Georgescu-Roegen, el ambientalista antisistema

Los ciclos de los recursos naturales, que son la base de la economía nacional, son cada vez más cortos y también más devastadores en términos ambientales, dice este análisis.
domingo, 28 de noviembre de 2021 · 05:01

Carmen Crespo Fernández

En 1971, el matemático rumano Nicholas Georgescu-Roegen publicaba su obra maestra La ley de la entropía y el sistema económico. Este año recordamos los 50 años de esta obra seminal de la economía ecológica. Investigador acucioso, Georgescu-Roegen criticó no sólo los principios básicos de la economía neoclásica, la escuela de pensamiento dominante de su época, sino que se esforzó por fundamentar sus ideas con herramientas matemáticas y, sobre todo, con conocimientos de otras ciencias, como la termodinámica y la biología; en ese sentido, fue un pionero de la aproximación multidisciplinaria al desarrollo del conocimiento.

Los economistas de la época no entendieron a este heterodoxo que polemizaba con ellos, principalmente Paul Samuelson, autor del libro introductorio más vendido de economía neoclásica moderna (texto obligado de estudio en muchas universidades). Georgescu-Roegen renunció a la American Economic Society en 1985, criticó a los miembros de la Econometric Society de Estados Unidos, y no sólo que lo marginaron de los círculos de la profesión, sino que hasta su muerte no tuvo el reconocimiento que merecía. Tal vez no era el momento, normalmente las ideas de avanzada deben “madurar” como la masa de pan con levadura, hasta llegar a ser comprendidas y abrazadas.

La principal idea de la economía ecológica es el cuestionamiento de que el sistema económico sea la base material del desarrollo humano (concepto marxista), más bien forma parte de un sistema natural, mucho más amplio y diverso, al que se afecta de modo irreversible.

Georgescu-Roegen define el “metabolismo social” como el proceso mediante el cual la sociedad humana extrae recursos naturales, los procesa y dispone los desperdicios en la naturaleza. Al igual que en biología, este proceso tiene el propósito de obtener energía, insumos y materiales necesarios para el funcionamiento del sistema que se analiza, en este caso, el económico. 

La segunda ley de la termodinámica (llamada de la entropía) indica que la energía se convierte inexorablemente en calor desperdiciado que no puede utilizarse para su transformación en nuevo trabajo. Es decir, con cada nueva transformación entre formas de energía, se pasa de una “energía disponible o aprovechable” (de baja entropía) a una “energía no disponible o no aprovechable” (alta entropía). Georgescu-Roegen recupera este concepto y lo aplica a la economía: la economía es entrópica. Esto quiere decir que cada vez que se extraen recursos de la naturaleza, queda menos recurso útil para ser aprovechado, y que los límites son finitos.

En ese sentido, el sistema económico no es circular porque no es posible su funcionamiento sin recursos naturales, adicionales, extraídos de la naturaleza. Por tanto, la economía circular es una ficción, y la brecha entre la entropía y la circularidad es cada vez más grande. De hecho, solo el 8% de los recursos utilizados en la economía mundial provienen del reuso o el reciclaje (Circularity Gap Report, 2020).

Es decir, el análisis de la economía no debe partir de los individuos o de los mercados, sino de las relaciones de la sociedad con el planeta en el que vivimos, los recursos naturales y los ecosistemas. La economía neoclásica, o lo que hoy llamamos ciencia económica, mira el interior del sistema económico, sus problemas y contradicciones, pero no sus relaciones con el contexto general en que se mueve; no es correcto decir que la economía ecológica es una especialidad de la economía, sino que se trata de dos ramas del conocimiento con objetos de estudio distintos, por lo que no son asimilables.

Por ello, no es raro que el principal exponente de la especialidad en la actualidad, Joan Martínez Alier, profesor de la Universidad de Barcelona, se haya declarado un “economista arrepentido, avergonzado”.

Aplicado al caso boliviano y al momento actual, este conjunto de ideas nos interpela acerca del extractivismo secante. La historia de Bolivia, desde la colonia, es la de periodos marcados por el recurso natural extraído, alrededor del cual se estructura el resto del sistema económico. Durante la colonia, y hasta fines del siglo XIX, se trató de la plata, posteriormente el estaño, cuyo ciclo concluyó en los años 80 del siglo pasado. En los años 90, empieza el ciclo del gas natural, a cuyo cierre asistimos en estos momentos. Y ya se avizora el inicio del ciclo del litio, la nueva apuesta extractivista.

Llama la atención que los ciclos de los recursos naturales que son la base de la economía nacional, sean cada vez más cortos, pero también más devastadores en términos ambientales.

Adicionalmente, hoy Bolivia tiene el triste récord de ser el segundo país más destructor de bosques en el continente, los ríos de las tierras bajas se contaminan y se destruyen sus lechos junto con la biodiversidad que cobijan, las actividades extractivas ilegales son el pan de cada día, está en peligro el sistema nacional de áreas protegidas, y en general, asistimos a una aceleración de la destrucción ambiental y los ecosistemas.

Los números exactos de esa devastación, es decir, la elaboración del perfil metabólico del país, es una tarea pendiente de la academia. El mejor homenaje a Georgescu-Roegen será avanzar en esa cuantificación.

La COP26, recientemente concluida, y su falta de acuerdos y compromisos para disminuir la destrucción ambiental, nos muestran que no sólo hemos llegado al momento de plena actualidad de las ideas de Georgescu-Roegen, sino que es imprescindible comprenderlas, desarrollarlas y aplicarlas, porque estamos en el momento en que el planeta no permite más destrucción a riesgo de desertificarse y destruir toda forma de vida, incluida la humana.

La sobrevivencia de la especie pasa, paradójicamente, por desechar la economía antropocentrista y el nacimiento de una nueva cultura económica y social, basada en la naturaleza como el principal sujeto de derechos. Ese es el desafío de la humanidad.

 

Carmen Crespo Fernández / Plataforma Ciudadana UNO

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