiales, en la vida cotidiana de Bolivia se puede lograr desde la política.
domingo, 21 de noviembre de 2021 · 05:03

Jorge Luna Ortuño

Una de las enseñanzas que dejó Evo Morales al gobierno sucesor del MAS  fue que la realidad no existe, que sólo es un teatro de sombras, como la Caverna de Platón: la realidad es lo que el discurso político hegemónico diga que es. Sin embargo, en ese teatro se define la verdadera lucha política.

Cuentan allegados al expresidente que el año 2003, cuando se estrenaron las dos entregas finales de la trilogía Matrix (Hermanos Wachoski), se mostró fascinado al salir del Cine Monje Campero. Aunque no había entendido toda la trama, Evo creyó que así se debía dirigir una liberación. Desde entonces alucinó con ser él mismo un Neo, el elegido.

Aquella película le confirmaba lo que había presentido en sus días pasteando a las ovejas en el campo: que la realidad es solamente una ficción –una simulación global generada por alguien, tal vez el imperialismo–, y que el Elegido podía torcer a voluntad todas las leyes de este mundo, incluyendo la gravedad. (Así cuando necesitaba nuevas leyes les decía a sus abogados: “métanle nomás”). Lo que en el mundo del cine se logra con imaginación y efectos especiales de vanguardia, en la vida cotidiana de un país como Bolivia se podía lograr desde la política, tomando el control de los aparatos de definición de la realidad: el Legislativo, el Ejecutivo, el Judicial.

Slavoj Zizek, filósofo esloveno, escribió una serie de artículos sobre la fascinación que provocaba Matrix, haciendo paralelos con la política contemporánea. Los del MAS, empezando por Alvarito, fueron muy obedientes a esta lectura de Zizek, que siempre se ha definido como un izquierdista chapado a la antigua, y es famoso por sus relecturas de Lenin, Hegel y Lacan. De hecho, el año 2011 el gobierno se encargó de hacerlo llegar a La Paz para dar una conferencia en la Vicepresidencia, que se realizó con gran audiencia.

En el artículo “Matrix: ideología recargada” (6/6/2003), Zizek hace notar un curioso paralelo que se podía hacer entre la dupla lo real-físico/lo simbólico-virtual, con la vieja dupla marxista infraestructura / superestructura:

“Uno debe tener en cuenta la irreducible dualidad de que, por un lado, están los procesos socio-económicos materiales “objetivos” que tienen lugar en la realidad así como, por otro lado, se encuentra su apropiado proceso político-ideológico. ¿Qué pasaría si el dominio de lo político es inherentemente ‘estéril’, un teatro de sombras, pero no obstante es crucial en la transformación de la realidad? Así que, aunque la economía es el sitio real y la política un teatro de sombras, la batalla principal será luchada en el ámbito de la política y la ideología”.

El título The Matrix Reloaded es así bastante apropiado. Si en la primera parte domina el ímpetu de liberar a las mentes de la Matrix, la segunda parte aclara que la batalla tiene que ser ganada dentro de la Matrix, que uno tiene que volver a ella. En otros términos, la batalla tenía que ganarse en la “revolución cultural”; la lucha por la hegemonía es altamente cultural: hábitos, modos de ver, modos de hablar, de vestir, de celebrar, de reunirse, de mirarse.

Lo hegemónico

Durante más de una década, el gobierno del MAS se especializó en convertir la vida de Bolivia en una Matrix –un mundo de simulación de la realidad, manipulable–, o al menos esa era su aspiración. Lo que siempre movió al MAS fue la persecución de la hegemonía, encumbrando a Evo como el sujeto hegemónico. Si dominas lo que se dice de cada cosa que sucede, si tienes el poder para visibilizar lo que te interesa y de invisibilizar lo que se te opone, entonces tienes la hegemonía. Ejemplo: en octubre del 2009 el gobierno del MAS había conseguido hacerse de los servicios de dos senadores suplentes disidentes. En plena discusión sobre las competencias autonómicas, necesitaba que desde el Congreso se apruebe la ley de convocatoria a los referendos dirimitorio y constitucional. Como aún no tenían los dos tercios, su estrategia fue alentar marchas de movimientos campesinos, cerca de  3.500 movilizados que llegaban hasta La Paz desde Caracollo, para hacer cerco al Congreso en todas las entradas aledañas a la plaza Murillo.

La diputada de Podemos Ninozka Lazarte fue agredida impunemente en estos cercos y denunció las tácticas del MAS: impedir que sesionen los asambleístas titulares para que voten los disidentes. Pero el entonces diputado masista Gustavo Torrico desmintió: “No se debe hablar de un cerco, sino de una movilización voluntaria de las organizaciones que componen el Consejo Nacional por el Cambio, y las diferentes organizaciones fabriles, cooperativistas”. Nunca hablaban de cómo la “policía sindical” compuesta por los movilizados, instruía a los policías de turno que se replegaran para que ellos pasen a resguardar el Congreso.

En la segunda reelección, el MAS logró los dos tercios de mayoría y dejó olvidada la estrategia de los cercos al Congreso. Inició una época de maestría en el chanchullo desde adentro, torciendo las leyes dentro de los marcos de las normas, explotando todas sus inconsistencias y puntos ciegos. Pero del poder de movilización en la calle prescindieron cada vez más y más. Esto les pasaría factura en el paro cívico del 2019.

Ganar la calle

La calle es lo real, pero también es una sala de proyección de lo simbólico-cultural. Las manifestaciones ciudadanas de octubre y noviembre del 2019 querían convertir la calle en un espacio de expresión para su descontento, para su frustración, para el empute insoportable que sentían frente a la manipulación del proceso electoral, que simplemente era una gota que rebalsaba el vaso, no la causa central.

Desde finales del siglo XIX, el poder le tiene terror a las aglomeraciones de grandes muchedumbres en las calles, por ello se ha empeñado tanto en urbanizar las ciudades y en convertir las calles en espacios de circulación, donde se practica la exclusión social, la modulación de las energías, la regulación del comportamiento, convirtiendo al espacio público en un lugar donde no puede pasar nada, higienizado, neutralizado, perfecto para las insípidas clases medias.

Aquel paro cívico quebró aquella tendencia, en consonancia con múltiples manifestaciones en otras calles del mundo. No existen los pititas. Lo que existe es la táctica de apropiación de la calle para convertirla en medio de expresión. Ya no en el Congreso, ni en las urnas, ni en los medios de comunicación. Decir la verdad de la calle. El gobierno de Luis Arce, torpemente y de a poco, lo va entendiendo.

 

Jorge Luna Ortuño / Filósofo

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