Molina y los remordimientos de la revolución permanente

“A Molina no le gusta Lora, y en lugar de reconocerle con hidalguía su lugar en la historia, prefiere rescatar a un Ayala del olvido, para luego achacarle ideas trotskistas a Zavaleta”.
domingo, 21 de noviembre de 2021 · 05:02

Ricardo Zelaya Medina

Fernando Molina se ha despachado un pequeño pero enjundioso volumen de 172 páginas, consagrado a la teoría general de la revolución permanente y su historia particular en Bolivia. Para quienes no la conozcan bien, dicha teoría es la síntesis del pensamiento del revolucionario ruso León Trotsky, quien junto a Vladimir Lenin condujo la primera revolución obrera victoriosa de la historia universal, hace ya 104 años.

Suscintamente, la teoría se basa en dos ideas eje: por un lado, que, debido a su debilidad y sumisión al imperialismo, las burguesías de los países atrasados –como Bolivia– ya no podrán hacer revoluciones como las que hicieron en su tiempo poderosas hermanas europeas o norteamericana, razón por la cual la tarea de la revolución, en estos países, pasa a manos del proletariado, en un proceso permanente.

Y, por otra parte, que esta revolución no podrá afirmarse si no consigue irradiarse a escala mundial, en un decurso también permanente, lo cual quedó comprobado, por vía negativa, en la triste experiencia soviética, o, más acá, en la asfixia de la revolución cubana.

Y, para quienes no conozcan la trayectoria política de Molina, se trata de un señor que, ya desde secundaria, militó con fervor y por varios años en las filas de la revolución permanente y el Partido Obrero Revolucionario (POR) trotskista, grupo del que se alejó de mala manera a finales de los 80, para luego –créase o no– pasarse al bando contrario: el gobierno burgués, antiobrero y neoliberal del gringo Goni Sánchez de Lozada.

Pasada su metamorfosis liberal, Molina se hizo periodista independiente y terminó al mando de una fundación organizada por Samuel Doria Medina, político poco lúcido, millonario y derechista. Desde su doble puesto de corresponsal del diario español El País y brazo intelectual del doriamedinismo –si tal cosa existe–, el camaleónico personaje se ha dedicado últimamente a publicar alegatos contra el racismo, lo cual le ha valido la suspicacia de muchos que ven en ello un evidente coqueteo con el MAS.

Tal el asunto y tal el autor.

En este contexto, hoy Molina regresa sobre sus pasos para evaluar la doctrina que siguió en su juventud, a través de tres pensadores bolivianos, los cuales, según él, más cerca estuvieron de la teoría de la revolución permanente: Ernesto Ayala, trotskista entre los años 40 y 50, luego militante del MNR hasta entrados los 70 y con un mal final vinculado al militarismo; Guillermo Lora, autor de la Tesis de Pulacayo en 1946, protagonista de la Asamblea Popular en 1971, y jefe del POR durante medio siglo desde 1954; y René Zavaleta, ensayista político que empezó su vida política e intelectual bajo la égida del nacionalismo y evolucionó hacia un marxismo abigarrado.

Tales los protagonistas del libro de Molina.

Lo primero que llama la atención en el texto es la curiosa desproporción del espacio asignado a cada uno de ellos: 51 páginas para Ayala, 13 para Lora, y 33 para Zavaleta; sobre todo si se considera que, entre los tres, fue Lora, precisamente, quien más escribió sobre la revolución permanente, más tiempo luchó por su causa, y más aportes históricos y políticos hizo en su nombre.

Ayala ingresó al POR en 1938, pero en 1954 se pasó al MNR con un grupo de dirigentes trotskistas, bajo el argumento –que resultó errado– de que allí estaban las masas y había que rescatarlas. Trotskista precoz, escribió a sus 19 años una notable tesis que presentó y se aprobó en un congreso universitario en 1938, lo cual siempre fue valorado por Lora, pese a su rivalidad política. Luego publicó diversos ensayos y, en 1956, siendo ya movimientista, el folleto ¿Qué es la revolución boliviana? –su obra mayor, dice Molina–, en el que buscó explicar la revolución de 1952 mediante la teoría de la revolución permanente. En pocas palabras, Ayala estuvo en el POR antes que Lora, fue un trotskista de talento, escribió ensayos de peso, pero acabó extraviado en filas nacionalistas y derechistas.

Lo de Lora fue distinto, casi opuesto. Entró al POR también joven, en 1941, y no salió de ahí hasta que murió, 68 años después. Empujado de La Paz a las minas por la persecución policial en 1942, logró vincular al POR con los mineros en un trabajo de cuatro años; redactó e hizo aprobar en un congreso minero de 1946 el que se considera el documento sindical trotskista más valioso no sólo de Bolivia sino de la región –la Tesis de Pulacayo–, y dedicó los siguientes 60 años de su vida a escribir y hacer carne de su carne la historia política del proletariado.

Mil veces preso, desterrado y exiliado, fue el primer diputado trotskista del país en 1947, e impulsó la lucha de los obreros por dotarse de un gobierno propio, antes y después de 1952, en un proceso que encontró su punto nieve en la Asamblea del Pueblo de 1971. Autor de cientos de textos, reflejados en unas Obras completas de 70 tomos, Lora escribió, analizó y teorizó sobre casi todos los episodios de la historia política boliviana… siempre a la luz de la teoría de la revolución permanente.

Como se puede ver, y más allá de los errores que haya cometido, nadie en su sano juicio pondría en duda que Lora fue el más eminente y prolífico seguidor de las ideas de Trotsky que hubo en Bolivia.

Pero a Molina no le gusta Lora, y en lugar de reconocerle con hidalguía su lugar en la historia, prefiere rescatar a un Ayala del olvido para, luego, achacarle ideas trotskistas a ese otro gran pensador que fue Zavaleta. Zavaleta es considerado, entre quienes lo han leído, un marxista heterodoxo; es decir, que no estuvo de acuerdo con las principales derivaciones de esta corriente –trotskismo y stalinismo–, y decidió andar su propio camino. Muy temprano, como militante del MNR, chocó contra Lora y el POR en diversos escritos; más tarde, al desencantarse del nacionalismo y virar a izquierda, alcanzó a vislumbrar ciertos aspectos de la teoría trotskista pero nunca la aceptó del todo, e incluso prefirió, en sus últimos años y a pesar de su independentismo, sumarse al PCB –el partido más antagónico del POR–, tras un paso breve por el MIR nacionalista e izquierdizante.

Pero no. A Molina nadie puede quitarle la idea de que tanto Ayala como Zavaleta hicieron las aplicaciones más profundas de la teoría de la revolución permanente, mientras Lora fue apenas su repetidor dogmático. En las tristes 13 páginas que le dedica al jefe del POR, no existe un asomo de análisis serio sobre la obra de Lora, sino más bien una sarta de subjetividades, más o menos hilvanadas, asociadas a calificativos como disperso, autojustificatorio, contradictorio, confuso, adulterador, academicista y marxista vulgar, y una definición lapidaria: fundamentalmente sectario.

Para Molina, Lora fue un señor que escribió mucho y mal; que al principio se asoció de modo oportunista con el MNR y luego se volvió dogmático y ya no quiso asociarse con nadie; que hizo una tesis en Pulacayo y después se dedicó a inflarla en beneficio personal; y que, si todo esto fuera poco, nunca entendió siquiera a Lenin.

Tan poca seriedad y descompostura no le vienen a Molina de un descuido o falta de información. Parecería que se trata más bien de un complejo de culpa o acaso la búsqueda de una justificación de la voltereta que dio al cambiar su militancia trotskista por un puñado de dólares.

 

Ricardo Zelaya Medina / Periodista

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