“Rosebud ” o la diferencia entre valor y precio

Un objeto barato puede adquirir un valor incalculable; la razón estriba en su “valor emocional”, incorporado a nuestra memoria afectiva
domingo, 21 de noviembre de 2021 · 05:00

Sergio Plaza Cerezo

Quienes hayan visto la película Ciudadano Kane (1941), obra maestra dirigida e interpretada por Orson Welles con apenas 25 años de edad, nunca olvidarán el inicio. La muerte del personaje principal, basado en un magnate estadounidense de la prensa sensacionalista que, entre otras cosas, azuzó la guerra contra España en 1898, conflicto que supuso la pérdida de los restos del antiguo imperio colonial: Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam. La última palabra pronunciada por el protagonista fue “rosebud”, mientras una bola de cristal se le cae de las manos. El vocablo también aparece inscrito en un trineo de su niñez.

¿Cuál es el mensaje? El valor afectivo que concedemos a pequeños objetos asociados a nuestra infancia. “Rosebud” era más importante para el millonario que sus montañas de dólares. La diferencia entre valor y precio siempre ha sido tema de estudio para los economistas. Un objeto barato puede adquirir un valor incalculable para una persona en particular. La razón estriba en su “valor emocional”, incorporado a nuestra memoria afectiva.

Los árabes emigrados a Latinoamérica desde Líbano, Siria y Palestina, en su mayoría cristianos y drusos, eran llamados turcos por el pasaporte portado del Imperio Otomano. Una de las diásporas más exitosas, como descendientes directos de los fenicios. Las tiendas de telas y tejidos eran negocio preferente, establecidas después de iniciarse como buhoneros, que recorrían tanto las zonas rurales como los barrios humildes de las ciudades. Algunos comercios tradicionales de este rubro, regentados por familias de la colectividad árabe, permanecen en tantos centros urbanos, desde Santa Cruz de la Sierra hasta Tegucigalpa.

Carlos Slim, multimillonario mexicano de origen libanés, ha llegado a encabezar la lista Forbes de grandes fortunas globales. Cuando nos alojamos en el Hotel Geneve de la Ciudad de México (enero de 2013), la observación atenta de cada detalle nos permitió advertir cuál podría ser el posible “rosebud” del magnate. 

Ante la amenaza inminente de la Revolución Mexicana, Porfirio Díaz acudió con su familia a cenar en el comedor del Hotel Geneve, establecimiento más lujoso del país durante las primeras décadas del siglo XX, situado en la hoy llamada “zona rosa” de la capital. El presidente trataba de infundir tranquilidad a la opinión pública. La burguesía se encontraba inquieta ante el signo de los acontecimientos, tras la prosperidad alcanzada durante el porfiriato, régimen que combinaba desarrollismo y corrupción. 

El encanto del hotel reside en su decadentismo “viscontiniano”. Felipe González, expresidente del gobierno español y amigo de Slim, tenía una habitación reservada de forma permanente; pero el personal nos transmitió cómo hacía mucho tiempo que el mandatario no iba, puesto que prefería algún otro alojamiento más moderno. Como anécdota, yo llegué a quedarme encerrado en el cuarto de baño de nuestra habitación; y los empleados de mantenimiento tuvieron que rescatarme.

Además, la “zona rosa” se encuentra en declive, tras haber sido epicentro de la vida bohemia hace décadas. Un enclave con un pasado de esplendor y restaurantes emblemáticos como Focolare, citado por Carlos Fuentes en alguna de sus novelas. En 1997, mi familia y yo disfrutamos de una cena amenizada por un espectáculo delicioso de mariachi y música folclórica en un decorado de cine, similar a aquellos cabarets con palcos donde transcurrían tantas escenas de las películas mexicanas de la Edad de Oro.

En mi primer viaje a la Ciudad de México, nos alojamos en el desaparecido Aristos, un gran hotel muy confortable, cuyo personal era encantador. El establecimiento pertenecía a una pequeña cadena, propiedad de una familia de origen libanés. La zona rosa todavía mantenía su encanto como oasis para urbanitas. En las calles concurridas, podías encontrarte, incluso, a una tuna integrada por universitarios españoles, que actuaba junto a las terrazas de los restaurantes, interpretando canciones de siempre como Clavelitos.

El mítico Hotel Geneve atesora un auténtico museo, que incluye desde cuadros de pintura novohispana del siglo XVIII hasta grabados y piezas diversas de la belle époque, durante la cual este auténtico palacio alcanzó su edad dorada. Sin embargo, los visitantes más perspicaces observarán unos estantes con objetos mínimos, entre los cuales, creo recordar, se encontraba una corbata de Felipe González.

Nuestra atención se fijó en un pequeño camello de juguete. ¿Se trataba del “rosebud” de Carlos Slim, el recuerdo más íntimo de su infancia, tal vez adquirido en Oriente Próximo por sus familiares? El propio hotel también es “rosebud” para el empresario. Según parece, sus padres, nacidos en el Líbano, pasaron la luna de miel en dicho alojamiento. Mi imaginación vuela: ¿las razones afectivas pesaron en mayor medida que las económicas en la adquisición del Hotel Geneve? Una operación financiera menor, dada la fortuna del empresario.

Me arrepentí de no adquirir el libro sobre la historia de esta institución hotelera, que se encontraba a la venta en recepción. Apenas hace unos meses, mi hermano indagaba en internet, buscándome un ejemplar. Por entonces, yo era un joven de 53 años lleno de ilusiones compartidas. Tras la muerte repentina e inesperada de Ernesto con apenas 46 años, me convertí en un anciano de 53 años con las ilusiones perdidas.

Como si fuera la magdalena de Proust, cuando yo abría la puerta de la nevera en el domicilio familiar de mis abuelos maternos, vecinos de Segovia –ciudad castellana próxima a Madrid–, durante aquellos veranos interminables de la infancia perdida, un objeto llamaba mi atención. Se trataba de una botella de leche de la marca local, Celese –Central Lechera Segoviana–, con un dibujo azulado del acueducto grabado sobre el cristal. Sí, el acueducto, vestigio romano con 2.000 años de antigüedad, monumento de Segovia, cuyo casco histórico está catalogado como Patrimonio de la Humanidad.

El recuerdo del utensilio de vidrio me venía a la cabeza con persistencia durante los últimos años; pero, dicho recipiente vintage no estaba a la venta en las páginas virtuales de referencia del coleccionismo español. Hasta que un día, mi hermano del alma –éramos uña y carne– me obsequió con la ansiada botella, auténtica aguja en un pajar, tras encontrarla en un puesto del mercado de pulgas de la Plaza Mayor de Segovia, que se celebra todos los jueves. Esta reliquia minimalista es mi “rosebud” particular. Costó apenas 15 euros; pero, para mí, su valor es infinito. Como dejó escrito mi hermano, “coleccionar es felicidad”.

¡Gracias, Ernesto!

 

Sergio Plaza Cerezo / Profesor de Economía Aplicada en la Universidad Complutense de Madrid

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